Decir Izquierda Unida es decir Partido Comunista de España (PCE), que es quien manda. Es, por tanto, un simple cambio de maquillaje para seguir siendo los mismos comunistas, pero sin Yoli, que es sacrificada.
El fin de Sumar confirma el fracaso del último experimento comunista en España y evidencia que la extrema izquierda radical solo cambia de nombre para sobrevivir políticamente.
El fin de Sumar y el desgaste de Yolanda Díaz
El fin de Sumar ya no se oculta ni siquiera dentro de la propia izquierda radical. El comunista Antonio Maíllo, coordinador federal de Izquierda Unida y dirigente del Partido Comunista de España, ha decidido dar por agotado el proyecto liderado por Yolanda Díaz. La operación resulta clara y responde a una lógica conocida: cuando el envase falla, el comunismo cambia la etiqueta.
Sumar nació como una plataforma diseñada para relanzar electoralmente a la izquierda más radical. Sin embargo, el proyecto se ha convertido en un bluf político. Yolanda Díaz dejó de ser un activo electoral. Las encuestas reflejan su desgaste. El discurso edulcorado ya no moviliza ni a los suyos. La ingeniería comunicativa no tapa la realidad económica ni social.
Maíllo reconoce ahora lo que muchos advertían desde el principio. La fragmentación con Podemos restó votos y escaños. La suma artificial no funcionó. El fin de Sumar responde a un cálculo frío: la marca se ha quemado y conviene enterrarla cuanto antes.
Izquierda Unida, es decir, el Partido Comunista de España, nunca abandonó el control real del proyecto. Ahora ejecuta el relevo. El objetivo no consiste en cambiar el rumbo ideológico, sino en maquillar de nuevo el mismo programa de siempre.
Izquierda Unida y el PCE: mismo comunismo, otro nombre
Decir Izquierda Unida equivale a decir Partido Comunista de España. Esa realidad histórica y política no admite discusión. El fin de Sumar no supone una rectificación ideológica, sino una maniobra táctica para conservar poder institucional.
Antonio Maíllo propone una nueva coalición de izquierdas con otro nombre. Acepta a Podemos. Excluye a Yolanda Díaz. El mensaje resulta transparente. El comunismo busca recomponerse tras un fracaso electoral evidente y un futuro aún peor. La experiencia de Extremadura sirve como coartada, aunque no como modelo nacional sólido.
Maíllo insiste en mantener la “autonomía y soberanía” de los partidos. Ese lenguaje encubre una lucha interna por el control del aparato. El comunismo español nunca ha renunciado al centralismo político. Solo adapta el discurso según conviene.
El fin de Sumar demuestra que estas coaliciones no nacen para servir a los ciudadanos, sino para repartir cargos. Cinco ministerios no bastaron para consolidar el proyecto. La desconexión con la realidad social ha resultado total.
Mientras tanto, figuras como Ione Belarra e Irene Montero celebran la caída de Díaz. Podemos, reducido a la insignificancia, busca una tabla de salvación. El comunismo recicla rostros, pero mantiene intacta su agenda ideológica.
Cambio de siglas para ocultar el fracaso ideológico
El fin de Sumar confirma un patrón repetido en la izquierda radical. Cuando una marca se hunde, crean otra. Cuando un liderazgo se quema, lo sustituyen. Nunca revisan el fondo del proyecto. Nunca asumen responsabilidades políticas.
Esta nueva operación pretende llegar a las elecciones generales de 2027 con un nombre distinto. El contenido será el mismo. Más intervencionismo. Más ingeniería social. Más ataque a la familia natural. Más erosión de la libertad educativa y religiosa. Más ataque a la propiedad privada. Más ataque a la unidad de España. Más sumisión a la agenda ideológica globalista.
No se trata de una refundación. Se trata de una huida hacia adelante. El fin de Sumar no marca el final del comunismo institucional, sino otro intento de supervivencia.
El fin de Sumar deja una lección clara para los españoles. El comunismo no desaparece. Se disfraza. Cambia de nombre. Ajusta el relato. Pero mantiene intactos sus objetivos.




