El pasaporte de Begoña, y algo más | Jesús Aguilar Marina

El pasaporte de Begoña

Ya ha llegado ese día que profetizó Fiódor Dostoievski, en que la falsa tolerancia será tan intensa que se prohibirá pensar a los inteligentes para no ofender a los imbéciles. Ese día en que el marxismo cultural de Rothschild y el liberalismo cultural de Rockefeller se han conchabado para martirizar a la clase media, desnaturalizándola y esclavizándola.

Ese día en que no sólo la arrogancia de los Grandes Señores del Poder, también la de sus alevines, ha llegado al extremo de despreciar a la justicia, negándose a acatarla, como estamos viendo sin asombro en nuestra patria con el asunto de los pasaportes de Begoña. El caso es que ninguna sociedad es más desdichada que la que inicia su decadencia. Y España y su justicia ya hace tiempo que iniciaron ese camino.

Es cierto que donde hay tierra, hay guerra. Y aunque no lo entendamos así nos hallamos en pleno conflicto de supervivencia. Los modelos tradicionales de organización estatal han sido saqueados por las Fuerzas Oscuras y el orden político conocido hasta ahora ha saltado por los aires. El pueblo ha puesto espadas en manos de furiosos y de pervertidos y, como no podía ser menos, lo está pagando. Y más que lo pagará, si, como hasta ahora, es incapaz de erradicar a los depravados.

En España, concretamente, se echa de menos la justicia feudal. La condena tras el delito, como la sombra y el cuerpo. ¿Hay justicia en España? No seré yo quien les niegue esta virtud a unos pocos jueces, pero, aun habiéndola, es tan lenta que pierde su valor. Pues la justicia que se tarda es injusticia. De modo que, con una justicia más lenta que el paso de los bueyes, los delincuentes siguen destrozando la convivencia y la patria desde la absoluta impunidad.

El rencor del cobarde, el odio del mezquino, los delirios megalómanos de los nuevos demiurgos han implantado un sistema de dominación asfixiante, en tanto el pueblo indiferente dedica sus horas al ocio más superficial, al goce más abyecto. De ahí que las muchedumbres y los jueces no puedan reprochar unos crímenes de los que son cómplices. Cielos e infiernos son obras de nuestras manos, y nosotros elegimos dónde vivir, si en la armonía o en el caos.

Y dicho esto, ¿de qué le sirve al pueblo un rey que ignora el pasado, no entiende el presente y no sabe prever el porvenir? Los españoles han tenido grandes reyes, pero los más de poquísimo provecho. Aunque, eso sí, han sido aprovechados. España aprobó en su día una Constitución equívoca y los canallas se están beneficiando de las ambigüedades de ese solemne reglamento. Tan solemne como nefasto.

Y quien habla de la Corona puede hablar en el mismo sentido de las restantes instituciones, todas ellas corrompidas hasta el hueso. Todas ellas perjuras, todas ellas desleales al pueblo y traidoras a la patria. Porque todo lo que nos rodea es una gigantesca trampa, un espectáculo obsceno, un circo de tres pistas donde el fraude se ha instalado al parecer sin posible vuelta atrás. Y la convivencia se ha convertido en una farsa; o en una nauseabunda comedia de costumbres. De depravadas costumbres.

No hablamos ya sólo de la corrupción material, sino sobre todo de la corrupción de la razón, que ha aparecido gracias a tantas y tan diferentes abominaciones y aberraciones cometidas. Son las costumbres pervertidoras las que impiden el reposo social, la convivencia cívica. Por eso es necesario que regrese la verdad, para que el ser humano deje de vivir atado a la concupiscencia y al engaño, y erradique de sí la perversión y el hedonismo.

Durante la Farsa del 78, no pocos sofistas y casuistas han sometido las iniquidades generadas a la decisión de la razón corrompida; y la elección de las decisiones a la voluntad descompuesta. De manera que toda la podredumbre que hay en la naturaleza humana tenga parte en su conducta y en el caos establecido. A las elites sociopolíticas y financieras les ha interesado tener una sociedad laxa para moverse ellas con mayor libertad e impunidad.

Hay que tener mucho estómago para asirse, como se ha asido el pueblo español en general en estas últimas décadas, a este tropel capital-socialcomunista de tanto delito y tanta intriga, de tanto parasitismo y sopa boba, de tanto odio y envidia social y profesional. Todo ello —que a los espíritus más valiosos no deja de resultarles incomprensible—, ha constituido una realidad, porque, en línea con el pensamiento de Pascal, cuanto es incomprensible no por ello deja de ser.

El caso es que la fuerza de Sánchez y de los suyos —y la de sus antecesores y de sus numerosas excrecencias—, mandarines todos ellos de los Señores del Poder Oscuro o marrajos de las finanzas, ha nacido y se ha desarrollado merced a la debilidad de los españoles. Es sabido que los abusones, más aún si sufren psicopatías, disfrutan y se sirven de la labilidad de su prójimo. Se pirran por humillar y machacar a sus semejantes. Que es lo que, jactanciosos e impunes, vienen haciendo, y no sólo con los pasaportes.

Todos estos tipos diabólicos se enorgullecen con el mando. Y si la verdad es a menudo deformada por hombres resentidos y soberbios, lo es más especialmente cuando mandan gentes que no miran, en sus valoraciones, a lo justo o verdadero, sino a la cuantía del botín. Y, además, como todos los ventajeros son victimistas por naturaleza, lo vienen haciendo hasta el extremo de permitirse decir a los que resisten que rompen el diálogo y perturban la paz, que conspiran contra el orden, que crean cismas y sediciones, etc.

De manera que, con «unos» y «otros», con derechas e izquierdas domésticas y globalistas y con un pueblo en Babia, los hombres y mujeres más valiosos, los espíritus libres, seguirán sin liberarse de estos temperamentos morbosos que, disfrazados de demócratas, andan sueltos y omnipresentes, emponzoñando la convivencia y arrastrando a la patria a un abismo sin fondo.

Y ello a pesar de los irredentes y optimistas mamacallos, esa curiosa especie que prolifera a la espera de que el olmo dé peras, los callos leche y los bobos chispas.

Jesús Aguilar Marina  | Poeta, crítico, articulista y narrador

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