Una generación sin anclas: enseñarles a amar para siempre | Alfonso P. Sanz

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Una chica de catorce años le explicaba hace poco a su padre por qué había cambiado tres veces de «mejor amiga» en un mes. No hubo ni peleas ni dramas: simplemente aparecieron otras más interesantes. Y ante la cara de estupor paterna, remató con una frase que vale por un tratado de sociología: «Papá, es que ahora es así. Nada dura, ¿para qué aferrarse?»

La lógica que respiran todos

Conviene decirlo con cuidado, porque es fácil caer en la caricatura: no todos los adolescentes viven pegados a la pantalla, ni todos los adultos deslizan perfiles buscando pareja. Muchas familias han puesto límites razonables y muchos jóvenes tienen amistades hondas y duraderas. Pero el aire que se respira no lo elige uno.

Aunque nunca se abra una de esas aplicaciones, el entorno digital ha impuesto una gramática común: la de lo instantáneo y lo intercambiable. Contenidos que se abandonan a los tres segundos si no gratifican. Conversaciones que se cierran sin despedirse. Relaciones que se archivan en silencio, sin ruptura ni explicación. Y ahora la inteligencia artificial añade un giro nuevo: ya no solo descartamos lo que hay, podemos fabricar a medida lo que queremos —un texto, una imagen, incluso una conversación que nos escucha sin cansarse y nunca nos lleva la contraria—. Sin fricción. Sin la incomodidad del otro real.

Esa lógica no se queda en el móvil. Se filtra en cómo se elige carrera, cómo se cambia de trabajo, cómo se aguanta —o no— una amistad que atraviesa un mal año.

La paradoja incómoda

Cuanto más fluida se vuelve una cultura, más desesperadamente necesita anclas. Los datos sobre ansiedad, soledad y desánimo entre los más jóvenes no apuntan a una generación con pocas opciones, sino a una con demasiadas y ninguna raíz. Se puede estar rodeado de contactos y no tener un solo vínculo que resista una crisis.

Por eso el matrimonio entendido como promesa —»hasta que la muerte nos separe»— resulta hoy casi contracultural. Es exactamente lo contrario de lo que ese entorno entrena: un compromiso que no se puede archivar cuando aburre, que obliga a quedarse justo cuando lo fácil sería marcharse. Suena a temeridad para quien ha crecido creyendo que nada dura ni un trimestre. Y sin embargo, es la única cosa capaz de dar lo que de verdad buscan: ser conocidos del todo y seguir siendo queridos igual.

¿Se les puede educar para eso?

Sí, pero no a base de sermones sobre los peligros de la tecnología. Se educa sobre todo por contagio. Hijos que ven a sus padres atravesar una crisis en lugar de huir de ella. Jóvenes que experimentan comunidades reales —la familia extensa, la parroquia, los amigos de siempre— donde uno no puede desaparecer sin que nadie lo note. Aprender que la felicidad no consiste en evitar el aburrimiento, sino en la hondura de una fidelidad sostenida en el tiempo.

Y ahí está el límite de la máquina, por sofisticada que llegue a ser: puede imitar la conversación, pero no puede envejecer contigo, ni perdonarte de verdad, ni renunciar a algo por ti.

La tarea de los padres, de la escuela y de la Iglesia no es tanto prohibir cuanto ofrecer algo mejor: la experiencia concreta de un vínculo que no se descarta. Enseñarles que la libertad más alta no es poder cambiar de rumbo con un clic, sino poder decir «para siempre» y sostenerlo.

Si lo conseguimos, esta generación podría acabar valorando el compromiso más que ninguna otra, precisamente por haber probado hasta el hartazgo lo vacío de lo desechable. Si no, criaremos adultos brillantes con la pantalla y analfabetos del corazón.

La apuesta, como siempre, empieza en casa.

Alfonso P. Sanz | Jurista y escritor


Tags: Familia, Educación, Jóvenes, Compromiso, Tecnología, Valores, Crianza

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