1620 | Javier Toledano

27 minutos

Si contamos despacito, a número por segundo, de cero a 1620, tardaremos exactamente 27 minutos. Echaremos un buen rato.

Durante 27 minutos sonó el claxon en la localidad guipuzcoana de Beasáin, comarca del Goyerri, el día de Reyes de 1979. El fatídico trienio de plomo (1978-1981).

Dos pistoleros de ETA tirotearon a quemarropa a Antonio Ramírez y a Hortensia González, “los novios de Cádiz”, al poco de salir de una fiesta. Se habían prometido unas horas antes. Su auto se detuvo en un semáforo y ahí fueron acribillados. Recibieron casi 20 balazos. Se barajan diferentes versiones: una, que un disparo de un subfusil Sten se incrustó en el claxon y por eso sonó de manera ininterrumpida y, otra, que Antonio Ramírez, Guardia Civil acuartelado en Ordicia, cayó sobre el volante, activó por su peso el claxon y eso motivó la fúnebre serenata. 

Que sonara el claxon por ese dilatado espacio de tiempo obedece a que, tras las ráfagas, nadie auxilió a las víctimas, ni se asomó a la calle siquiera. Los primeros en presentarse fueron otros jóvenes, compañeros de armas de la víctima, que salían de la misma fiesta. Hortensia llegó viva al hospital, pero no superó las 10 heridas por impacto de bala. Acaso, si le hubieran proporcionado cuidados médicos unos minutos antes… con todo, parece difícil que, aun recibiendo un pronto socorro, sobreviviera a la densa balacera.

El paisanaje de Beasáin dejó testimonio para los restos de su ceguera y sordera repentinas. Un gesto colectivo de auténtica abyección moral. Es uno de los más de 300 asesinatos de ETA que no han sido esclarecidos.

El caso fue reabierto en 2017, tras casi 40 años, toda vez que se encontraron las armas con las que se perpetró el crimen… poco antes de que Bildu (ETA) votara, año 2018, a favor de la investidura de Pedro Sánchez.

Los datos que proporcionó Carlos R. Estacio en una brillante conferencia durante el Ciclo de Cine contra el Terrorismo que organiza la Asociación por la Tolerancia, fueron demoledores.

De todos los atentados cometidos por ETA, sólo han sido completamente resueltos, esto es, identificación, detención y condena de autores materiales, “intelectuales” y cómplices, un 6% de los mismos. Quiere decirse que hay por delante margen de mejora para que una banda terrorista que se supone “derrotada” colabore con la Justicia, aún a regañadientes, para esclarecer numerosos asesinatos sin autoría conocida y, del todo, esos otros que sólo parcialmente han sido juzgados.

Hasta el momento, el propósito de enmienda demostrado por los terroristas, sus abogados y palmeros, no es demasiado significativo.

Tolerancia exhibió el cortometraje “27 Minutos” de Fernando Glez. Gómez para ilustrar la charla de Carlos R. Estacio. Son ocho minutos aterradores. Estremecedores. Memoria Histórica reciente, pero de verdad; ésa que para nada quieren el actual gobierno de la nación y sus epsilones empesebrados, sea el caso de la televisiva “mujerúncula” (femenino de homúnculo) que obedece al nombre de Inés Hernand y que hace unos días expelió esta flatulencia mental: “La izquierda abertzale era pacifista”.

Con todo, los autores del corto echan un capote a parte del anónimo paisanaje de Beasáin y muestran a algunos personajes consternados por la exasperante serenata de la bocina, encerrados en sus domicilios, transformados éstos en celdas del silencio y del miedo. Saben perfectamente qué ha pasado, pero el temor les impide actuar. Padre e hijo sostienen una agria discusión. Nada hay que hacer: es preferible no exponerse ante los demás, no demostrar ni una pizca de compasión. Hay tantas miradas emboscadas furtivamente tras las cortinas… Quién sabe si el vecino es un informante de la banda. Y el menor signo de tibieza puede convertirse en prueba de cargo contra tu lealtad a la causa. Y se cierran las ventanas a cal y canto. No oír es no querer saber.

En abril de ese mismo año se celebraron las primeras elecciones municipales y de los 5.300 votos emitidos, PNV y HB coparon una mayoría amplísima, 3.600 papeletas, un 73% del escrutinio, y 13 de los 17 concejales en liza. Datos que ofrecen un retrato preciso del ambiente que se respiraba entonces en la población. “Y, además”, concluye el padre, “bien hecho está”. No sorprende, considerado el balance electoral apuntado, que en Beasáin, con relación a ETA, hubiera más partidarios que detractores.

En el verano de 1942 se orquestó en París, entre las autoridades nazis y la Policía francesa, la redada del Velódromo de Invierno (Vélodrome d’ Hiv). Más de 10.000 judíos fueron trasladados hasta ese recinto deportivo que hizo las veces de campo de concentración. Permanecieron encerrados durante cinco días en un odioso hacinamiento, sin agua ni comida, y al menos 100 de los prisioneros se suicidaron lanzándose de las gradas al vacío.

“La llave de Sarah”, una película inspirada en los hechos, protagonizada por Kristine Scott Thomas, nos muestra ese espantoso episodio. En un documental posterior tuve ocasión de oír el testimonio de una parisina avecindada entonces en las inmediaciones del velódromo, demolido hace ya mucho tiempo. Ellos también cerraron las ventanas, pero no fue por el ruido. El calor del estío potenciaba de un modo insoportable el hedor que se desprendía de esas instalaciones e invadía los alrededores en una onda expansiva nauseabunda, irrespirable.

No se trata de equiparar la magnitud y el nivel de angustiosa presión ejercida en ambos casos sobre las víctimas y sobre los contemporáneos de esas tragedias. Pero sí digo que lo mismo los sonidos que los olores del miedo y de la muerte nos avisan de nuestra naturaleza frágil y quebradiza, y nos recuerdan que la libertad y la dignidad no son valores constantes, y que ni se merecen, ni se tienen porque sí. Hay que pelearlas a diario. Sueño que el estridor del claxon de Beasáin troca, por justicia poética, en un acúfeno que barrena y horada insidioso hasta el día del Juicio Final los tímpanos de quienes por su interés han traicionado la memoria de las víctimas de ETA que con falsía dijeron, o dicen, honrar.       

Javier Toledano | escritor

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