¿Es usted facha? El genial test para descubrir si eres uno de ellos

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El test de facha de Santiago Navajas: rebelión frente al woke

Una plaga de etiquetado ideológico asola a España, Europa y todo Occidente con una intensidad sin precedentes. Cada mañana, miles de ciudadanos se levantan tras un sueño intranquilo sospechandoo mucho peor según los cánones actuales: temen haber despertado convertidos en un facha de manual. Ante este delirio inquisitorial, el periodista Santiago Navajas diseña un sencillo y magistral test para detectar esta supuesta patología política. El cuestionario funciona como un termómetro de la cordura frente a la hegemonía cultural del progresismo más rancio, ese que algunos intelectuales denominan woke

La aplicación de este examen arroja resultados inapelables para cualquiera que conserve un mínimo apego a la lógica elemental. Cumplir los diez requisitos del test convierte al individuo en un facha redomado, una calificación que la policía del pensamiento reserva hoy para quienes defienden verdades tan revolucionarias como que dos más dos suman cuatro o que la hierba es de color verde. El verdadero valor de las preguntas de Navajas radica en su aparente sencillez de respuesta binaria, un sí o no rotundo que dinamita las cómodas equidistancias del centrismo y las piruetas dialécticas de la socialdemocracia. Tras la brillante ironía del planteamiento late una profunda carga filosófica que expone la alarmante degradación del debate público contemporáneo.

Las diez preguntas esenciales del periodismo disidente

El cuestionario plantea interrogantes directos que actúan como un espejo de la realidad frente a los dogmas impuestos por el núcleo irradiador de la corrección política. Las preguntas literales que definen este test de supervivencia intelectual son las siguientes:

  1. «¿El mérito es más importante que la raza para seleccionar estudiantes y/o profesores?»
  2. «¿En la ciencia la disidencia es tan importante, o más, que el consenso?»
  3. «¿La naturaleza humana existe?»
  4. «¿Existen hechos, no solo interpretaciones?»
  5. «¿La biología es tan importante, o más, que la cultura para explicar a los seres humanos?»
  6. «¿La cortesía, incluyendo ceder el paso a las señoras y los asientos a discapacitados y ancianos, es señal de buena educación?»
  7. «¿Hablando de mujeres, su definición es «hembras humanas adultas» («hembra», a su vez, se define por un tipo de gametos)?»
  8. «¿La libertad de expresión es más importante que la empatía si hay conflicto entre ellas?»
  9. «¿La verdad es la adecuación del lenguaje a las cosas, como dijo Aristóteles y cualquier niño que sepa hablar, no un «constructo» social?»
  10. «¿La racionalidad y la objetividad son virtudes epistémicas para cualquiera, no vicios burgueses de hombres blancos heterosexuales occidentales?»

La demolición del mérito y el secuestro de la verdad científica

El análisis minucioso de estos puntos revela la profunda quiebra entre la racionalidad ilustrada y el irracionalismo posmoderno. La primera cuestión introduce un dilema crucial: la primacía del esfuerzo sobre las cuotas de género o de raza al elegir a un cirujano o a un catedrático de universidad. Afirmar que el mérito debe prevalecer significa, ni más ni menos, que preferimos ponernos en manos del médico que mejor domina el bisturí en el quirófano, independientemente de su origen o sexo. El sentido común dictaba esta obviedad hace apenas unas décadas. Hoy, en cambio, las facultades colonizadas por el activismo etiquetan esta postura como violencia epistémica, privilegio blanco o herencia del colonialismo occidental, priorizando el colectivismo identitario sobre la excelencia individual.

Del mismo modo, el cuestionario rescata el valor de la disidencia dentro del método científico, un terreno donde el consenso oficialista pretende actuar como sustituto de la demostración empírica. Los grandes saltos de la humanidad nacieron siempre de mentes disidentes que desafiaron las verdades sagradas de su tiempo. Galileo Galilei, Charles Darwin y Albert Einstein rompieron los consensos establecidos de sus épocas antes de recibir el reconocimiento de la comunidad internacional. Cuando el consenso político secuestra la investigación y la transforma en un artículo de fe inmutable, la ciencia muere para dar paso al sermón moralista de los comités de expertos del Gobierno.

El retorno a la biología frente a los delirios del constructivismo

La negación de la naturaleza humana constituye el sueño dorado de cualquier ingeniero social obsesionado con moldear a la ciudadanía. Sostener que un recién nacido es un folio en blanco sobre el cual el Estado puede garabatear sus dogmas ideológicos exige una dosis de fe ciega superior a la de cualquier religión ancestral. La biología es tozuda y sobrevive con éxito a todos los másteres de estudios de género que imparten las universidades desde Cambridge hasta Copacabana.

La cumbre de la provocación en este test llega al recuperar la definición clásica de mujer como «hembra humana adulta», una descripción biológica basada en el tipo de gameto que produce la especie. Esta obviedad empírica, presente en cualquier diccionario científico, se convierte hoy en una ofensa intolerable que cuesta la cancelación a figuras de la talla de Richard Dawkins, Jerry Coyne o la escritora J.K. Rowling.

El debate sobre la verdad enfrenta de nuevo la visión clásica de Aristóteles con el relativismo de quienes controlan los presupuestos del Estado. El filósofo griego definía la verdad como la adecuación precisa entre lo que decimos y lo que realmente existe en el mundo físico. Frente a este realismo elemental, los ideólogos posmodernos imponen el concepto del constructo social, una herramienta útil para que los gobernantes impongan relatos oficiales por encima de los hechos objetivos. La corrección política sustituye la clásica búsqueda de la igualdad de oportunidades por una encarnizada lucha de identidades, reemplazando el Sapere aude kantiano por la censura abierta a la que bautizan con el anglicismo deplatforming.

La disyuntiva actual: Bienvenidos a la realidad o sumisión en Matrix

En este ecosistema de censura y lenguaje impostado, ser facha se transforma paradójicamente en el único acto de auténtica rebeldía posible. Esta resistencia une a pensadores de corrientes muy diversas, desde el anarquismo crítico de Noam Chomsky hasta el conservadurismo brillante de Thomas Sowell, pasando por el rigor socialdemócrata de Steven Pinker. Todos ellos comparten una preferencia irrenunciable por los hechos frente a los relatos ficticios de la factoría – por ejemplo, de Moncloa-, eligiendo la compañía de la incómoda razón aristotélica antes que la falsa empatía manipuladora de los teóricos del relativismo.

Si Sócrates resucitara en la España actual, los tribunales de la opinión pública le obligarían a beber la cicuta de inmediato, acusado de ser un hombre blanco, heterosexual y racionalista con privilegios históricos. Estos tiempos oscuros penalizan la excelencia filosófica, pero benefician enormemente a quienes viven de las subvenciones victimistas, el negocio de la raza y las cuotas de género impuestas por decreto.

El test de Santiago Navajas funciona como una excelente línea divisoria: si el resultado le señala como un facha, reciba la enhorabuena por seguir habitando en el mundo real. En caso contrario, puede continuar devorando tranquilamente su menú ideológico dentro de la falsedad de Matrix.


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