El islam es una amenaza creciente en toda Europa. Frente al discurso buenista que propone el bipartidismo, cada día son más los ciudadanos que se rebelan contra la desnaturalización y la pérdida de identidad de la mayoría de las naciones, convertidas en un magma incalificable con una constante: la inseguridad en las calles y el aumento de la violencia.
La escritora Paloma Hernández lleva años investigando la influencia del islam en nuestra sociedad, y en concreto, la extraña pero innegable alianza entre el islamismo y el feminismo radical de izquierdas.
El periodista Rafael Nieto la ha entrevistado para la La Gaceta para analizar en profundidad este fenómeno. Por su interés reproducimos dicha entrevista
Usted ha investigado durante años la amenaza que supone el islam para nuestra civilización. ¿En qué situación estamos?
Inicié la investigación de mi libro «Islam y feminismo. Religión y geopolítica en el siglo XXI» planteándome si el islam es una amenaza real, objetiva, para la España del presente y lo primero que hay que advertir es que España ha aterrizado en el año 2026 hecha un desastre, situación que favorece la penetración del islam. No sólo tenemos el indescriptible grado de corrupción delictiva de nuestros gobernantes. Las corrupciones no delictivas son muchísimo más graves. Por citar sólo algunas: el propio Régimen del 78, que es disolvente del Estado y de la Nación, pues postula que el problema de las autonomías se arregla con más autonomismo, con más fragmentación. Tenemos también muy implantada la idea de que las fronteras son instituciones arcaicas que hay que demoler, lo que favorece la inmigración ilegal, masiva, sin cualificación y subvencionada por los Estados, así como la existencia de redes internacionales de tráfico de personas con beneficios multimillonarios y al servicio de ciertos poderes políticos y económicos transnacionales. Por no hablar de la ideología del multiculturalismo, que defiende que los inmigrantes no tienen por qué integrarse en la sociedad de acogida y que hay que reconocer jurídicamente el «hecho diferencial» musulmán. En España también se ha ido implantando una idea de mujer según la cual se postulan cosas como que la maternidad es una «injusticia biológica», que el aborto es un derecho humano, que la familia es una institución opresora del individuo, que las mujeres que no trabajan y cuidan de sus familias son prostitutas de sus maridos, etc. Esas son ideas extremadamente dañinas que están destrozando nuestros países de estirpe cristiana. Algunos lo sabemos y tratamos de reaccionar. Y, por cierto, los musulmanes también lo saben e, intentando que esas ideologías tan pregnantes no penetren en sus sociedades, reaccionan. ¿Cómo?, pues desde sus propias coordenadas, como es lógico y normal, y sus coordenadas son la sharía.
Los blanqueadores del islam acostumbran a tratar de convencernos de que «no todos los musulmanes son islamistas, sino que los hay buenos, demócratas y liberales». ¿Qué opina al respecto?
En efecto, una posición que tiene mucha fuerza hoy día es aquella que sostiene que el islam es sólo una religión y que todos estos grupos que llaman radicales, integristas o fundamentalistas son herejías dentro del islam. De esta manera se separa el islam (sólo una religión) de lo que suele llamarse islamismo o con más precisión, islamismo político, cuya rama más violenta sería el yihadismo terrorista. Evidentemente, esta es una forma de justificar que no todos los musulmanes son violentos terroristas: recordemos que ahora mismo hay unos 1.600 millones de musulmanes repartidos por todo el mundo y que, efectivamente, ni todos son violentos ni todos son terroristas en potencia. ¿Pero eso significa que hay muchos islames? En mi opinión no. Cuando yo sostengo que el islam es uno, no estoy diciendo que el islam sea un bloque monolítico, siempre el mismo y todo igual. Lo que digo, por un lado, es que el Estado islámico no realiza políticamente más que lo que encuentra en las fuentes islámicas, fundadas, a su vez, en la propia vida de Mahoma. Por otro lado, digo que el islam sunnita y el islam chiita no son dos religiones diferentes. Por supuesto que hay distintas ramas y distintas corrientes dentro del islam, pero la diferencia no es de esencia sino de grado: sobre todo es distinto grado de aplicación de la ley islámica, de la sharía. El islam surge simultáneamente como proyecto salvífico, soteriológico, y como proyecto político-militar, las dos cosas a la vez: Mahoma es profeta y espada del islam. Esto significa que la consustancialización entre religión y Estado es para el islam una exigencia revelada e impuesta por Alá. Y es un hecho comprobable que cuando los musulmanes alcanzan un porcentaje considerable de población, crean guetos en régimen de funcionamiento islámico, guetos que viven bajo marcos políticos, morales y culturales determinados por la sharía, una ley que entra en contradicción objetiva con nuestros ordenamientos jurídicos, fundados históricamente sobre el patrimonio religioso cristiano, la filosofía griega y el derecho romano.
La mujer occidental es una de las mayores víctimas de esta invasión. Han aumentado las violaciones, y empiezan a verse casos de mutilación genital y de bodas de musulmanes con niñas…, ¿hay casos también en España?
Así es, los guetos musulmanes empezaron a configurarse en España en la década de 1980 y los que existen son cada vez más herméticos, lo que permite que prosperen fratrías mafiosas que operan en connivencia con los jefes religiosos, imponiendo medidas de castigo para las mujeres que no se acomodan a la definición de feminidad defendida por el grupo. Hay que subrayar que la mayor parte de la jurisprudencia del islam gira en torno a la mujer, legislando sobre su cuerpo, su conducta y su presencia en espacios públicos: tutelaje de por vida por parte de los varones, vestimenta adecuada, prohibición de hacer deporte o de ir a la escuela, caminar por detrás de los hombres, matrimonios forzosos incluso con niñas, crímenes de honor, poligamia, mutilación genital, etc. Entonces, para entender la actualidad del islam, para entender cómo ha llegado el islam a nuestros días y cómo está funcionando en Europa, no basta con leer el Corán: lo importante es ver cómo está funcionando la Ley islámica. Y la realidad es que en 1991 los 45 Estados que formaban parte de la Organización de la Conferencia Islámica, adoptaron en El Cairo la Declaración de Derechos Humanos en el Islam que, apartándose de la Declaración de la ONU de 1948, establece la sharía como «la única fuente de referencia» para la protección de los derechos humanos en los países islámicos. Tenemos que entender que la tendencia actual no es occidentalizar el islam, sino islamizar occidente. En los guetos musulmanes que existen en Europa se aplica un grado cada vez más riguroso de la sharía, y esto trae aparejado un mayor control social sobre las mujeres.
Curiosamente, el feminismo izquierdista se ha convertido en aliado del islam, algo que puede chocar a muchas personas… ¿En qué se basa esa alianza, que en apariencia es contradictoria?
Esa alianza, aunque paradójica en apariencia, resulta perfectamente inteligible desde el punto de vista del cálculo político. Hay que entender que no se trata de afinidad doctrinal, sino de una convergencia táctica frente a un enemigo común: el Occidente cristiano, fundamentalmente católico. El secreto de esta extraña alianza entre los progresistas y el islam es que, sobre todo tras la caída de la URSS, las izquierdas occidentales fueron perdiendo su base electoral natural, por así decirlo, y aunque intentaron mantener la retórica obrerista, necesitaban encontrar urgentemente otra clase oprimida, un nuevo sujeto político que justificara su visión y su lucha, y encontró muchas: el propio planeta, con el ecologismo; las mujeres oprimidas por el patriarcado; los homosexuales y demás compañeros de viaje; los pueblos indígenas oprimidos por la herencia colonial; los inmigrantes discriminados por nuestra sociedad xenófoba; los musulmanes oprimidos por los intereses «occidentalocéntricos» y «cristianocentrados», etc. Si antes el sujeto revolucionario era el obrero, hoy lo es el creyente musulmán, oprimido por la hegemonía occidental de estirpe cristiana. El caso es que a los activistas del Black Lives Matter y a las feministas antirracistas y decoloniales no parece preocuparles que las concubinas y las prisioneras de guerra cristianas, judías, hindúes, etc., fueran objeto de compraventa o de regalo en la tradición islámica y hasta nuestros días. Tampoco se las ve denunciando a los hombres de religión musulmana que, en nuestros días, asimilan estas prácticas por formar parte de la trayectoria biográfica del Profeta. Los combatientes del Estado Islámico, por ejemplo, surgido en Siria y en Irak en 2014, esclavizaron a más de 6.400 mujeres y niñas yazidíes utilizándolas como esclavas sexuales. Estas feministas nunca, jamás, denuncian las violencias cometidas contra las mujeres en territorio europeo si los agresores son hombres musulmanes. Y cuando digo nunca, es nunca. Pasó con el escándalo de Rotherham. Pasa cada vez que hay un caso de violencia islámica aquí es España: el silencio por parte de estas feministas es atronador. Estos grupos actúan así no sólo por cuestiones ideológicas, sino porque responden a determinados intereses geopolíticos y geoestratégicos. Frente a esto, tenemos que preguntarnos «qui prodest», ¿a quién beneficia esta situación? ¿Quién sale ganando? Pues bien, esto es así porque ni los antirracistas están aquí para luchar contra los racistas ni las feministas subvencionadas están aquí para defender a las mujeres. Su función es otra.
El 11-S, el 11-M, Bataclán, los atentados de Londres…, ¿el islam nos ha declarado la guerra?
El islam no es sólo una religión ni es sólo una cultura, sino que es un compuesto político y religioso muy potente, tiene carácter público y está obligado doctrinalmente a hacer proselitismo, a expandirse por todo el orbe y a hacerse con el poder político. Esto es lo que ocurre en las famosas zonas no go que están en crecimiento en toda Europa. La amenaza, por tanto, no es sólo el terrorismo yihadista, sino la creación de proto-Estados dentro de nuestros Estados de estirpe cristiana. Por tanto, cuando hablo de inseguridad nacional no me refiero sólo al incremento de la amenaza terrorista o de la inseguridad ciudadana en las calles a causa de la delincuencia, me refiero a amenaza existencial para España. Tenemos que entender que el mundo musulmán en general hace lo que tiene que hacer —o lo que puede hacer— para conservarse. Son nuestros gobernantes (y gran parte de la ciudadanía) los que han perdido de vista que la finalidad de la política es conservar a la «polis» de referencia, es conservar al Estado desde el que operan, a la nación desde la que operan, en nuestro caso, España. Insisto, por tanto, en que el peligro surge cuando las mayorías poblacionales musulmanas que viven en Europa alcanzan una masa crítica suficientemente amplia con capacidad para hacer injerencia política: tras alcanzar el poder social se aspira a alcanzar el poder político, primero a nivel de barrio, luego de municipios y luego en los gobiernos centrales, como ya estamos viendo en distintas regiones del mundo.
Si hay algo que caracteriza las políticas occidentales respecto al islam es precisamente la palabra «sumisión», precisamente el título del libro de Houellebecq. No sólo incapacidad para responder a esa amenaza, sino complicidad y buenismo en la gran mayoría de los dirigentes. ¿Es una forma de suicidio de nuestra civilización?
Rotundamente, sí. El proceso de descristianización y desnatalización de nuestros países está muy avanzado y, de seguir esta inercia, no aguantaremos el crecimiento demográfico de la comunidad musulmana. Las contradicciones entre instituciones culturales islámicas y las españolas son múltiples y son objetivas, y ni el ideal laico ni la sacrosanta democracia pueden resolverlas. Muchísima gente piensa que quitando el crucifijo de las escuelas y de los espacios públicos europeos se configura un espacio neutro desde el que podrán armonizarse todas las culturas y todas las posturas religiosas. Pero esa visión es completamente irresponsable, porque si nosotros quitamos el crucifijo de las escuelas, otros tratarán de ocupar ese espacio. Y lo harán colocando allí sus propios preceptos religiosos o ideológicos, sus propios valores, ya sea la media luna islámica, la bandera LGBTIQ+, el neopaganismo de la pachamama, o lo que tenga más potencia. En poquísimos años hemos visto cómo esa pared vacía era ocupada por el wokismo y por todos sus delirios subjetivistas, irracionales y victimistas. Pero el islam tiene mucha más potencia que el wokismo, el islam se come con patatas al wokismo.
¿Se puede parar el islam sin la intervención de la política y los gobiernos, es decir, solamente desde la sociedad civil?
R) Eso es extraordinariamente difícil, en parte porque ya hay grandes sectores de esa sociedad civil que está corrompida por todo tipo de ideologías basura. Mi crítica está dirigida fundamentalmente contra nuestras élites políticas, periodísticas, universitarias y también contra esos sectores de la población que apoyan la acción de esas oligarquías. Como he indicado al principio, las sociedades de estirpe cristiana han aterrizado en 2026 con gravísimos problemas internos, una situación de debilidad que aprovecha el mundo musulmán, como es natural. Por ejemplo, cuando desde la Unión Europea se habla de «valores europeos» ya no están hablando de las virtudes cristianas, no están hablando de la Europa de las catedrales o de la Europa de Santo Tomás de Aquino, esa Europa que se llamaba La Cristiandad y que durante siglos funcionó como dique de contención frente al islam. Pero tras décadas de socialdemocracia progresista, el resultado ha sido la disolución de la racionalidad política. Por eso hablan de fronteras abiertas, de multiculturalismo, de «migrantes» en vez de emigrantes o inmigrantes, o de aborto y eutanasia como «derechos humanos». Lo que hay detrás del régimen de la socialdemocracia progresista internacional no es el amor a la Humanidad, sino intereses geopolíticos y financieros particularistas.
Recientemente se ha sabido que el Partido Verde de Alemania quiere blindar el islam, y propone elaborar leyes para consolidar su “arraigo institucional”. En Francia, el Gobierno ha publicado una guía para “integrar el Islam con los valores de la República”. ¿Qué explicación tiene esto?, ¿son formas de quintacolumnismo?
Sí, y esto está relacionado con lo que comentábamos más arriba. La alianza entre las izquierdas y el islam no es doctrinal, sino de cálculo político frente a un enemigo común: la cristiandad. Reconocemos como una realidad inquietante la tendencia cada vez más generalizada en Europa y América hacia la paulatina despenalización de las injurias a la Corona o a la República, la despenalización de los ultrajes a las naciones canónicas y a sus enseñas, así como la despenalización del delito de escarnio contra los dogmas y creencias de judíos y cristianos, al tiempo que se implantan medidas para prevenir, supuestamente, la islamofobia, una situación que yo interpreto como una forma sigilosa de instituir La Ley de la Blasfemia islámica en nuestras sociedades, esto es, de bloquear por ley la crítica a los fundamentos del islam y a sus efectos políticos en nuestras sociedades. Y todo esto se está haciendo en nombre de la «Izquierda» y del «Progreso». Es terrible.
En su maravillosa trilogía, Oriana Fallaci nos avisó de lo que nos esperaba si Occidente no enderezaba el rumbo. ¿Qué opina de los intelectuales y de los medios de comunicación actuales?
Son un caballo de Troya que favorece la penetración del islam en nuestras sociedades, ya sea por ignorancia o por complicidad culpable. Son múltiples los factores que han desatado una visión amorosa hacia el islam entre estudiantes, «intelectuales», partidos políticos y gentes del común, y el resultado se traducirá, tarde o temprano, en una descomunal conflictividad, tanto interna como externa. Es en la escala a medio y largo plazo, precisamente, donde tenemos que situar los análisis, pues es ahí donde se perfilan con mayor claridad los efectos de nuestra bajísima tasa de reposición demográfica y nuestro creciente proceso de descristianización. Yo siempre digo que para apoyar al progresismo globalista internacional ya están todos los «intelectuales abajofirmantes», pero que a nosotros nos toca ejercer la antítesis, esto es, la crítica, la asebeia, aun a riesgo de ser acusados de impiedad, como le pasó a Sócrates. Nos toca, pues, morir con las botas puestas si es necesario. Por España, que se configuró históricamente contra el islam.
Tags: Islam, Civilización occidental, España, Inmigración ilegal, Sharía, Feminismo, Multiculturalismo, Entrevista




