Grandes Maricones de la Historia | Javier Toledano

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Cuando alguien escribe un artículo su intención es que unos cuantos despistados lo lean y les anime a pensar sobre la materia referida, y si consigue que su enfoque parezca razonable, cabal, da por bueno el esfuerzo realizado… y ya si gana su aprobación, miel sobre hojuelas. Pero no es el caso. Aquí va un artículo diferente, no sé si los ha habido similares, pero sí digo que es un ejercicio desesperado en busca de empatía y auxilio. El autor anda estupefacto, perplejo, y ansía dar con un perfecto desconocido que haya vivido la misma experiencia, recentísima, entre bizarra y estrafalaria que le persuada de que los sentidos no le jugaron una mala pasada, ni vive instalado en una realidad paralela, entre onírica y alucinógena, como uno de esos relatos de William Burroughs entreverados de dipsomanía delirante y adicción a los estupefacientes.

Estaba cenando tan ricamente. La autoridad conyugal, dueña del mando a distancia, su cetro dinástico, activó la función “guide” de las diferentes cadenas, pues gusta de seleccionar la película con la que, indefectiblemente, se quedará dormida a los diez minutos a mucho tirar, tendida en el sofá junto a una perrita chihuahua que es su confidente y dama de compañía. Mientras mi doña consultaba la parrilla televisiva canal a canal, en el margen superior izquierdo del monitor quedó cautivo el último que había sintonizado. Desde ese pequeño cuadradito, el canal en cuestión continuaba vomitando, literal, sus basurientos contenidos.

Y me di de bruces, no me invento nada (dirán que estoy loco, me preguntarán si bebí el día de autos), con un espacio televisivo que el presentador, entre reivindicativo e irritado por la comezón demorada de la revancha, tituló ampulosamente de la siguiente guisa: “Grandes Maricas y Bolleras de la Historia”. A la brava. Sucedió, lo juro por mi santa madre que en gloria esté. Sé distinguir las pesadillas del estado de vigilia. Era la cadena pública, ésa que sufragamos vía impositiva y parece conjurada a decir aquello que más disgusta. Y no falla el tiro nunca… con una precisión escalofriante.

El presentador, utilizaré esa convención del lenguaje, pues más parecía vocinglero propagandista, citó a varios personajes de gran relevancia cuya homosexualidad trascendió. Oscar Wilde, Lorca, los habituales. Y a Leonardo Da Vinci. Yo ignoraba que lo fuera, es más, me importa un pito que lo fuera, tanto como Lorca o Wilde. Da Vinci es un personaje singularísimo, universal, en reñida puja por liderar el top ten de la estirpe humana, a la altura de Julio César o Napoleón Bonaparte. Prototipo de “hombre renacentista” que nos ha legado una obra ingente en el arte y en la ciencia, pionero de mil saberes e inventor visionario, acreedor al título de genio inmortal. ¿Qué fue “maricón”, según la terminología del espacio televisivo? ¿Y qué? No sé si sufrió en vida persecución por esa causa, pero a buen seguro que nadie le ha reprochado esa supuesta condición (que no discuto, pero ignoro) en los últimos siglos, ni su trascendencia histórica ha sufrido menoscabo alguno por ello.

Cuando alguien utiliza el término “maricón” para referirse a una persona que tiene cambiados los gustos en materia amatoria, se lía la mundial. Las acusaciones se suceden sin solución de continuidad: “homófobo”, sexista, machista, “señoro”, facha, intolerante. Es, no cabe duda, una expresión despectiva y ofensiva, un  insulto. Ese alguien se juega una denuncia por delito de odio, o cosa parecida. Pero, curiosamente, los homosexuales más propensos al adoctrinamiento emplean para sí, como dando un puñetazo en la mesa de dignidad ofendida, el consabido término. “Sí, soy orgullosamente maricón”. Basta con remitir al título del programa que recupera el concepto vengativamente, como para dar un moralizante escarmiento al conjunto de la sociedad. Nos recuerdan los guionistas de TVE al ideólogo de unos campamentos veraniegos (Sarre Euskal Udalekuak, la etiqueta comercial bajo la que perpetra sus inmundicias pedófilas), y que hogaño traslada sus fechorías a Navarra con el beneplácito de María Chivite. Ese personaje siniestro, un tal Aner Peritz, si es ésa su verdadera identidad, proclama sin tapujos, y de ello se gloría, que pretende “mariconizar” a los niños.

En resumidas cuentas, los “grandes maricones”, transmutados en caprichosas divas de la ópera, se pueden adjetivar a sí mismos, pero tú a ellos no, de modo que el lenguaje deviene un código de acceso diferenciado donde los sumos sacerdotes (sacerdotisas) del sanedrín gay usan palabras tabuadas al resto de los mortales, sujetando el idioma a un sistema de castas contrario a la igualdad tan fervientemente pregonada por los voceros de ese colectivo. ¿Estamos ante un nuevo epifenómeno de la llamada “apropiación cultural”, otra de las chamuchinas de la agenda woke? El artefacto consiste en que sólo los negros, si son partidarios de la “negritud” (pues hay negros que no lo son, si opinan como los blancos), pueden hablar de los negros, los gordos de los gordos y los maricones de sí mismos. Y de los blancos, todos, para ponerlos como chupa de dómine.

Y ese potaje indigesto en TVE, la cadena pública que habría de ocuparse casi exclusivamente de informaciones de servicio, del estado de las carreteras, de las previsiones meteo, de los incendios veraniegos, de la emisión de documentales sobre el lince ibérico o el pinsapo rondeño, sobre las epopeyas de Elcano y de Malaspina o sobre el desastre de El Annual, del cine clásico y de concursos aptos para toda la familia, es decir, producción propia, presupuesto limitado y finalidad cultural. “Grandes Maricones y Bolleras de la Historia”. ¿Y qué fue de la Historia tantas veces reivindicada de esas gentes menudas sobre cuyas laceradas espaldas se erige el destino de las naciones? Ni una palabra de los maricones y bolleras anónimos de la Historia… los pequeños maricones, los chaperos trotamundos. Reproducen, pues, los esquemas tradicionales: sólo cuentan los figurones.  

Javier Toledano | escritor


Tags: TVE, Lenguaje, Ideología, Televisión, Presupuesto, Historia, Polémica

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