Aíslate, cierra los ojos, deja tu mente en blanco. Nada te perturba, enfócate y trasládate al lugar. La chica rompió a llorar y creyó que eso no estaba pasando. La subieron a empujones a una camioneta. Navaja al cuello. Le sellaron los labios con cinta americana. Forcejeó, pero ya nadie podía oírle. Le maniataron con ásperas bridas de embalaje que le rasgaban la piel. Uno de ellos llevó un puntapié, pero eso no hizo sino encalabrinarle más todavía. “Quédate quieta o te rajo la cara, mala puta”. Llovía. El cielo nublado, siempre nublado, y como con una grávida capa mate de tantos años de humaredas y polución. La nave estaba destartalada, los cristales hechos añicos, montones de cascotes, paredes pintarrajeadas. Desperdicios por todas partes. Allí acampaban menesterosos, borrachines y yonquis desahuciados. Una agria hedentina a vómitos y orines se enseñoreaba del antro infecto. Era un antiguo almacén textil, suburbial, un muladar entre el cementerio de Herringthorpe y el arroyuelo Dalton, al este de Roterham.
No abras los ojos aún. Alice ahora sabe que sí, que va a pasar. Son tres. Le giran la cara a bofetadas. Cae al suelo. Una patada en las costillas. Otra. Uno de ellos la aúpa tirándole del pelo como si fuera una marioneta escuálida, rota. Le escupen e insultan. Ella percibe el olor acre, punzante, de sus captores. Sudan, están excitados. Han tomado sustancias euforizantes para mejor desinhibirse. El de la barba poblada le muestra su pene erecto y lo agita. Es el que lleva la voz cantante. Las primicias serán suyas. Le apaga un cigarrillo en su mejilla tersa y adolescente. “Te vamos a follar… ahora sabrás lo que es un hombre de verdad y no el mariquita de tu novio”. Alice, a sus trece años, ni siquiera se ha besado con un chico. Esto sucedió en la conurbación de Manchester. No es un caso aislado, los hubo por miles allí y en otras ciudades del Reino Unido.
Ahora, antes de abrir los ojos, imagina que la muchacha asaltada una y otra vez, que ya no llora porque agotó lágrimas, y que se mueve como un trozo de carne inane a impulso de las sacudidas de sus verdugos… está sola… y es negra. En un susurro, con la mirada perdida, mientras los otros se turnan, dice… “mamá”.
El aterrador escándalo de los Grooming gangs registrado durante más de una década en la periferia de Manchester (alrededor de 2010) fue silenciado miserablemente por las autoridades británicas. ¿Su propósito? Evitar la “estigmatización” (sic) de un colectivo. Los autores de esa oleada de violaciones dirigida contra menores de familias humildes eran casi todos varones de origen paquistaní. Investigaciones recientes han obligado al actual gobierno de Starmer a reconocer que los criminales buscaban a caso hecho víctimas blancas y cristianas para su estupro multitudinario. Perras blancas y cristianas reclutadas entre sus vecinos infieles. En efecto, para los islamistas quienes no observan las enseñanzas del profeta, incluso allí donde ellos son minoría, ingresan en la categoría “infiel” y no merecen el mismo trato que los musulmanes, singularmente las mujeres. Es decir, hubo premeditación y afán de revancha al abrigo de las indeseadas secuelas del fallido modelo multicultural, lo que no es extraño, pues la multiculturalidad es el fallo, la versión degradada, contraria a la civilización, de las sociedades cosmopolitas.
Estaríamos, pues, ante un “sexocidio” planificado y consciente. La aniquilación programada de la inocencia de sus víctimas. Un fenómeno casi calcado al de otros tantos miles de violaciones que se produjeron en Alemania, 2015, tras abrir Ángela Merkel las fronteras a más de un millón de desplazados por la guerra en Siria, entre quienes, inevitablemente, se colaron cientos de desaprensivos. Esa suerte de “sexocidio”, elevado a la enésima potencia de la crueldad más demencial, lo padecieron las jóvenes israelíes humilladas, violadas, y asesinadas, y sus despojos escarnecidos una vez muertas, tras la espantosa matanza perpetrada por Hamás en el festival de música de Re’ im, según vemos en el aterrador documental Screams Before Silence, de Anat Stalinsky (ni una imagen truculenta).
Echaron el otro día por la tele una película protagonizada por Mattheuw McConaughey, “Tiempo de matar”. Es el abogado de Samuel L. Jackson, padre de una niña negra violada por un par de tiparracos inmundos exponentes de eso que llaman “basura blanca”. Esos monstruos remataron la faena ahorcando a la cría, pero la providencia quiso que se salvara en el último instante. Samuel L. Jackson irrumpe en el tribunal y aplica a los interfectos la justicia última a escopetazos. Es detenido y juzgado. Le aguarda, muy probablemente, la pena capital. El ordenamiento legal no contempla el derecho a la venganza, pero esa figura, a mi juicio, no es moralmente incompatible con la iniciativa privada en casos perturbadores. Cualquiera que tenga sangre en las venas comprenderá la reacción de ese doliente padre por tan aberrante crimen y uno, de estar en la toga del juez (o en el pellejo de los miembros del jurado), no dudaría en beneficiar al reo con todos los atenuantes posibles para minimizar condena, e incluso en absolverle y concederle una medalla pensionada. Que es lo que exactamente haría yo en el trance de dictar sentencia.
El jurado estaba compuesto por personas respetables, todos blancos, de esa comunidad sureña. En su alegato final, McConaughey, les invita a cerrar los ojos y, cuando así lo hacen, detalla las perrerías que sufrió la víctima. Una vez ahorcada, hicieron puntería contra ella arrojándole latas de cerveza que espumeaban al impactar contra su cuerpecito lacerado. Ese sádico “divertimento” nos recuerda el asesinato grupal, absurdo, de “Tralalá”, la desgraciada puta de la sensacional novela, tristísima y depresiva, “Última salida para Brooklyn”, de Hubert Selby Jr. Para encarnar la versión fílmica, no pudieron elegir a más apropiada actriz: Jennifer Jason Leigh, siempre en el alambre. Lo dicho, el abogado defensor concluye la exposición con un golpe de efecto ante su conmovido auditorio. Ahora imaginen que la chica es… blanca. El acusado fue absuelto.
Continuará…
Javier Toledano | escritor
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