Colaboracionistas | Alberto G. Ibáñez

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Lo sucedido en las últimas semanas con la familia del colegio de Canet de Mar (Barcelona) por haber osado reclamar que se ejecuten las sentencias judiciales en España debe ser un punto de inflexión respecto al trato que el totalitarismo separatista goza en España y en parte del extranjero. No sólo nos referimos a tromba de insultos y amenazas sufridas por el niño y sus padres, sino a las palabras comprensivas con el sistema de imposición lingüística o, lo que es peor, al atronador silencio respecto a los derechos de un niño acosado, lo que contrasta poderosamente con otros casos.

Es hora de denunciar lo que el separatismo representa en España: una política de perversa persecución al discrepante, un clima irrespirable en la calle, en los pueblos, en las familias, en la escuela, en la universidad, donde se incita a los estudiantes a denunciar a los profesores que “se atrevan” a utilizar el idioma común de los españoles y de 500 millones de personas. Superan el millón de personas las que se han visto forzadas a hacer la maleta y marchar al exilio, tanto en País Vasco como en Cataluña, una lista que no hace sino aumentar cada día ante la mirada resignada (cuando miran) del resto de españoles.

Porque el problema no viene principalmente de los separatistas, cegados por su odio a todo lo que suene a “español” y encerrados en su propia psicopatía colectiva. El mayor problema viene de los que no son separatistas, pero se muestran comprensivos o “complacientes” (según los califica el profesor Sevi Rodriguez Mora) con el fenómeno. Los que prefieren taparse los ojos o mirar a otro lado, abandonando a su suerte a “los otros” españoles, sean catalanes o vascos, que ya han perdido el derecho a vivir en su tierra en paz y libertad. Esta actitud contagia, en grados diversos, a gran parte del arco parlamentario, pero resulta especialmente incomprensible por parte de la izquierda “española” que cuando se trata del separatismo se olvida de la igualdad, de la protección de los más desfavorecidos (la población que tiene como lengua materna el español en Cataluña es también de clases trabajadoras), de la defensa de lo común (la lengua o la nación de todos) o de la lucha contra los privilegios, calificando de diálogo lo que en realidad supone ceder todo a unos en perjuicio de otros. Entra en una suerte de estado de arrobamiento embriagador sin percatarse de que más bien sufre algún tipo de posesión diabólica, o tal vez simple constatación de que todos esos principios eran mero postureo.

Nada nuevo bajo el sol. Los malos triunfan porque los buenos no hacen nada, o porque en realidad los que van de buenos no lo son tanto prefiriendo, por miedo, interés o simple estupidez, colaborar con el Mal a costa incluso de permitir el sacrificio de un familiar o compatriota. Lo apreciación más favorable para estas personas sería considerar que lo hacen por simple estupidez. Carlo M. Cipolla estableció [“Las leyes fundamentales de la estupidez humana”] que todos los seres humanos están incluidos en una de estas cuatro categorías: los incautos, los inteligentes, los malvados y los estúpidos. Y según, su tercera ley fundamental (o ley de oro) una persona estúpida sería “la que causa daño a otra o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio”. Cabría decir que los que colaboran con el separatismo no son estúpidos porque lo hacen para obtener un claro interés propio: bien sea la promoción social o profesional (aunque sea a costa de traicionar a su familia y ancestros, como ocurre con tanto charnego agradecido) o la consecución o el mantenimiento de “su” poder. Pero en realidad, estos logros serían siempre a corto o medio plazo, pues a la larga (una vez conseguida la famosa República independiente y por tanto resultar ya inútil su traición) sus favores serían pronto olvidados y convertidos en nuevos pesares, junto a un sentimiento (ya inútil) de culpa o de haber hecho el canelo. Acabarán sin duda devorados por el monstruo que ellos mismos han alimentado durante años, aunque finjan que no lo saben.

Los colaboracionistas más que estúpidos pueden ser igual o más malvados que el Mal al que sirven. Hannah Arendt describe muy bien este fenómeno en su obra Eichmann en Jerusalén: informe sobre la banalidad del mal. La pensadora judía, tras sufrir en su propia carne la persecución nazi, publicó en 1962 un conjunto de artículos donde ejercía una inusual autocrítica. Por supuesto no negaba el mal que supuso el nazismo, particularmente en su persecución de los judíos, pero no se quedó en el fácil análisis “a posteriori” del chivo expiatorio ajeno, llegando a acusar a los Consejos judíos, en concreto, a sus presidentes, de haber colaborado con los nazis. Según  Arendt, la cifra de judíos muertos en Europa durante la primera mitad del siglo XX habría sido significativamente inferior si los encargados de estos Consejos no hubiesen entregado a los líderes nazis inventarios de sus congregaciones. Para Jesús Hernández (Esto no estaba en mi libro de la II Guerra Mundial) en este grupo destacaron personajes tan turbios como Mordechai Chaim Rumkowski, un empresario judío que se convirtió en un auténtico déspota cuando fue puesto al frente de la asamblea encargada de dirigir el gueto de Lodz ¿Les suena? Por no hablar de los judíos que colaboraban con los guardianes de los campos de concentración mientras veían como caían sus compatriotas, algunos antiguos amigos incluso familiares. Judíos contra judíos, vascos contra vascos, catalanes contra catalanes, españoles contra españoles… Ciertamente aquí por ahora se trata sólo de exilio o muerte civil, no física, pero ¿tendrá que venir una Hannah Arendt española a escribir cosas parecidas sobre este periodo de nuestra Historia?

Y sin embargo…, la familia de Canet nos recuerda que todavía existen héroes en nuestro país, capaces de levantarse y decir “¡basta ya!”, como los hubo en el País vasco aunque esperemos que tengan más éxito que estos últimos. El ya famoso estudio del profesor Zimbardo de la Universidad de Standford demostró que no todas las personas reaccio­nan de la misma manera frente al mal, que siempre hay una minoría, a los que no duda de calificar como héroes y heroínas, que consiguen resistirse a la influencia del ambiente. Y es que como también decía Josep Conrad (El corazón de las tinieblas): “[D]espués de todo hay algo en el mundo que permite que un hombre robe un caballo mientras otro ni siquiera puede mirar un ronzal”.

Con todo…, qué pena que en España haya que ser héroes para defender lo obvio, qué pena que sean tan pocos los que eligen el camino incómodo de ser fieles a sus principios, tan pocos los que anteponen el interés de todos a su deseo de mantener el poder, tan pocos los que tienen el coraje de no ceder ante la injusticia por un puñado de apoyos, tan pocos los que no abandonan a sus compatriotas perseguidos por sus ideas o la lengua que hablan…

Nunca tantos españoles debieron tanto a esos pocos.

Alberto G. Ibáñez | Escritor y ensayista