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Sorprende que en la manifestación de la sociedad civil del día 23 de mayo último, algunos de los manifestantes pidieran a gritos nuevas elecciones. La vida es un continuo aprendizaje y cada cosa que aprendemos nos ayuda a ver esa vida de otra manera. Pero con el asunto de las elecciones gran parte de la sociedad civil sana no acaba de aprender: sigue haciendo el juego a los instalados. Las elecciones —insistamos en ello una vez más—, en el estado en que se realizan en España, son la gran trampa en la que se sustenta el Sistema para permanecer incólume.
Y el que Felipe González y similares, con sospechosa oportunidad, hayan salido de inmediato a la palestra para rechazar una hipotética moción de censura —que el PP también rehúsa—, inclinándose en su lugar por nuevas elecciones, refrenda lo antedicho. En la actualidad, las urnas sólo sirven para justificar una democracia corrompida por la casta partidocrática desleal, y para dar significado a los intereses de una mayoría fanatizada, desinformada o inerte.
Mediante el señuelo de unas elecciones democráticas en un contexto sociopolítico despreciador de todo código de valores morales, a los españoles les están haciendo pasar la luna por el sol. Ni establecen la verdad ni resuelven el lodazal social que deberían purificar. Pero una gran mayoría parece aceptar la Gran Mentira Electoral, sin caer en la cuenta de su engaño.
Las elecciones —aparte de sustentar la hegemonía cultural del Sistema, como decimos— no son limpias; entre otras cosas porque la Junta Electoral abdica de su deber. No las suspende a pesar de que las izquierdas vulneran las jornadas de reflexión, ciscándose permanentemente en las reglas del juego sin castigo alguno. Ni a pesar del descontrol y oscuridad de los recuentos finales. Ni sabiendo que Correos no sólo no remite el voto a decenas de miles de ciudadanos que lo solicitan, sino que, además, no puede demostrar su neutralidad y limpieza en el depósito de los votos finalmente entregados.
Por otra parte, contamos con un sistema electoral imperfecto, por no decir injusto o fraudulento. En él, la ley D’Hont corrige la proporcionalidad de manera muy distinta según sea el tamaño de la circunscripción y en el que los alcaldes y presidentes —nacional o autonómicos— son fruto de una elección de segundo grado. De ahí que las coaliciones de Gobierno —sean buenas o malas— resultan imprescindibles si no se han obtenido mayorías absolutas. Lo cual entraña conchabes contra natura, como hemos visto y padecido hasta el hartazgo.
Y no es cierto, al menos de momento, eso de que a todo votante le llega su San Martín. A pesar de las catástrofes, de los abusos, de las deslealtades y de los crímenes que está padeciendo la patria desde hace décadas, no veo a los fanáticos o a los estúpidos soportando el peso de su incivilidad. No veo por las calles votantes afligidos ni veo a nadie —sólo a unas pocas decenas de miles— poner pies en pared.
Y ello es porque los escándalos, que son de todo tipo y condición, aún no han afectado drásticamente al bolsillo de las multitudes. Mal que bien, con la superabundancia de dinero negro y las variopintas sinecuras estatales, se va trapicheando y, aunque a costa de una salud interior, mental y material cada día más deteriorada, los votantes explotados siguen acudiendo a los espectáculos, a la hostelería y a los supermercados en cantidades sorprendentes, dada la escasa productividad del Estado y su inmensa deuda.
La pasta gansa, toda ella ficticia, sigue corriendo, porque mientras a los socialcomunistas y a sus amos les interese, la fiesta no terminará y el Estado seguirá endeudándose y ampliando su agujero negro. Aquí y ahora, los ciudadanos y sus dirigentes se ríen de las verdades o de las realidades —negándolas, ignorándolas o distorsionándolas—, y se comportan como zombis, los unos, y como filibusteros, los otros. Unos y otros insisten en dar la espalda a la crisis, y su demagogia o ignorancia se la trasladan a los que advierten del caos y de la destrucción.
Por su parte, la prensa progre, sobornada hasta las zejas con los impuestos de los engañados, también se ríe y complace de los escándalos de sus sobornadores, negándolos o silenciándolos. Porque ya se sabe que, aquí, todo aquél que anuncie malos tiempos para la lírica, que avise a la tripulación de que quienes gobiernan la nave se han empeñado en lanzarla contra los acantilados, es un aguafiestas o un conspiranoico.
Y por muchas elecciones que haya, si no cambia la catastrófica deriva moral y cultural que ha tomado la patria —secuestrada por el bipartidismo y sus aliados separatistas, y dirigida desde lo alto por los nuevos demiurgos—, esa masa sectaria, cretina o indiferente seguirá financiando y votando a sus verdugos. Unos votarán a «sus» golfos, otros a «sus» cohechadores, y los demás a quienes les subsidian o seducen, pero les seguirán votando. Como corderos.
Y, luego, la hipocresía plebeya parece extrañarse de que, mañana, tras el correspondiente recuento, vuelvan a ser mayoría los corruptos, incluso por más votos que ayer. Como si el populacho elector fuera inocente y todo pensamiento y toda realidad hubieran sido fascinados por el abismo del tiempo y del espacio. Pues, sin duda, es preciso que cada día padezcan más y más ostracismos los mejores de la especie, para que cada vez sea más desgraciado y más duro el destino de España.
¿Hay esperanza? No, mientras no se erradique este Sistema pervertidor y desde Babia se idolatren los estómagos, se pisotee la verdadera cultura y se mitifique la codicia.
Jesús Aguilar Marina | Poeta, crítico, articulista y narrador





1 comentario en «Contra las elecciones de la Farsa del 78 | Jesús Aguilar Marina»
Aparte de estar o no de acuerdo con lo expuesto, ¿dónde está la alternativa? ¿o qué aspectos habría que cambiar?