Muchos de los lectores, saben que entre las actividades del movimiento Nuevos Tercios para la defensa de España y la Hispanidad, están en la realización de congresos, cursos, conferencias, tertulias, obras de tetro, que permitan la difusión de aquella obra impar.
Cuando comenzamos una de estas actividades, de manera especial para las conferencias, definimos primero muy bien el campo que vamos a tratar, para que las personas que a aquella actividad asisten, no divaguen ni pongan a la loca de casa (que diría Santa Teresa), la imaginación, a discurrir sobre los conceptos; o peor, manipulados por la moda absorbente, crean que un término, que una palabra, significa lo que en realidad no significa.
Este ejercicio de centralización del discurso nos vemos obligados a hacerlo en todos los ambientes, en la universidad, en un recinto con cuyo público es mayoritariamente profesional o académico, en colegios.
Sé que nuestros lectores no lo necesitan, pero me permitirán la licencia de hacerlo en esta ocasión también. Estilo es el modo, la manera, la forma de comportarnos. Es también el gusto, la elegancia la distinción de una persona o cosa. También (siguiendo muy estrictamente su significado latino), es el punzón o cincel para escribir sobre tablas de cera, y aquí nos vamos a quedar.
Esta imagen del cincel que labra a golpes de martillo nos resulta muy apropiada para esta exposición; labrar para el cultivo del alma, esto es, para la perfección del espíritu, la sabiduría, las virtudes y la razón.
Entiendo que es hoy muy difícil comprender estos conceptos, pues el martillo progresista que cinceló la moda actual, es destructivo de todas las esencias nacionales, no esculpe ni labra para la perfección del alma, sino para destruirla.
Primero nos roban las palabras, proyectando una idea distorsionada de su verdadero significado, y con ello, troquelan nuestro entendimiento, como el polluelo que cree que su madre es el primer ser que ve al nacer.
Nos hacen dudar de todo, con una falsa filosofía que se niega a sí misma, que en su explicación está su propia refutación; todo es relativo, la cultura de occidente está creada para el sometimiento de la sociedad, la verdad absoluta no existe. Pero, en realidad, la destrucción de la verdad es la destrucción del alma.
Hoy se desautoriza con frivolidad perversa la sabiduría de nuestros mayores, el maestro ya no tiene autoridad intelectual, yo soy mi propio maestro. La soberbia de la ignorancia y del hedonismo es sobrecogedora.
Con la ignorancia (muchas veces culpable) y el grotesco indiferentismo progresista (y globalista, claro), al perder el sentido de la verdad, nos convertimos en niños perdidos en el bosque, a merced de las alimañas.
Y, hablando de globalismo aturdidor, hace muy poco, el presidente Trump dijo que el futuro no pertenece a los globalistas, que el futuro pertenece a los patriotas. Vamos, que la nueva dirección de la moral y la razón es el retorno de los pueblos a su propia identidad; Dios le oiga.
Y eso del patriotismo no mueve a la confrontación gratuita con los demás, es, simplemente, fortaleza nacional. En palabras, por ejemplo, de D. Ramiro de Maeztu, que tan bien supo explicar las esencias de España y la Hispanidad: «La defensa de la patria no excluye, sino que requiere, el respeto de los derechos de las otras patrias». «Quien ha sabido preservar su decoro sabe lo que vale el ajeno». ¡Voto a tal!, qué lejos estamos de aquella grandeza de espíritu y justicia. Seguiremos luchando.
Arrancada la dignidad del alma y del juicio, de la conciencia, no entenderemos fácilmente aquella sentencia que tanto repetimos, pero que siempre viene bien repetirla, como una letanía salvadora: «Lo característico de la conciencia es la inquietud, la vigilancia constante, la permanente disposición a la defensa. Ser es defenderse». ¿La reconoce el lector?
A esta conciencia recobrada, con ese entendimiento magnífico de nuestra tradición cultural y moral, que está, peligrosamente, registrada en nuestra historia, está consustancialmente unido nuestro estilo, que la manifiesta y defiende.
En nuestra cultura (tan tomista ella), el bien se identifica con el orden, cada cosa dispuesta según su naturaleza y fin; el mal, por el contrario, sin entidad, es la distorsión del bien, su destrucción; el mal, por definición, destruye, no construye. Es claro que vivimos actualmente en un mundo desordenado.
Con lo anterior, la caridad (bien supremo de nuestra cultura y tradición) tiene un orden, pero también una jerarquía, y este orden y esta jerarquía el mal los distorsiona: debemos acoger a todos los moritos, aún sin papeles (viva la anarquía), lo exige la caridad cristiana, dicen deshonestamente. El prójimo, por definición, es el próximo, otra cosa es traición y destrucción. La compasión no es siempre justicia.
Y no entremos (Dios nos asista) en la explicación de D. Sebastián de Covarrubias en su obra Tesoro de la lengua castellana o española (terriblemente vieja, obsoleta), donde señalaba, fascista él, sin duda, que el prójimo es aquel a quien debemos amar como a nosotros mismos por la proximidad de la sangre y la fe; es, decía, por tanto, una misma palabra partida en dos: una para el cuerpo y otra para el alma. ¡inaceptable!
El gesto, la apostura, la actitud, decíamos, brota de la doctrina, de la tradición, de las esencias trascendentes, de la historia de un pueblo, que se comprenden y asumen, pero, ese gesto, ese estilo, es a su vez portador de aquellas esencias, sin esa manifestación de estilo, la esencia queda en carne viva, sin protección, pues el estilo, la etiqueta, la cortesía, la apostura, brota de ella, pero también la protege.
Las mujeres hoy se alejan del recato, del decoro, del pudor, los hombres de la caballerosidad, de las maneras hidalgas. Ambos, se han alejado de la compostura, de la circunspección. Una locura, tan antigua como despreciada, o, simplemente, desconocidas. En definitiva, una desgracia, que permite que las mujeres dejen de serlo, y los varones dejan también de serlo.
El hedonismo egoísta oprime la virtud, la lascivia hace ridícula la templanza, y así, se hace imposible la adecuada formación de las personas, disuelta la educación en el ácido de la más soez vulgaridad, que se burla, indecente, de lo más sagrado.
Ahora resulta muy difícil entender que la cortesía es el reflejo del alma, que el decoro protege la honra (¿honra?). La cortesía, disuelta hoy en la procacidad de la moda, es en realidad, como indicara nuestro agudo D. Baltasar Gracián, la principal parte de la prudencia. ¿Cómo explicar en los vulgares tiempos modernos, que la cortesía es la principal parte de la hidalguía?, qué bien y bellamente lo explicó Calderón.
Esa manipulación del significado de las palabras, que decíamos antes, aleja de la verdad, y es por tanto fuente de extraordinarias injusticias y sinrazón, sería suficiente observar a la tan afamada Revolución Francesa, antítesis de lo que promulgaba: libertad, igualdad y fraternidad. A pesar de la evidencia, el ardid continúa siendo efectivo.
Volveremos a ser España, cuando recuperemos nuestro estilo, que es la hidalguía, la vulgaridad a la moda (en el vestido, gesto, elocución, cortesía) se apoderó de los patriotas, de los defensores de la verdad y la tradición de España, nos sometimos en vez de imponer estilo, nuestra arrogancia prudente, nos dejamos someter por la moda, al fin, somos más hijos de nuestros tiempos que de nuestros padres.
Al obsceno estilo de toda la miserable masa modernista y desarraigada, debemos imponer con gallardía nuestro elegante estilo de la hidalguía.
Una doctrina sin estilo, una verdad sin estilo, es como un cuerpo sin piel. Imposible.
¡¡SI SE DEBE, ME QTREVO!!
¡¡SUUUS!!
Amadeo A. Valladares Álvarez | escritor
Tags: Nuevos Tercios, Hidalguía, Hispanidad, Tradición española, Patriotismo, Valores cristianos, Batalla cultural.




