Odio, Hodio y putamen | Javier Toledano

delitos de odio

En el año 2008 investigadores del laboratorio de Neurobiología del University College de Londres afirmaron haber descubierto las coordenadas cerebrales donde se genera el odio. Identificaron el circuito neuronal que se activa cuando un individuo siente animadversión hacia otra persona mediante resonancias magnéticas. Contaron con la ayuda de una veintena de voluntarios (“El Mundo”, 25/10/2008). Cuando a uno de ellos le colocaban delante de las narices la foto de un desconocido, pues ni fu, ni fa. Cuando una de las fotos (cedidas por los mismos participantes) era de una persona que caía al voluntario de turno como una patada en los pelendengues, bip-bip, se encendía la alarma. ¿Cómo? Activándose las dos regiones cerebrales implicadas en comportamientos agresivos: el putamen, tal cual suena, y la llamada “ínsula”. Qué, mira tú por dónde, son exactamente las mismas áreas implicadas en el amor romántico, eso que tanto detesta el “tontíceo” ministro Urtasun (véase “Cancelación romántica”). De ahí que no es ningún desatino la divisa popular que dice que “del amor al odio hay un paso”. Ya lo sospechábamos, pues las personas amadas, por despecho, cuando el amor no es correspondido, pasan a ser las más odiadas. La vida es así, no la he inventado yo (de “El jardín prohibido”, Sandro Giacobbe).

Sucede que las personas aman… y odian, y ambas cosas las hacen humanas en igual medida. Bien entendido que se pretende confundir lo “humano” con el vaporoso concepto “humanitario” y diluirlo en este último apartado. Hay que andarse con ojo, pues en muchas ocasiones aquello que se presenta como “humanitario” no lo es. Pongamos por caso la productiva industria de las mafias esclavistas que se valen de la cara amable de algunas oenegés (que siempre cuentan con el respaldo entusiasta de los gobiernos europeos) para incentivar el tráfico de inmigrantes ilegales propiciando la muerte espantosa de miles de personas en alta mar. Atroz agonía la del ahogamiento.

El amor y el odio, y otras emociones y sentimientos, apelan al libre albedrío, pues a quien se ama, o lo que se ama, lo mismo a una persona que el trino de los pajarillos al amanecer, los elige fulanito por su propia voluntad. Cierto que pueden darse orientaciones desde instancias superiores al individuo para estimular afectos o instilar desafecciones (la llamada “ingeniería social”), pero, en principio, hablamos de decisiones o actos que afirman la autonomía personal. En virtud de lo antedicho, habríamos de ser libres de amar y de odiar, y también de cultivar la indiferencia. El amor y el odio son privativos de la persona, es decir, pertenecen a la esfera privada, tan privada como pueda ser la neurobiología. Conciernen a los axones cerebrales, a reacciones bioquímicas y a la trayectoria vital, nada que debiera tutelar el legislador mediante figuras como la muletilla del “agravante” punible en el caso de los llamados “delitos de odio”, pues el odio no es un delito, a lo sumo, un pecado. ¿Es peor propinarle una paliza a una persona por “odio”, que por dinero (un sicario)? E incluso, lo diré, por un amor desaforado, no sometido a una cautelar represión del instinto y de las pulsiones, pueden cometerse crímenes horrendos.

Si uno es condenado más severamente por odiar, siempre que haya cometido un ilícito al que colgar el “odioso” aditamento, y por mejor enfatizar la cualidad negativa de ese sentimiento en el ámbito judicial, habría, en sentido contrario, que premiar de algún modo a quien salpimienta de amor sus obras mediante, qué sabemos, una rebaja en las retenciones del IRPF o una desgravación fiscal. Habría en todo caso que hilar fino para acertar qué acciones acreditan la participación del amor en su ejecución, pues no hay consenso universal sobre la materia. Tengamos presente, sea el caso, que no pocas personas infeudadas a ideologías colectivistas, representadas por el PSOE actual, Podemos, Bildu/ Batasuna y otros “partidículos” afines, sostienen que el universo concentracionario de los regímenes socialistas (gulag, laogai u otros) se erigió en última instancia por un amor inconmensurable al género humano. Tal cual. El odio de este gobierno a España, a su historia, tradición, legado cultural, y a los españoles que no renuncian a su condición nacional, se sustancia, entre otros agravios y ocurrencias, en ese observatorio censor que dicen velará contra los bulos (salvo los suyos) y los “delitos de odio” en las redes sociales, pero con hache de HODIO, que así han llamado al invento. Lo que ha quedado meridianamente claro es que estos chequistas contra la libre e intransferible formación del pensamiento suspiran por introducirse en nuestro putamen, colonizarlo y atiborrarlo de esas consignas hoy à la page que dibujan una realidad disparatadamente contradictora de los hechos. Y para los refractarios a sus apetencias y planificaciones orwellianas, pues está cantado: el próximo paso será la lobotomía, acaso escrita con “uve”.   

Javier Toledano | escritor


Tags: Neurobiología, Delitos de odio, Libertad individual, Ingeniería social, Cerebro, Psicología.

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