Cuento de Navidad: Pascual y las golondrinas | Eloísa Esteso Carnicero

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Hace muchos pero que muchos años, existía un paraje llamado Rus enclavado cerca de Honrubia, San Clemente, Cañavate y Vara de Rey por todos conocido, ya que era un vergel en medio de una llanura inmensa muy propia de La Mancha. Los inviernos eran muy largos y fríos y los veranos muy sudorosos. Circulaba por este paraje un río que no era muy caudaloso, sino prudente y sereno …pero aliviaba los calores de aquellas gentes. Gentes que se entregaban al duro trabajo de sacarle el jugo a la tierra o al ganado.

Nos encontramos en pleno diciembre, en una Navidad más. Como todos los años, las mañanas se estrenaban con importantes heladas y nieblas espesas que ocultaban los cerros que acorralaban la aldea y una pequeña ermita que presidía el paraje. En ella habitaba la imagen de una hermosísima Virgen con su Niño. Siempre sonreían y consolaban a todo el que los visitaban. Se conocía aquella imagen entrañable como Virgen de Rus.

Pascual era un chaval de unos ocho años, hijo de Bartolo, el pastor de la aldea. Tenía como misión abrir todos los días la ermita para que entrara todo visitante a buscar consuelo bajo la mirada tierna de aquella madre que nunca envejecía y siempre escuchaba.

Como os digo, llegaron los días de Navidad. Pascual, que ayudaba al padre en infinidad de ocasiones, abrió el portón enorme y pesado de la ermita, corrió las cortinas de los laterales y recogió el montón de hojas secas que se amontonaban en la entrada. Colgó la llave enorme y helada en un clavo oxidado y arrugado y subió cerro arriba a por el ganado que se encontraba en los corrales de lo que antiguamente había sido un pequeño castillo, desde el que se divisaba un horizonte lejano y misterioso. Esto ocurría cuando la niebla se iba rindiendo poco a poco dejando paso a los primeros rayos del sol. Era entonces cuando Pascual se imaginaba que las almas de la Naturaleza subían hacia el cielo que iba apareciendo cada vez más azul. Así ocurriría con los árboles, la hierba y el río.

El muchacho colgó la llave, se aseguró que en el zurrón llevaba su almuerzo y bajó a sus ovejas y cabras a pastar, para aprovechar la mañana, ya que los días eran los más cortos del año. Además, en Navidad, le tenía dicho su padre que se recogiera antes, por ser días de fiesta y descanso.

Pascual bajó el cerro presidiendo aquella algarabía de balidos y cencerros, dirigiendo aquel pequeño ejército de seres mansos y obedientes hacia el margen izquierdo del río Rus. Río, que en verano era generoso al ofrecer ricos cangrejos, bogas y algún lucio que otro.

Al pasar por la cueva que llamaban de La Mora, recogió su cayado, que había sido su compañero inseparable de tantos y tantos días. Todo era, aparentemente normal, como días anteriores, pero no…estábamos en plena Navidad y algo se respiraba en el paisaje, en el alma muy, muy distinto a épocas anteriores, y no sólo porque hasta allí llegaba el olor cálido y dulzón del humo de la chimenea que anunciaba los mantecados de la abuela Rufina y sus ricos almendrados, y los bollos de leche y las tortas de cañamones y…a Pascual se le hacía la boca agua sólo pensarlo, sino porque todo anunciaba la llegada de algo nuevo.

Llegada la hora del almuerzo, Pascual cumplió con lo habitual. En el fondo del zurrón encontró algo distinto. La abuela le había colocado un gran trozo de bollo de leche que se había desmigajado bastante, pero que recién hecho, sabía a gloria. A la abuela le encantaban las sorpresas y su risilla era contagiosa cuando la descubrían.

El ganado seguía pastando y Pascual había almorzado. Sentado en una roca, fue distrayéndose amasando, como otras veces, un barro arcilloso, que solía haber por allí. Modelando y modelando salieron de las manos de Pascual dos lindas golondrinas. Las alzó a lo alto y, como pocas veces se sintió tremendamente orgulloso de aquella obra de la que era artífice y creador.

El mediodía se echaba encima. Pascual recogió el ganado y, con sumo cuidado, guardaba entre sus manos sus dos golondrinas. Apenas se habían secado. La humedad era fuerte y el sol calentaba poco.

Al llegar a casa, todos admiraron la obra. El padre de Pascual se rió un poco al contemplar las dos aves y dijo:

– Pero Pascual, están muy bien, pero no es época de golondrinas. Ellas anuncian la primavera y todavía falta mucho para que llegue.

– Da igual- dijo la abuela Rufina. Las pondremos en la ermita, a los pies de la Virgen por ser Nochebuena y cuando llegue la Primavera ¡se habrán secado de sobra!

Así lo hicieron Pascual y la abuela. Bien colocadas fueron depositadas aquellas dos golondrinas que contrastaban tanto con el frío de la ermita y el aire helado que soplaba fuera de ella.

La noche transcurrió en paz y alegría, como años anteriores. La chimenea chisporroteaba alegre al son de los villancicos y del vino moscatel. Algunos de ellos eran muy antiguos… de la niñez de la abuela, pero de tanto repetirlos año tras año…se los sabían de memoria. Con estas melodías se fueron a la cama, cerrando una Nochebuena más. Se sumó este paraje de Rus a tantos y tantos lugares de la Tierra que creían firmemente en la bondad del ser humano, rescatado por un Dios Chiquitín.

A la mañana siguiente, día de Navidad, no era necesario sacar el ganado a pastar. Era fiesta… ¡y fiesta grande! Pascual, sin embargo, no olvidó cumplir con la obligación de abrir la ermita. Cuando estuvo a los pies de la Virgen, notó algo muy extraño. Sus golondrinas no estaban. Nadie las pudo quitar durante la noche. Mucho abrió Pascual los ojos, mucho buscó por todos los rincones, su corazón se aceleraba, pero sus golondrinas no aparecían. Preguntó con su mirada a la imagen de su Virgen, que callaba y sonreía…como siempre. De pronto oyó un tímido gorjeo aflautado y ligero que venía de entre el manto de la Virgen. Fijó su vista todo lo que pudo y…allí estaban: dos preciosas golondrinas maravillosas llenas de vida y alegría. ¿Qué había pasado en aquella noche tan fría junto al tibio calor que sólo sabe dar una madre a su recién nacido?

No había que asustarse, ni extrañarse tanto. Sencillamente en Nochebuena ocurren cosas maravillosas y… casi todas en silencio. Eso decía la abuela:” Pasa la Noche de puntillas dejando chispas extraordinarias por el mundo. Sólo hay que abrir el corazón”.

Abrid el corazón a la Navidad de vuestra niñez. Nada es comparable.

Eloísa Esteso Carnicero | Maestra