Escrito en una colilla | Javier Toledano

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Uno queda perplejo ante según qué noticias. Y ya no sabe si un vulgar pitillo es el aliado providencial de un hombre, por el caso que sigue, o un enemigo declarado de la Humanidad. Recuerdo que, años atrás, un adicto a la nicotina era el “malo” de mi serie favorita, “Expediente X”. El llamado “Fumador” se entrometía siempre en las sagaces pesquisas de los agentes especiales Fox Mulder y Dana Scully. Oh, agente Scully, cuántos hombres en su día soñamos con caer rendidos, por detenidos, a tus pies. Nos habríamos inculpado gustosamente de crímenes espantosos. El hallazgo de una colilla aún humeante, según la marca inscrita en el cilindro de papel, permitía al bueno de Tintín deducir si andaba tras la pista de un espía bordurio o syldavo.

La ejecutoria criminal de las colillas es inmensa. Han provocado muertes absurdas. Sea el caso del fumador perezoso que echa un pitillo en la cama, se duerme fatalmente y ya no despierta, asfixiado por el humo y abrasado por las llamas. También han sido acusadas de provocar tremendos incendios forestales. Así nos lo han contado en los noticieros. Ese pitillo encendido y voladizo que el conductor arroja desde la ventanilla del auto y aterriza sobre matorrales resecos junto al arcén. Que, para mí tengo, es perfectamente posible, pero no tan fácilmente demostrable. Hablando del particular con un bombero profesional, éste me aseguró que en las pesquisas posteriores al siniestro para determinar su causa, teniendo noticia del punto de inicio aproximado, se puede atribuir con un altísimo índice de certidumbre la participación activa de la colilla en la catástrofe. Entiendo que una colilla puede provocar tamaño desaguisado, pero se me resiste la idea de dar por bueno que sea imputable a esa colilla y no a otra, salvo que la divina agente Scully obtuviera la confesión del Ducados consumido tras un hábil interrogatorio. ¿Acaso obedecen estas dudas a mi condición de fumador?

Meses atrás, mucho antes de las joyas de ZP, de la victoria mundialista de España, de los incendios devastadores y de la invasión marroquí de Ceuta, asistimos a una noticia sorprendente. Un hombre de 40 años reclama de un difunto su filiación gracias al ADN rastreable en la boquilla de un pitillo. La maniobra más parece argumento de una comedia de enredo al estilo de “Resacón en Las Vegas” que de un sincero afán por conocer el itinerario genealógico de una persona y restaurar vínculos familiares que las circunstancias de la vida denegaron. No descartemos afán por acreditar derechos ante un posible litigio hereditario. El interesado se hizo con una colilla que se había fumado tan ricamente su presunto hermano, “Chaboli”, hijo de “el Jero”, es decir, “el de en medio de Los Chichos”. Ahí es nada, grupo emblemático de la rumba penitenciaria. Todo un subgénero musical de nuestra cultura popular más genuina. Te vas, me dejas y me abandonas, que mal fin tenga tu mala persona.

Uno se figura que agarró la colilla del tal “Chaboli” de tapadillo, provisto de guantes de nitrilo, y la guardó con sumo cuidado en una bolsita de plástico, de ésas que usan los agentes del FBI para custodiar pruebas de un caso como si fueran las venerables reliquias de un santo varón. Con el codiciado trofeo en su poder, sometido a la analítica pertinente, y cotejando su propio ADN con el de la muestra furtiva, la identificación queda verificada. Un 99’99% de compatibilidad. Caso cerrado.

Si el fallo es favorable al demandante, habremos de concluir que éste es legalmente hijo de “el Jero” porque así lo establece de manera indubitada el pitillo que se fumó “Chaboli”, hijo reconocido de aquél y, a partir de ahora, hermano de padre del demandante que se la agenció al descuido: hurto acaso, pues la colilla del pitillo que uno se fuma es suya incluso cuando acaba apagada en el cenicero. Que no va a ser mía si no me lo he fumado yo. Qué duda cabe, pues la basura que genera uno es suya incluso dentro del contenedor hasta que se la lleva el camión colector. Ésa es la doctrina institucional más reciente, pues no en vano, en algunos municipios pretenden seguir la trazabilidad de los desperdicios mediante claves de acceso asignadas a domicilios particulares: “usted recicla bien, pero su vecino lo hace mejor”, por ejemplo… entre otras derivadas infinitamente peores que podrían deducirse de un escrutinio pormenorizado de la basura.

Este suceso, vagamente recuerda, acaso por la participación del ADN en su resolución, el de aquel bocadillo, versión oficial, que supuestamente originó un brote de peste porcina en la conurbación de Barcelona. El esquivo y huidizo bocata, que continúa en busca y captura, se lo estaba zampando a dos carrillos un señor rumano, arrea. No es ninguna broma. Se dijo entonces. Acaso porque el embutido del relleno fuera una longaniza boyarda de la firma Balkanica, muy popular en aquel país. De hecho, el laboratorio donde se estudiaba la epizootia, sito casualmente en el punto cero de la misma, se prendió fuego y ardió en su totalidad. Tampoco eso es una broma. Ese tipo de cosas que pasan en Cataluña sin que nadie vea en ello nada extraño. No sé si ésa es manera de fijar ante Dios y ante los hombres nada menos que un vínculo paterno-filial. Pero es cierto que vivimos tiempos desconcertantes. Aunque siempre lo fueron, pues, de lo contrario, a santo de qué Cicerón habría pronunciado aquel lapidario O tempora, o mores.    

Javier Toledano | escritor


Tags: adn, colillas, chichos, herencia, ciencia, investigacion, tabaco

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