Vacunación COVID19. Una valoración crítica | Eusebio Alonso

Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin

Desde la aparición del fenómeno COVID19, la sociedad está viviendo situaciones que eran impensables hace solo unos pocos años. Como si se tratara de una película de ciencia ficción, hemos pasado por confinamientos que han contravenido nuestros derechos constitucionales, sin que ello haya supuesto ninguna dimisión de los políticos responsables, ni tan siquiera una petición pública de disculpas. Se impone a la población, de forma encubierta, unas vacunas experimentales que no presentan las garantías prometidas en materia de eficacia ni de seguridad. Afirmación que se justifica con datos oficiales a los que aludiré más adelante.

Hay demasiadas cosas que no cuadran, aunque, a juzgar por la conformidad de la sociedad en general, parece que no importan demasiado. Se podría creer que, aprovechando la pandemia, se estuviera realizando un experimento de ingeniería social para medir la resiliencia y la docilidad de la población con objeto de prepararla para cosas venideras aún peores.

La duda más importante que sigue sin aclararse todavía es el origen del COVID19. En caso de que esta enfermedad fuese consecuencia de un virus o un agente tóxico producido por el hombre, como muchos creemos; sería necesario saber el porqué de su existencia, exigir un castigo y una compensación a los culpables y establecer los mecanismos para que nada parecido vuelva a ocurrir jamás. No deberíamos olvidar exigir también responsabilidades a todos los que hubieran actuado de forma cómplice, por acción u omisión, con intención de ocultar la verdad a la ciudadanía. No deberíamos conformarnos con menos.

La sospecha del origen no natural del SARS-COV2 está avalada por no pocas razones. Entre ellas están las siguientes:

  • Aparición de la enfermedad en los alrededores del instituto de virología de Wuhan (China).
  • Escasa y tardía colaboración de las autoridades chinas con las autoridades sanitarias de la OMS en la investigación de la aparición de la enfermedad.
  • El SARS-COV2 es diferente a otros coronavirus:
    • Aún no hay evidencia de que haya pasado de un animal al hombre.
    • Puede producir trombos en cualquier parte del cuerpo humano.
    • Está activo en cualquier estación del año y en cualquier latitud.
  • Hay reputados virólogos como Luc Montagnier, premio nobel de medicina en 2008, que asegura que el SARS-COV2 no es un virus de origen natural por tener sospechosas comunalidades con el virus del VIH.

En relación con las vacunas, hay bastantes incógnitas que también sería conveniente aclarar. Aquí menciono tan sólo unas cuantas:

  • Los contratos entre los laboratorios farmacéuticos y los gobiernos no son públicos. Es obvio que hay algo en ellos que no interesa que lo sepa la población.
  • Resulta chocante que ninguna vacuna use el virus SARS-COV2 atenuado. Quizá esto tenga alguna relación con la reciente declaración del ministerio de sanidad español, a petición de biólogos por la verdad, de no tener noticia de la existencia de cultivos del virus SARS-COV2 en España. ¿Cómo es compatible esta afirmación con el hecho de que se estén desarrollando vacunas contra el COVID19 en nuestro país?
  • Compañías farmacéuticas tan importantes como Merck o Bayer no han querido entrar en la carrera para el desarrollo de vacunas contra el COVID19. ¿Por qué?
  • A pesar de haber sido descubierta antes del año 2000, la técnica del ARN mensajero, según la información de que dispongo, no se había usado con anterioridad en ninguna vacuna, lo que abre serias sospechas sobre la idoneidad de su aplicación en seres humanos.
  • Las vacunas no impiden el contagio de la enfermedad al receptor de éstas ni la transmisión del virus a otras personas.
  • Incluso si descartásemos contabilizar el efecto beneficioso de la inmunidad natural, que es un fenómeno de equilibrio natural que ya permitió, en su día, superar sin vacunas la mal llamada gripe española de principios del siglo XX; se puede comprobar sobre los resultados presentados por los informes RENAVE (Red Nacional de Vigilancia Epidemiológica), obtenidos antes, durante y después de la campaña de vacunación en España, que las vacunas no parecen ser tan eficaces como nos contaron.
    • No son tan eficaces, porque en cifras porcentuales solo se ha reducido a una tercera parte los ingresados en UCI y las muertes. Muy lejos de aquellos valores de eficacia de más del 90% que supuestamente tenían a priori todas las vacunas. Además, se mantienen estadísticas porcentuales de gravedad y morbilidad, entre los mayores de 60 años, muy parecidas a los de antes de la campaña de vacunación.
  • Las vacunas no son tan seguras. Según los datos publicados (euskalnews 14/06/2021), hasta el mes de junio de 2021, habrían perdido la vida en Europa a consecuencia de las vacunas 13.867 personas y habrían sufrido lesiones 1.354.336, siendo, más de la mitad de estas lesiones, de tipo severo.
  • No se conocen los efectos a largo plazo de las vacunas, consecuencia lógica de que la fase 3 de su desarrollo haya durado tan solo 6 meses.
  • No parece saberse con certeza cual es el alcance temporal de la protección proporcionada por las vacunas, circunstancia que obligará a seguir recibiendo periódicamente dosis hasta que la pandemia se supere, o de por vida, si no conseguimos superar esta pandemia nunca. ¡Vaya negocio!

Al día de hoy, las opiniones discrepantes sobre la verdad oficial se censuran o se trivializan por sociedades anti-bulo como Newtral o Maldida que aportan, con demasiada frecuencia, argumentaciones pobres y poco concluyentes, obviando la réplica de los que pudieran no estar de acuerdo. Organizaciones como médicos, biólogos y periodistas por la verdad no han tenido oportunidad de abrir un debate público y se les trata con menosprecio reiteradamente.

A la vista de todo esto, creo que ya va siendo hora de que alguien dé explicaciones. Hora de que se realice una auditoría independiente sobre la gestión de la pandemia, así como de la eficacia y seguridad de las vacunas usadas. Sin embargo, esto sólo se conseguirá si la sociedad mayoritariamente lo exige.

Paradójicamente, se teme a los no vacunados, lo que prueba, a todas luces, la escasa confianza que se tiene en la protección de las vacunas.  Al mismo tiempo, se pone de manifiesto el interés enfermizo que existe en que toda la población entre en la espiral de vacunaciones. Se vacuna incluso a los que ya han superado la enfermedad sin que nadie se preocupe siquiera de hacer una serología previa para comprobar sus anticuerpos. ¿Por qué? Se abandona cualquier otra opción menos invasiva de prevención, como pudiera ser una campaña informativa para el fortalecimiento natural del sistema inmunológico.

Si quieres mantener tu puesto de trabajo, si quieres tener libertad de movimientos, si quieres que tus vecinos no te miren como a un leproso; tienes que ponerte la vacuna y tener fe. Parece que ese es el comportamiento cívico que se espera de todos nosotros. No hagamos preguntas incómodas. No nos preocupemos. Alguien, en el que debemos confiar, piensa y decide por nosotros: el gran Hermano. Resulta totalmente inaceptable.

Si las vacunas contra el COVID19 fuesen tan necesarias, los gobiernos podrían tomar la decisión de declararlas obligatorias. Tal vez no sería lo más elegante, pero podrían hacerlo. Mucho me temo que esto no se producirá nunca porque ningún gobierno querrá afrontar la responsabilidad que ello conlleva. Resulta mucho más fácil que la gente elija “libremente”, sometiéndoles a la presión que supone la pérdida de libertades e incluso de su trabajo si deciden finalmente no vacunarse. Esa es la libertad, sin alternativa válida, a la que nos viene acostumbrando esta decadente democracia.

La inmunidad de rebaño no se termina de alcanzar nunca. Se producen sistemáticamente nuevos rebrotes y olas de contagio que son justificados por la oportuna aparición de nuevas variantes del virus que supuestamente se convierten en dominantes, y para las que las vacunas existentes no resultan tan «eficaces». Paradójicamente, se continua aplicando nuevas dosis de las mismas vacunas de siempre para seguir tratando a la población. Curioso ¿verdad?

El sentido común dice que, para la adecuada toma de decisiones o de posicionamiento en cualquier asunto, resulta fundamental disponer de toda la información que esté a nuestro alcance relacionada con el tema en cuestión. Ésta debería proceder de fuentes acreditadas, a ser posible discrepantes. Importa distinguir los hechos de las suposiciones porque no se debe dar la misma validez a los unos que a las otras. Hay que analizar la información disponible con espíritu crítico. Debemos sopesar el previsible impacto de nuestra decisión tanto en nosotros como en los que nos rodean. Por último, y más importante, necesitamos disponer de libertad para elegir lo que creamos más adecuado, sin coacciones, manteniendo una actitud respetuosa con aquellos que, haciendo uso de su libertad, toman una decisión diferente a la nuestra.

Cuando nos enfrentamos a un tema controvertido como éste, pueden ser de ayuda las recomendaciones del filósofo Ortega y Gasset que indicaba, en su tercera y cuarta regla para el desarrollo del pensamiento crítico, lo siguiente:

  • Regla 3: “Escucha atentamente a todos. Incluso a aquellos a los que no te agrade escuchar”.
  • Regla 4: “En caso de duda, apoya a la minoría, porque la mayoría tiene casi siempre una visión simplificada y equivocada de la realidad”.

Para terminar, quisiera recordar una célebre frase de Albert Camus: “El bienestar de la gente ha sido siempre la coartada de los tiranos”. Tal vez esta frase pueda arrojar algo de luz al triste momento que nos toca vivir. Somos testigos mudos de una situación de emergencia frente a la que resulta cada vez más necesaria una sociedad despierta y crítica que defienda, sin complejos ni titubeos, unas libertades trabajosamente conseguidas antes de que ya sea demasiado tarde para recuperarlas.

Eusebio Alonso| Escritor