La derecha también sueña| Álvaro Gutierrez

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Pensar en el ritmo de los acontecimientos desde que Pablo Iglesias anunció su intención de dinamitar las bases de nuestra convivencia da vértigo. Fue en 2014 cuando declaró que iniciaría «un proceso constituyente para abrir el candado del 78 y poder discutir de todo». Y así fue. Desde que pronunció esas palabras se discute la unidad de España, los derechos educativos de los padres y –desde nada menos que una vicepresidencia del gobierno– la monarquía. Y no solo él, desde que se abrió la veda el federalismo socialista y el maximalismo secesionista se atreven a todo. Pero nada obliga a que sea solo la izquierda y el antiespañolismo que se proponga un rumbo para la política nacional.

Se pueden verter (¡y vierto!) críticas a la tendencia de la derecha a venerar como ideal una Constitución que representa una concesión. ¿Quién de entre los padres de la Constitución, de cualquier parte del arco parlamentario, hubiese propuesto semejante batiburrillo de contradicciones en diciembre del 75? Pero aquél epíteto con el que nos referimos a la gente de derechas, «gente de orden», es merecido: existe una marcada tendencia a favorecer el status quo contra las innovaciones revolucionarias. Y esto no es algo malo. La labor propiamente nuestra es la de orientar estructuras existentes hacia fines buenos, no la de romper la baraja y empezar de cero siguiendo nuestras ideaciones más febriles. Quizá podamos llamarlo el principio de la primacía de la realidad.

Pero esta tendencia, que puede llevar a alguien, aunque no plenamente conforme con el encaje constitucional español, a defenderlo a capa y espada de los intentos irresponsables de romperlo, tienen también su límite. Es cierto que buscar consensos es bueno. Es bueno porque la paz social es buena. Una comunidad en la que no se busque una cierta armonía entre los miembros es una comunidad al borde de la disolución. Tenemos que procurar encarnar nuestros principios en un contexto concreto. Las ideologías que pretenden edificar su utopía sin atender a quién vive en ella suelen tambalearse o edificar sobre los huesos de los muertos (y las más de las veces tambalearse aún así). Si la mitad de nuestros compatriotas no comparten nuestros principios tenemos que encontrar la manera de que también tengan encaje en la comunidad, sin por ello renunciar a poner esos principios en práctica; esto exige las más de las veces concesiones para salvaguardar la paz.


Esta búsqueda de la paz es lo único que puede justificar realmente la defensa del consenso del 78, incluso convertir esa defensa en virtud. Pero la primacía de la realidad nos obliga a reconocer que hoy el consenso ya no existe. Lo enterraron otros mientras nosotros cantábamos loas en su honor. No puede aducirse un consenso de convivencia cuando sale el Vicepresidente del gobierno a decir que «hay que actuar para que la ultraderecha mediática y política no forme parte de nuestra sociedad». No puede aducirse un consenso de convivencia cuando la mera pretensión de los padres de tener voz y voto en la educación moral de sus hijos se encuentra con la rotunda afirmación de que «no podemos pensar de ninguna manera que los hijos pertenecen a los padres». No tienen ninguna intención de garantizar la convivencia de perspectivas distintas, tienen la única intención de imponer la propia y crear un nuevo marco al margen de los díscolos.

La pregunta ya no es si vamos a abandonar o no el consenso. La única pregunta que queda es hacia dónde vamos ahora que ha muerto.

Pablo Batalla Cueto, ensayista, montañero y columnista en El Cuaderno, se da cuenta desde la izquierda de las posibilidades que aún tenemos de marcar el camino de los acontecimientos.  La alternativa, dice desde su cuenta en Twitter, «no es ya binaria» entre el mundo con el que sueña la izquierda y el estado actual de las cosas, sino trinaria. «La derecha también sueña», y si todo está en juego, también estos sueños, principios e ideales entran en liza. La pregunta para él es dónde tiene la izquierda fuerza para imponerse sin cesiones, pero la pregunta para nosotros es una de fundamentos: ¿en qué soñamos nosotros?

Debemos dejar de jugar a la defensiva. En este espacio, en Adelante España, tenemos la esperanza y la oportunidad de abrir ese debate en la derecha con rigor y apertura de miras. Todo régimen defiende, de forma más o menos abierta o velada, una visión sustantiva del bien del hombre, de nuestro fin. ¿Cuál es la nuestra?

¿Cómo será el mundo en el que la gente de orden se atreva de nuevo a soñar?

Álvaro Gutierrez Valladares