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Sólo un pueblo con religiosidad y libertad de pensamiento se esforzará y actuará, haciendo solidaridad y justicia. Bienaventurados los pueblos que guardan sus tradiciones y testimonios y con abnegación buscan el progreso desde el respeto cívico.
Cristo vino al mundo a poner paz en la tierra, sí, pero con la espada. Una espada metafísica, si se quiere, pero también tangible. El látigo con que azotó a los mercaderes en el templo era real. Como bien inteligible era su lenguaje. Y ello fue así porque tanto Él como sus discípulos no tuvieron otra opción que dar corporeidad a sus pensamientos mediante ese metafórico acero de dos filos que se corporizaba en el verbo y en la disciplina moral.
Palabras y rigor susceptibles de ser interpretadas a conveniencia, con diversos sentidos, según los escuchantes y sus odios, querencias e intereses. Pero, con todo, eran unas palabras inequívocas y, desde entonces, están con nosotros todo el tiempo; y aun antes, desde que el hombre fue hombre al caminar erguido. Porque Cristo sólo vino a la Tierra a recordar lo irrefutable, y lo hizo con un poder sugestivo tan dominante como para justificar los códigos naturales de moralidad. Esos mandamientos que denuncian la hipocresía y la creencia en los hechizos no meramente mágicos, sino del Mal.
Porque mucho más peligrosas que las transgresiones esotéricas, son los crímenes de las ideologías; las palabras y los bandidajes instigados, proferidos y formulados con aires de integridad por brazos y labios fanáticos. Tales crímenes son planeados y ejecutados a sangre fría y con indeclinable perseverancia a lo largo de los años.
En el pasado, los relatos que dictaban crímenes ideológicos eran preferentemente religiosos; ahora son habitualmente políticos. Los dogmas ya no son metafísicos; son positivistas y doctrinarios. Pero el impulso que mueve a los ejecutores —de antaño y de hogaño— sigue siendo el fanatismo, esa superstición idolátrica de quienes aceptan los dogmas como sectarios, y se los tragan como una píldora, con la locura sistemática y la diabólica ferocidad con que se despachan a cuenta de sus creencias.
Los nuevos demiurgos y su equipo de consejeros intelectuales han logrado sustituir los símbolos tradicionales, basados en la naturaleza y en la experiencia convivencial secular, por una iconografía nueva, antinatural y globalizadora. Y lo han conseguido desde el laboratorio y mediante la deconstrucción lingüística.
A continuación, mediante su poderosa propaganda, sólo han tenido que insuflar el relato obtenido en las correspondientes instituciones sociales y políticas: la iglesia, el parlamento, la sala de consejo, la educación, las fuerzas armadas y de seguridad, la intelectualidad y el arte, la familia…
Todo ello hábilmente ornamentado con añagazas variopintas, con hipótesis de trabajo común, con brindis al sol diversos, con llamadas a la solidaridad, al diálogo y al sacrificio impositivo, con dulces promesas de felicidad y, entre medias, con limitaciones, penas, ostracismos y violencias de todo tipo y condición.
Con lo cual, vemos como el verdugo corta la cabeza del ciudadano mientras le notifica que lo hace por su bien. Que se trata de liberar a la humanidad de sus demencias colectivas, de sus infames instintos, de sus desviadas costumbres, de sus anticuadas tradiciones. Y ello a pesar que la realidad muestra una imagen antagónica, con muchedumbres coaccionadas para el engaño al semejante, para la transgresión al por mayor, incluso para el asesinato y el suicidio en masa.
El problema es que la sociedad vive en absoluta esquizofrenia, en permanente confusión: sabe que algo le pasa, pero desconoce qué es lo que le pasa. Y, en este desconcierto, sólo aquellos que, educados en el seno del humanismo y de la religión cristiana, que enseñan que la voluntad es libre y el alma es inmortal, y actúan de acuerdo con tales creencias, cuentan con la suficiente lucidez para defender a la Verdad frente a los impostores.
Sólo ellos comprenden —como vino a decir Aldous Huxley en Los demonios de Loudun—, que el Reino de Dios, tal como es en sí mismo, se realiza en la tierra y a través de la percepción de la naturaleza, y no tal como se muestra en la voluntad falseada por las avideces materiales de unos plutócratas —y de sus sicarios— infatuados, en rebeldía contra el sentido común y contra la divinidad.
El caso es que, entre las múltiples y cruciales batallas que hoy se debaten en el seno de la humanidad, una de ellas y no la menos importante es la lucha entre las variadas teocracias fundamentalistas —sean de sesgo individual o grupal— y la religiosidad natural que todo individuo no bestializado posee, y que ha evolucionado por regla general hasta expresarse mediante el humanismo cristiano.
Según la teología cristiana —abandonada hoy por la propia Iglesia—, uno de los siete dones del Espíritu Santo es la inteligencia, y el vicio opuesto a la inteligencia es la vulgaridad con respecto a las cosas espirituales. Esta vulgaridad o grosería es el estado corriente de los impíos —religiosos o morales—, que son, casi todos, completamente ciegos para la luz interior, y casi todos completamente sordos a la inspiración, ya sean ambas creativas o transcendentes.
Y es esta inercia bestial contra la razón y la vida que atenaza al mundo, inoculada y dirigida por los poderes globalistas mediante una hegemonía cultural diabólica, la que hay que erradicar imperativamente si la humanidad quiere seguir teniendo alma.
Jesús Aguilar Marina | Poeta, crítico, articulista y narrador
Tags: Religión, Libertad, Política, Fanatismo, Ideología, Sociedad, Moral




