La manifestación del día 23 en Madrid recuerda que nos hallamos en un momento crítico y que urge una profunda purificación social. Está en juego si los delitos organizados por la partidocracia y bendecidos por el propio Estado democrático pueden quedar impunes; si España ha dejado de ser una nación con ley; si los futuros españoles heredarán un erial ético, intelectual y productivo; si los espíritus esforzados, legales, solidarios y libres pagarán por defender la libertad, la unidad y la verdad.
Se trata de todo ello y de si la presión política, cultural, judicial y mediática acabará normalizando el latrocinio y la mentira institucionalizados, protegidos bajo el paraguas de la democracia. De si debemos aceptar que las muchedumbres indiferentes e incívicas se encojan de hombros y pasen página, olvidando los atropellos de sus dirigentes y convirtiéndose en su refugio. Y, con tal actitud, extinguiendo la confianza en que la dignidad es indispensable en toda nación con futuro.
O si, por el contrario, las gentes de bien —íntegras, valientes y fieles al significado intrínseco de la patria— lograrán mantener viva la llama de la rebeldía, oponiéndose activamente a la restricción de libertades y a las violaciones de las leyes justas. Ello hasta conseguir que los ladrones, tras reintegrar al Estado lo sustraído, sean condenados y encarcelados. Porque lo que los forajidos pretenden es que sus opositores desistan por agotamiento, además de por amenaza o agresión.
Esa rendición es el mecanismo con que la corrupción se protege a sí misma, no sólo mediante subterfugios y enlodamientos judiciales, sino también a través de la fatiga social. Por eso las personas cabales que integran la minoría crítica no pueden encogerse de hombros ni olvidar las catástrofes padecidas durante estas décadas democráticas.
Dicha minoría, a pesar de carecer de los recursos y de la protección del Estado, y sin imperios mediáticos que desenmascaren a los forajidos y amortigüen sus embestidas, ha de seguir luchando para impedir que el tiempo y la renuncia salve a los culpables. Y debe hacerlo empuñando las armas de la verdad y de la determinación. Pertrechos aparentemente débiles, pero poderosos y decisivos.
Sin embargo, la convicción sin unidad no basta. Resulta imprescindible la cohesión: una adhesión inquebrantable a un código de valores y una firme coherencia que permitan, por un lado, avanzar hacia la regeneración y, por otro, resistir la presión de los déspotas sin dejarse intimidar por sus represalias.
La amarga realidad nos recuerda cada día que los problemas de esta época aciaga sólo pueden superarse con persistencia y valor. Frente a una política de escándalos sistematizados no cabe el cansancio, sino el contraataque firme de ciudadanos que anhelan una vida pública transparente y purificada.
A lo largo de la Farsa del 78, España ha sufrido en sus carnes lo que el poder del Estado capital-socialcomunista —con sus excrecencias globalistas y terroristas como codelincuentes necesarios— es capaz de hacer, y cómo sus esbirros y mandarines fueron acumulando riquezas y dominio mientras la gente de bien padecía abusos y crímenes.
Es preciso, pues, pasar a la ofensiva. España debe decidir si aún cree en sí misma —en su misión universal— o si acepta la decadencia de sus instituciones. Por eso, el tejido social todavía vivo e incontaminado ha de esforzarse para que quienes disfrutaron del poder en estos años, provocando o permitiendo tanto crimen y desastre, paguen sus traiciones en la forma debida.
En estos momentos decisivos, de extrema gravedad, no cabe resignarse a la degradación. Es obligado alzarse y oponerse con vigor al Mal instituido. Erguirse sin especulaciones ni dudas en defensa de la verdad, de la justicia, de la vida y de la patria.
Jesús Aguilar Marina | Poeta, crítico, articulista y narrador
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