Nos desayunamos cada día con gobernantes que en el planeta Tierra, como Satanás en el infierno, son padres de la mentira; por lo tanto, sus afirmaciones carecen de valor. Dichos dirigentes, como el demonio, son siempre unos embusteros y germen y actores de la mentira. Como el demonio, dichos gobernantes son enemigos jurados del hombre, y siempre se hallan dispuestos a ejercitar todas sus habilidades con tal de causar agravio y detrimento a la humanidad, en nuestro caso a España y al alma de los españoles.
De ahí que, si es tolerada por la justicia la evidencia activa de tales prototipos, las personas más honradas y virtuosas se hallan en el más grave de los peligros, pues es precisamente contra las gentes de bien contra quienes afilan más violentamente su rabia. Es por eso por lo que ejemplares diabólicos como Sánchez y similares no deben ser creídos, aunque digan la verdad.
Por ejemplo, la casuística sociopolítica establecida por estos dechados ha de considerarse como errónea y execrable. Dicha ideología vuelve más aborrecible si cabe a un capital-socialcomunismo que socava los cimientos constitucionales de la legalidad española y hace posible que el abuso institucional llegue incluso a inmolar víctimas humanas. Sin olvidar que dicha doctrina y dicha actitud demoníacas son refrendadas por las más altas instancias.
No obstante aparecer como una grotesca figura lacayuna del Gran Capital, Sánchez es nada menos que un hombre verdaderamente representativo. Representa una época cuya vida intelectual y moral va a caballo, de manera insegura, entre dos mundos distintos. Y que se empeña en realizar lo peor de estos dos mundos, en vez de lo mejor, es cosa que lo caracteriza lamentablemente.
Para un tipo incapaz de inclinarse al bien o de cualquier estímulo de reforma, la corrupción y ciertos proyectos de deslealtad hacia su patria y hacia sus propias promesas o juramentos, son muchísimo más atractivos que la ética y, por supuesto, que el culto espiritual a la divinidad, que ha sido sustituido por la liturgia narcisista hacia el propio carisma.
En el mundo al que se inclinan estos personajes existe la psicopatía y la perversión, y está tan lleno de demonios como el aire del estío lo está de moscas. El número de estos espíritus infernales es infinito, y entre ellos es Satanás quien ejerce de director general. Pero no debemos ignorar que estos diablos son personas, y que cada uno de ellos tiene su peculiar carácter, sus extravagancias, su propia idiosincrasia.
Hay demonios ansiosos de poder, demonios henchidos de lujuria, demonios sórdidos y mezquinos, demonios arrogantes y desdeñosos… Además, unos demonios son más importantes que otros, pues en el infierno se valoran y conservan las jerarquías. Es obvio que tienen sus potentados y, éstos, sus esbirros y mandarines.
Lo cierto es que Dios, que es el único que puede decir la verdad, ha sido destronado en estos tiempos nuestros y en su lugar se ha instalado el diablo, profiriendo imposturas y dichos vanos, que han de creerse como si fueran verdaderos. ¿No se presta esto para la resurrección del paganismo y de las teocracias fundamentalistas más oscuras?
Mas, tras todo lo antedicho, yo adelanto a los amables lectores que, aunque obligatorio, es inútil emprender una cruzada contra el demonio que habita en estos arquetipos —en la tierra—, pues nunca se alcanza el objetivo de hacer un mundo mejor. Puede cambiar su aspecto, abonanzarse puntualmente, pero, al cabo, la semilla infectada perdurará.
Si bien hay que intentar permanentemente la purificación, el mundo proseguirá su marcha tal como estaba o manifiestamente peor de lo que era antes de comenzar dicha cruzada. Tenemos como paradigma el período franquista, con su Cruzada Nacional purificante, y su opuesto, el período posfranquista de la Farsa del 78, con su carroña democrática, que nos ha llevado al punto de partida.
El Mal, llámese socialcomunismo, liberalismo, nacionalismo, ecologismo, LGTBI… seguirá existiendo, aun cuando tenga que mudar su imagen, su credo o sus demagogias. La decisión de regenerar la vida pública nunca es tomada por una mayoría que, aun si lo desea, se muestra indiferente a la maldad, sino por una pequeña minoría de reformadores de sensibilidad excepcional que cuenta con influencia y poder suficientes como para acabar con el espectáculo de la podredumbre impune.
En la sociedad actual pocas personas tienen liderazgo cabal o son sensibles a Dios y a sus juicios, ni reconocen que la bonanza o gravedad de su situación dependen de la voluntad divina. Se está pretendiendo asesinar a Dios, y la culpa del pueblo —su más grave culpa— consiste en ignorar este hecho. Porque tras el asesinato de Dios llegarán —están llegando— todos los demás crímenes, todas las demás atrocidades.
Jesús Aguilar Marina | Poeta, crítico, articulista y narrador
Tags: política, religión, España, sociedad, moralidad, socialcomunismo, ética, corrupción




