Alternativa soberanista ante el Estado Autonómico (III)

Alternativa soberanista ante el Estado Autonómico

La unidad de España frente al Estado autonómico

Uno de los mayores errores estratégicos cometidos en España durante las últimas décadas ha sido aceptar como marco dogmático e intocable el modelo de Estado surgido de la Constitución de 1978 y su posterior desarrollo autonómico.

Ese modelo, lejos de integrar y fortalecer la convivencia y la cohesión nacional, ha acelerado la fragmentación de España, ha debilitado la soberanía nacional y ha entregado parcelas decisivas de poder a fuerzas abiertamente separatistas. El sistema autonómico ha propiciado, mediante incentivos perversos, desigualdades territoriales, privilegios y consolidación de élites independentistas y un deterioro de la unidad de España.

Durante décadas, el separatismo no ha avanzado solo por imposición, sino también por cesión. Y esas cesiones no han llegado únicamente desde el PSOE, el PP, o el nacionalismo periférico, sino también desde sectores que se autodenominan soberanistas, -partidos e instituciones-, pero que han aceptado ese marco ya sea por afinidad ideológica, por puro cálculo electoral, presencia institucional, cuotas de poder o prebendas autonómicas.

El Estado autonómico como motor de la fragmentación

Cataluña, País Vasco y, en menor medida, otras comunidades, resultan paradigmáticos y muestran con claridad el problema.

El Estado ha delegado competencias esenciales —educación, lengua, cultura, financiación, medios públicos— a gobiernos nacionalistas que han utilizado esos instrumentos para construir identidades excluyentes y una política enfrentada a España. Así, los partidos separatistas han utilizado el autogobierno autonómico para construir un Estado paralelo.

Lo decisivo no ha sido solo la acción del separatismo, sino la complicidad activa del Estado. La cesión permanente de competencias, la financiación privilegiada y la aceptación de un supuesto “hecho diferencial” han consolidado una estructura de poder hostil a la unidad nacional.

Aquí aparece la primera gran renuncia de muchos actores soberanistas: aceptar el marco autonómico como neutral, cuando en realidad actúa como una maquinaria de fragmentación, constituye una renuncia de fondo.

Renuncias tácticas que se convierten en derrotas estratégicas

Los ejemplos se repiten con patrones similares:

  • Pactos con nacionalistas “moderados” para gobernar autonomías.
  • Silencio o complicidad ante privilegios fiscales por cálculo electoral.
  • Ambigüedad discursiva para no “polarizar”.
  • Aceptación del lenguaje del adversario: plurinacionalidad, hechos diferenciales, identidades múltiples. etc.

Cada una de estas decisiones se presenta como una táctica inteligente. En conjunto, forman una estrategia suicida. El soberanismo que renuncia a la nación termina gestionando su disolución.

Caso 1: Pactos autonómicos a cambio de “gestión”

Un error frecuente de partidos soberanistas consiste en justificar pactos con partidos nacionalistas o regionalistas bajo el argumento de la “gestión” o la “estabilidad” del sistema, en lugar de cuestionarlo. Ese ha sido el primer gran error.

Se acepta entrar en gobiernos autonómicos con fuerzas que cuestionan la unidad de España a cambio de consejerías, presupuestos o visibilidad institucional. El resultado suele ser siempre el mismo: Se blanquea y legitima el marco autonómico; Se normaliza el discurso identitario; Se diluye el mensaje soberanista nacional. Así se convierte en una derrota estratégica.

Caso 2: La financiación autonómica como moneda de cambio

Otro ejemplo claro lo encontramos en la aceptación tácita de sistemas de financiación asimétricos. Concierto vasco, cupo navarro y negociaciones bilaterales han creado españoles de primera y de segunda. Y actualmente, el nuevo modelo de financiación de las Comunidades que benefician claramente a la catalana

Algunos actores soberanistas han evitado este debate por miedo a perder apoyos territoriales o por cálculo electoral. Se prioriza no “molestar” a determinadas regiones frente a la defensa del principio de igualdad.

La verdad puede costar votos a corto plazo, pero construye credibilidad a largo plazo.

Caso 3: Lengua y educación, el terreno abandonado

En comunidades con fuerte presión separatista, muchas asociaciones cívicas soberanistas han optado por una estrategia defensiva mínima: recursos judiciales aislados, comunicados tibios y escasa movilización social. Mientras tanto, el separatismo ha avanzado sin freno en la imposición lingüística y el adoctrinamiento escolar.

Caso 4: La falsa moderación como estrategia

Otro error habitual consiste en suavizar el discurso sobre la unidad de España para parecer “moderados” o “transversales” y no molestar a las fuerzas vivas y empresariales nacionalistas. Se evita hablar de recentralización, se sustituye el concepto de nación por fórmulas ambiguas y se acepta el lenguaje del adversario.

Esta estrategia no amplía la base social. La desmoviliza.

Caso 5: La sociedad civil capturada por subvenciones

Muchas asociaciones que nacieron para defender la unidad de España han terminado atrapadas en la lógica subvencional autonómica. El resultado ha sido la autocensura, la tibieza y la renuncia a denunciar al poder que financia.

Avanzar sin renunciar: una hoja de ruta soberanista

Aquí se encuentra el núcleo del debate. No basta con denunciar. Hace falta proponer. Y hacerlo sin diluir los principios. La alternativa soberanista necesita una hoja de ruta clara, realista y coherente, que permita avanzar sin traicionar la esencia.

1. Revisión crítica del Estado autonómico, sin tabúes.

El primer paso consiste en llamar a las cosas por su nombre, sin complejos. El Estado autonómico, tal y como se ha desarrollado, rompe la igualdad entre españoles y debilita la soberanía nacional. No se trata de una disfunción corregible con retoques técnicos, sino de un problema estructural.

Los partidos soberanistas deben abandonar el lenguaje evasivo y explicar con claridad que la descentralización política ha derivado en deslealtad institucional. Sin este diagnóstico honesto, cualquier propuesta resulta estéril.

2. Recuperar la idea de nación como sujeto político

España no puede presentarse como una suma administrativa de territorios. Es una nación histórica, cultural , religiosa y política. Renunciar a esta afirmación por miedo a la estigmatización equivale a entregar el marco conceptual al adversario.

Defender la nación no implica uniformidad cultural, sino igualdad jurídica y lealtad real. Los partidos soberanistas deben volver a situar la nación en el centro del discurso, sin pedir disculpas, al revés, sintiéndoses orgullosos de su origen e historia. Un mensaje firme, bien argumentado y constante genera respeto, incluso entre quienes no lo comparten.

Es necesario por ello: Claridad doctrinal y pedagogía política. Explicar que la unidad nacional es condición de una sana sociedad, de igualdad y libertad. Hay que ganar la batalla del lenguaje y del relato.

3. Recentralizar competencias estratégicas de forma progresiva

La recentralización –recuperación de competencias estratégicas– no tiene por qué ser abrupta, pero sí debe ser clara en su objetivo. Educación, justicia, política lingüística, fronteras, fiscalidad básica y orden público no pueden depender de gobiernos separatistas con agendas rupturistas

Una serie de propuestas concretas, no las únicas, serían:

  • Sistema educativo nacional con currículo común vinculante. Defender el español y la historia común no es una cuestión cultural secundaria, sino un eje político central. Forma parte de la esencia de España. Para ello, es necesario:
    • Crear redes nacionales de padres; Impulsar observatorios educativos independientes; Exigir inspección estatal real; Vincular la financiación autonómica al respeto de derechos lingüísticos.
  • Marco fiscal común sin privilegios territoriales. Defender sin complejos un sistema fiscal común, transparente y solidario. Explicar con datos que los privilegios territoriales rompen la cohesión nacional y empobrecen al conjunto.
  • Garantía real del uso del español en todo el territorio.
  • Inspección estatal efectiva y sancionadora…

Cada avance debe explicarse como una medida de justicia, no de imposición.

El objetivo de la alternativa soberanista es la de participar en instituciones autonómicas solo con un programa explícito de recuperación de competencias estratégicas, de denuncia del modelo y defensa de la igualdad entre españoles. Gobernar no para gestionar el sistema, sino para modificarlo, desmontar sus abusos y evidenciar sus límites.

4. Romper con la lógica de los pactos identitarios

Una de las mayores trampas del sistema autonómico es la aritmética parlamentaria. El soberanismo no puede depender del apoyo de fuerzas separatistas para gobernar, porque eso lo convierte en rehén del sistema que dice combatir.

Es necesario el rechazo de pactos que legitimen la fragmentación, aunque sean rentables a corto plazo. Es preferible una oposición firme y coherente que un gobierno condicionado por quienes trabajan contra la unidad nacional. La credibilidad se construye con coherencia, no con sillones.

5. Construir poder social antes que poder institucional

El separatismo ha ganado porque ha tejido redes sociales, culturales y educativas durante décadas. La alternativa soberanista debe aprender esa lección sin copiar sus fines. Es decir, presencia cultural y social constante, no solo electoral.

Esto implica:

  • Asociaciones cívicas fuertes y autónomas.
  • Presencia constante en barrios, escuelas y universidades.
  • Formación política e intelectual de cuadros.
  • Medios de comunicación propios y sostenibles.

Sin base social, no hay transformación política duradera.

6. Independencia económica y rechazo del clientelismo

La libertad política empieza por la libertad financiera. Las subvenciones públicas han domesticado a gran parte de la sociedad civil. Asociaciones que nacieron para defender la unidad de España han terminado autocensurándose para no perder ayudas autonómicas.

La hoja de ruta soberanista exige independencia financiera. Cuotas, donaciones privadas, estructuras ligeras y austeras y transparencia. La libertad política comienza por la autonomía económica.

7. Claridad programática frente a la ambigüedad electoral

Muchos partidos suavizan su programa para ampliar su base electoral. El resultado suele ser el contrario: desmovilización de los propios y desconfianza de los ajenos.

Un programa claro sobre unidad nacional, igualdad jurídica y soberanía estatal puede no gustar a todos, pero genera respeto y fidelidad. La ambigüedad no suma; diluye.

8. Pedagogía constante y discurso largo

La fragmentación de España no se produjo en una legislatura. Tampoco se revertirá en una. La alternativa soberanista debe pensar en términos de décadas, no de ciclos electorales.

Esto exige:

  • Discurso repetido, coherente y paciente.
  • Argumentación jurídica, histórica y económica.
  • Capacidad de explicar medidas impopulares a corto plazo.

La política de principios siempre madura a medio y largo plazo

Sin esencia no hay victoria

La fragmentación de España no ha llegado de golpe. Ha avanzado paso a paso, cesión tras cesión, renuncia tras renuncia. El Estado autonómico ha sido el instrumento, pero la falta de firmeza ideológica y de un proyecto común ha sido el catalizador.

La alternativa soberanista solo será creíble si demuestra que puede avanzar sin claudicar, crecer sin diluirse y gobernar sin traicionarse. Los éxitos temporales no compensan la pérdida de principios. La historia política demuestra que solo quienes mantienen la esencia terminan marcando el rumbo.

La alternativa soberanista solo tendrá futuro si entiende que no todo éxito electoral es una victoria y que no toda derrota parlamentaria es un fracaso estratégico. Mantener la esencia, incluso en la adversidad, es la única forma de cambiar el rumbo.

La unidad de España no se negocia, se defiende. Y se defiende con ideas claras, propuestas concretas y una estrategia firme que no se venda por beneficios transitorios. Esa es la tarea. Y también la responsabilidad histórica.

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