Es oportuno y lógico burlarse de las ansias de los líderes socialistas españoles persiguiendo y vanagloriándose de sus encuentros con los colegas estadounidenses. Desde la década de los ochenta del pasado siglo hasta la misma actualidad los hemos visto a menudo estrechándoles la mano con desmesurada sonrisa y gesto genuflexo, fotografiándose en familia en algo parecido a un aquelarre o persiguiéndoles por los pasillos de los congresos internacionales solicitando una mirada, incluso mostrando agradecimiento por un desdén.
Pero a su vez también los hemos visto prodigarse en desaires hacia ellos, hacia su país y hacia su bandera. Gestos de rechazo tan ostensibles como patentes eran sus servilismos. Es decir, lo mismo nos hemos encontrado con un socialismo baboso hacia el imperio USA como con la consigna progresista resumida en el «yanki a casa».
De ahí que las actitudes americanas no tengan nada que ver con los comportamientos de estos socialistas nuestros, siempre desleales y soeces, no ya por su postura específica del momento, sino por su índole oportunista deleznable, tan alejada de la dignidad personal y de las responsabilidades de sus cargos, algo de lo que nunca se han preocupado, pues para ellos no existe patria a la que respetar y servir, sino objetivos de lucro en perspectiva.
Porque lo cierto es que las luminarias socialistas se han adaptado siempre a la coyuntura, pero no pensando en las razones diplomáticas ni en los intereses de su patria, como decimos, sino en la rentabilidad personal y en la de sus lóbis y chiringuitos. Así, según les convenga en lo personal o en lo doctrinario, pueden tanto poner a España en contra de los gobiernos de una nación muy poderosa mediante gestos arribistas, como convertirse en capones cortesanos de gesto dócil y obsequioso.
Lo evidente es que el Gobierno socialcomunista ha convertido a España en un país de tercera fila. Asunto que tiene las gravísimas consecuencias de dilapidar la respetabilidad exterior ganada después de tantos años de esfuerzo anteriores a la Farsa del 78. Se vienen acumulando errores con tan exaltada contumacia que es lógico que cunda el desánimo en los ciudadanos más avisados y patriotas.
En esta línea aberrante de diplomacia ideológica y venal, la incertidumbre que transmiten nuestros Gobiernos socialcomunistas resulta intolerable. Porque su sectarismo y su visión de beneficio particular provoca un desconocimiento enorme sobre los hábitos y las conductas propias de la política exterior de un país occidental desarrollado. Y porque todo ello damnifica la imagen de España hasta extremos capitales.
Bajo el socialcomunismo resulta imposible articular unas relaciones exteriores eficaces y honorables. España lleva décadas suscitando desprecios y sorpresas que desembocan en el desprestigio más vejatorio. Y no sólo por modificar las coordenadas de nuestras relaciones con la mayor potencia del planeta, volatilizándolas en una especie de circunstancialismo, sino porque nos enemistamos caprichosamente con países que —ya los consideremos amigos, aliados o no— deben tenerse en cuenta en toda acción exterior.
Un Gobierno no puede comportarse en las negociaciones internacionales con arrogancia hoy y arrastrarse mañana como un eunuco o un gusano. Aunque, sin duda, los rechazos que el socialcomunismo se granjea en el exterior tienen tanto o más que ver con el electoralismo, la corrupción y la ideología que con la torpeza.
Y, también sin duda, esa chulería coyuntural utilizada con Estados Unidos, nunca la veremos emplear con Marruecos ni con los británicos respecto a Gibraltar. Tragar sapos y culebras en estos asuntos, como los están tragando un día sí y otro también, es algo que sólo puede entenderse desde el negocio particular y desde el desprecio más absoluto hacia la propia dignidad nacional.
De modo que, aunque se haga «a tiempo parcial», una política exterior tan voluble o inadecuada en la sospechosa defensa de nuestra soberanía frente a Estados Unidos, se convierte en delirante entreguismo ante las pretensiones, los chantajes y las humillaciones de una tiranía como la mora y de una piratería anacrónica como la británica. Algo, por otra parte, que sus seguidores, esos fanáticos pancarteros del «No a la guerra», se lo tendrían que cuestionar, si estuvieran dotados de capacidad autocrítica, que es mucho imaginar.
La cuestión, en fin, no radica en que el presidente del Gobierno socialcomunista esté absolutamente desacreditado en los foros exteriores menos putrefactos e irracionales, sino que, a España, en el tablero internacional, se la contempla como al peón que ya ha sido comido y apartado del juego, y que por ello se le puede ningunear o ignorar. La necesidad, pues, de modificar el curso de los acontecimientos, dada la desconsideración que la patria sufre bajo la bota roja, es urgente.
Y resulta inexplicable —mirando a quienes tienen poder para cambiar dicha deriva— la ausencia de remedios empleados para una causa tan esencial, ofensiva y lacerante.
Jesús Aguilar Marina | Poeta, crítico, articulista y narrador
Tags: Diplomacia, España, Socialismo, Estados Unidos, Marruecos, Soberanía nacional, Relaciones internacionales, Prestigio exterior




