A propósito de los “therians” | Javier Toledano

Therians: Autopercepción y realidad

“Caballo Loco”, “Toro Sentado” y “Oso Grande”. Así lo acreditan mito, folclore, Etnografía e Historia, el hombre se identificó ab initio con otras especies animales. Correr velozmente como un guepardo o tener la agudeza visual de un halcón. En efecto, el alma primitiva, término acuñado por Lévy-Bruhl, da fe muy temprano de la necesidad de nuestros ancestros de controlar eficazmente un entorno hostil y para ello codiciaron esas ventajosas cualidades, observadas en otras especies, que la naturaleza les negó, y de común convirtieron a aquéllas en ídolos totémicos, en símbolos y referentes tribales.

Qué animal formidable sería el hombre si a sus aptitudes sumara esas otras. Los principios de la magia homeopática y de la magia simpática (de vectores como la contigüidad espacio-temporal y la imitación se deducen similares efectos) rigen esa pulsión por la supervivencia. Lecturas como “El alma primitiva” y otros ensayos magistrales, “Pensamiento salvaje”, de Claude Lévi-Strauss y “Lo sagrado y lo profano”, de Mircea Eliade, nos dan las claves necesarias para comprender ese proceso de identificación “interespecie”, casi de conversión, vale que en una dimensión ritual cuando el hombre transita la ancestral y alucinógena senda del chamanismo.

Por lo tanto, que el hombre se identifique con ciertos animales o, más allá, se “autoperciba” como uno de ellos, no es ninguna novedad. Incluso nos preguntamos cuando niños aquello de “si fueras un animal, ¿Qué animal serías?”. Ágil como un gran felino, astuto como un zorro o dotado del aéreo don del vuelo de un ave planeadora. Qué maravilla. Lógicamente, nadie quiere ser una babosa, una sabandija o una cucaracha, que no es que lo quiera, pero es lo que le toca a Gregorio Samsa, el personaje de Kafka. Las alimañas que reptan o se arrastran por el lodo no gozan de prestigio.

Esta suerte de tránsito iniciático, o proyección, por adquirir las virtudes de animales nobles, majestuosos, nos recuerda a esos personajes estrafalarios que campanudamente proclaman la indubitable existencia de la reencarnación y se toman de ejemplo viviente afirmando que sus cuerpos acogen las almas transmigradas de las más ilustres figuras de nuestra Historia, un faraón, Julio César, Leonardo da Vinci o Napoleón. En apenas una generación, Pedro Sánchez y Urtasun, sin la menor duda, formarán parte de esa pléyade de notables reencarnados. Curiosamente nadie opta a declararse reencarnación de uno entre miles de esclavos que erigieron las pirámides de Egipto a latigazos, de un galeote, de un pedigüeño, de un soldado raso mutilado en la guerra o de un chapero anónimo en las saunas de la prostibularia familia de Begoña Gómez.

A los “therians” nadie se los toma en serio. Su afición, o trastorno, sea lo que fuere, comparte determinadas claves estructurales con los afanes de otros individuos que asimismo se perciben en el cuerpo equivocado, sea el caso de una presunta disforia de género: negación de la biología, de la genética, de aquello que es presentáneo a la observación. En un caso rige la confusión cromosómica del cariotipo, la especie animal, y en otro el de la configuración de los genitales. Y sustituyen de igual manera la realidad biológica, al haber errado la naturaleza el tiro en su caso, por su voluntad, “autopercepción”, que, a pesar de las evidencias, pretenden imponer al resto de sus congéneres como si estuviera atrofiada su capacidad de discernimiento.

El dilema es: si fulanito es una mujer, o mejor, dice serlo habiendo nacido hombre, por qué diantre menganito, nacido hombre, no puede ser caballo, como Richard Harris en “Un hombre llamado Caballo”. De todo ello resulta una perturbación fantasiosa de la realidad, un nuevo paradigma que consiste en pasar por normal lo que no lo es. Una enmienda a la totalidad a tantos siglos de empirismo, de búsqueda del conocimiento, de ciencia positiva… y de sentido común. Guste, o no, se aprecian ciertas similitudes entre ambos fenómenos.

Como en el caso de los “therians” que se tienen por cánidos, guau, guau, o por felinos de magnífica estampa u osos panda, nunca por el “blobfish”, pez borrón, considerado por méritos propios el animal más feo del planeta, muchos “transgénero” exhiben su condición llamativamente ataviados de “drag queen”: maquillaje a brochazos, lentejuelas, medias de rejilla, plataformas vertiginosas, pelos a colorines y quilométricas uñas de porcelana como de emperatriz de la antigua China. Ornamentos propios de una feminidad sexualmente agresiva y predatoria. Transmutan en cupleteras, vedettes de revista, divas de la escena, todos quieren ser Marilyn Monroe o Sara Montiel, y nadie una castañera de pañolón negro a la cabeza asando las sabrosas bayas en un bidón, la “kelly” que limpia una docena de habitaciones de hotel en tiempo récord o una de esas prostitutas trotonas desmenuzadas por Jack el Destripador en Whitechapel. Son metamorfosis incompletas en unos casos y, en otros, los “napoleones”, metempsicosis a la carta, y, claro es, pueriles y fraudulentas.

A la inversa, se desconocen casos. Ningún perro confesó jamás que fuera en realidad un hombre atrapado en un chucho callejero. No hay excepciones, salvo la del príncipe de un cuento de hadas convertido por el hechizo de una bruja en una rana y que sólo el dulce beso de la princesa rescata de sus batracias prisiones. ¿Qué credibilidad tienen los “therians”?. La misma que el 99% (*), es un decir, de los transgénero. Ninguna.

Javier Toledano | escritor

TAGS: Antropología, Chamanismo, Therians, Identidad de género, Filosofía, Biología.

(*) Los estudios clínicos mejor fundamentadas dan un índice bajísimo, residual, para episodios realmente graves de disforia de género. He aventurado un 1%, pero, lo concedo, podrían representar el 1’5 o el 2%. Una cantidad muy alejada de la avalancha de casos en adolescentes estimulada por un ambiente propiciatorio y el adoctrinamiento gubernamental y mediático. Se echa en falta un estudio pormenorizado de todos los procesos “trans” que acaban en tragedia, sin remedio posible, e incluso en suicidio: esas víctimas colaterales del wokismo, pichurras fuera, que nadie llora.

Comparte con tus contactos:

Deja un comentario