La historia de la humanidad está plagada de injusticias, pero pocas alcanzan la crueldad sistemática de la Mutilación Genital Femenina (MGF). No estamos ante un hecho aislado ni ante una estadística más de la salud pública; estamos ante una crónica de horror escrita en el cuerpo de más de 230 millones de mujeres y niñas.
Las agencias de la ONU advierten que otros 4,5 millones de niñas corren riesgo inmediato, una cifra que seguirá aumentando en los próximos años.
Este crimen, que atenta contra la dignidad humana, persiste con una fuerza devastadora en sociedades de mayoría musulmana en África y Asia, donde la interpretación de los textos y la tradición religiosa ha cimentado una estructura donde la mujer es, por definición, un ser secundario.
El Islam y la coartada de la «purificación»
Para entender por qué una madre permite que su hija sea mutilada, debemos comprender la estructura de pensamiento que impera en gran parte del mundo islámico, especialmente en regiones de África y Asia.
Para el mundo musulmán, la mujer no es un individuo con plena autonomía, jurídica o moral; es un ser secundario, supeditado a la autoridad del varón (padre, hermano o marido). Es un foco de tentación que debe ser domesticado. La mutilación es el método para asegurar que la mujer no busque el placer, convirtiéndola en un objeto pasivo destinado exclusivamente a la procreación y al servicio del varón. En este sistema, la mujer solo adquiere valor social si ha sido «corregida» por el cuchillo.
Esta jerarquía no es solo social, es teológica. La interpretación predominante de los textos sagrados y la tradición —los hadices— ha construido una imagen de la mujer como un ser «deficiente» en intelecto y religión, cuya naturaleza es intrínsecamente peligrosa si no se controla. La mutilación genital es la respuesta física. Se enseña que el clítoris es una fuente de «maldad» o de «deseo descontrolado» que debe ser extirpado para que la mujer pueda ser «pura» (tahara). En este contexto, la pureza no es una virtud moral, sino un estado de anulación sensorial que garantiza que la mujer sea un sujeto pasivo en el matrimonio. El cuerpo de la mujer es intrínsecamente impuro o «excesivo» y que debe ser cercenado para garantizar su castidad y su honor.
La mujer como propiedad del clan
Se permite y se fomenta la mutilación porque, en estas estructuras islámicas, la mujer es considerada una propiedad del padre primero y del marido después. La jerarquía islámica tradicional en estas regiones establece que la voluntad de la mujer debe estar sujeta a la autoridad masculina. Al extirpar el clítoris, se busca anular la voluntad propia; es un acto simbólico y físico de sometimiento absoluto.
Los líderes religiosos y jefes de clan que promueven o consienten la MGF lo hacen bajo la premisa de que una mujer «íntegra» (no mutilada) es una amenaza para la estabilidad del hogar y la moral pública. Para ellos, el dolor crónico, las infecciones y el trauma psicológico de millones de niñas son un precio aceptable con tal de mantener el control patriarcal sobre la sexualidad femenina.
En países como Somalia (donde el 98% de las mujeres son mutiladas), Egipto, Sudán o Indonesia, la religión y la cultura se funden en una amalgama indivisible. Los líderes religiosos locales —imanes y ulemas— a menudo actúan como los guardianes de esta práctica, vinculándola al honor familiar y a la identidad musulmana. Para estas comunidades, una mujer que conserva su integridad física es vista como «impura» o «occidentalizada». El cuchillo no solo corta piel; corta el vínculo de la mujer con su propia libertad, asegurando que su identidad quede reducida a la de una propiedad del clan.
El asesinato del alma y la anulación del placer
El objetivo de la MGF es el asesinato de la voluntad femenina a través de la destrucción de su capacidad de sentir. Al extirpar el órgano del placer, el sistema busca convertir a la mujer en una autómata reproductiva. Se trata de un control biopolítico extremo: se castiga el cuerpo de la niña para asegurar la docilidad de la mujer.
En las sociedades que permiten este horror, se considera que el placer sexual es un derecho exclusivo del varón, mientras que para la mujer es una carga o un peligro. Esta visión reduce a la mujer a un útero que debe ser entregado «limpio» al marido. Las consecuencias físicas —hemorragias, infecciones, partos traumáticos y fístulas— son vistas como un «mal necesario» o un destino inevitable decretado por la divinidad.
Contra el relativismo y el silencio cómplice
Occidente, paralizado por el miedo a ser acusado de «islamofobia» e, incluso, cómplice al promover la cultura islámica, ha permitido que este horror continúe bajo la etiqueta de «diversidad cultural». Sin embargo, no hay nada respetable en la tortura de una niña y considerar a la mujer como un ser de segunda clase.
La tortura no es una tradición que merezca respeto. Llamar «cultura» a la mutilación de una niña es una traición a los valores universales de dignidad y justicia de la persona humana. El respeto a la denominada «diversidad» no puede ser nunca una licencia para la barbarie. Cuando aceptamos que la religión islámica o una cultura tiene derecho a marcar y destruir el cuerpo de sus mujeres, estamos aceptando que esas mujeres son seres de segunda clase que no merecen los mismos derechos que nosotros. La corrección política se convierte así en la cómplice necesaria del fanatismo islámico. El silencio internacional es, en última instancia, una traición a los millones de mujeres que viven bajo el yugo de una aberración que las prefiere rotas antes que libres.
Una lucha por la libertad
Erradicar la mutilación genital exige un enfrentamiento directo contra el fanatismo religioso islámico que la alimenta. Mientras el mundo islámico no transforme sus estructuras internas y reconozca la igualdad absoluta y la integridad física de la mujer, la MGF seguirá siendo una herida abierta. La lucha no es solo médica o legal; es una batalla cultural y religiosa contra una visión del mundo que considera que el honor del hombre depende de la mutilación de la mujer.
Si queremos proteger a los 4,5 millones de niñas en riesgo cada año, debemos tener la valentía de decir la verdad: la MGF es un crimen contra la humanidad que encuentra su refugio en una interpretación opresora del Islam. Defender a la mujer significa defender su integridad sin excepciones, sin matices culturales o religiosos y sin miedo a denunciar a quienes, en nombre del islam, destruyen la vida de sus propias hijas. Solo cuando la mujer deje de ser vista como una propiedad y recupere su estatus como ser humano pleno ante la ley y la fe, el cuchillo dejará de brillar en la penumbra de las aldeas y las ciudades.
Tags: mutilación genital femenina, derechos humanos, infancia, violencia, ONU, salud





2 comentarios en «La mutilación genital, un crimen con 230 millones de mujeres y niñas entre sus víctimas»
¿por qué no se propone la mutilación genital de los hombres islamistas? para que haya coherencia
DEBE SER CASTIGADO CON LA MAYOR PENA POSIBLE A TODO AQUEL QUE LA PROMUEVA O LA PRACTIQUE.