«Acabaré por desentenderme de todo, salvo del alma». Así piensan los espíritus más lúcidos. Y no puede ser de otra manera, pues lo que la vida muestra a los pocos seres humanos con conciencia que quedan, es una comedia deplorable. Un mundo triste que, como apuntó Calderón en El gran teatro del mundo, al que está vestido viste y al desnudo le desnuda.
Ese mundo triste nos muestra, en el aspecto público, un Parlamento sin autoridad, la mayoría de cuyos integrantes son advenedizos ansiosos de dinero y de poder. Todos ellos dedicados a destruir las últimas libertades que le quedan a un pueblo servil, mientras se enriquecen a su costa. ¿A quién que sea honrado le puede interesar esta versión política, una vida pública hasta tal extremo degradada?
Más grave aún, quizá, es, en lo moral, la manifestación de una Iglesia dividida y en buena parte herética. Como ya ocurrió en el Medievo y en el Renacimiento, también en nuestra época, desde el más alto prelado hasta el cura más humilde, la mayoría de los pastores son altamente despreciables. La corrupción eclesiástica, pues, parece exigir otra Reforma y, a su turno, la correspondiente Contrarreforma.
Tampoco, en general, hay que hacerse ilusiones con los jueces, porque han sido elegidos, no teniendo en cuenta su espíritu de justicia, sino el grado de adhesión a la causa socialcomunista, o a la farsa democrática liberal. Que son, ambas, las dos caras de la misma moneda, ese Nuevo Orden destinado a la destrucción del hombre libre.
Y, en fin, en esta farsa de apariencias y de vilezas, nos queda la plebe, que, día a día, hace patente su naturaleza miserable. Porque la multitud es estúpida, abyecta e inconsciente de su propio interés, y esas características la hacen ser servil con sus explotadores. Y carne de cañón, en consecuencia. De ahí que, conociendo al ser humano, la guerra —como la miseria— es un mal necesario, y a no pocos les parece una herejía reclamar una paz que Dios no quiere para «nosotros, pobres pecadores».
Otra cosa es que los más hábiles o menos escrupulosos traten de hacer ellos la guerra, como estamos viendo un día sí y otro también, y no que se la hagan, padeciéndola. Desdichadamente no ha nacido aún el que pueda acabar con la maldad y con la necedad humana. Por desgracia, no se cambian las almas con decretos. Ni, por otra parte, existen dirigentes —tirios o troyanos— que deseen decretar a favor de regeneraciones o purificaciones cívicas.
Por eso, éstos nuestros, son tiempos en los que los espíritus esforzados y libres se sienten indefensos y aislados, además de injustamente impedidos. No sólo porque su sacrificio, en forma de impuestos, va directamente a la bolsa de los dirigentes, sino porque no pueden confiarse a nadie. Para cualquier hombre normal es preferible ser laborioso y autosuficiente que contar con la generosidad de vecinos, amigos y familiares. Mucho menos aún con las migajas del Estado esclavista.
El caso es que las relaciones sociales, por agradables que puedan parecer, no tienen ningún valor. Ávidos de comodidades y de sinecuras, ansiosos de derechos y despreocupados de obligaciones, la inmensa mayoría vive pendiente de sí misma. A la menor señal de contratiempo o de desgracia, se aparta de su prójimo.
Se dice que se olvidan los agravios, se sonríe a los semejantes —y los políticos al pueblo—, pero el resentimiento o el recelo corroe por dentro a los corazones. «Vituperar» fortalece, «bendecir» debilita. Para mucha gente el aborrecimiento y la ira ofrecen dividendos de inmediata satisfacción, más elevados que la generosidad.
Ya ha pasado al olvido aquella época en que toda flaqueza se pagaba con remordimientos y escrúpulos. Y todo delito con la pena consecuente. Ahora, en la sociedad relativista y laxa, todos son derechos, sin obligaciones como contrapartida. La Farsa del 78, ese diabólico período posfranquista, ha mostrado al mundo que España, por desgracia, además de grandes capitanes y de excelsos santos, también puede jactarse de ser cuna de criminales y de traidores.
El largo cuello flaco de tendones salientes que parece escaparse de la americana de alguno de sus dirigentes, lo explicita. La casta partidocrática no sólo se ha caracterizado por su absoluta rapacidad, también ha arrebatado a los españoles sus derechos cívicos, algo que no se puede expoliar a un semejante sin perder todo atisbo de honor. De ahí que reclamar justicia en un reino corrupto hasta el hueso sea cosa muy insolente. Y muy peligrosa.
Lo cierto es que nos hallamos en un mundo en el que la religión cristiana retrocede o desaparece, mientras avanzan el islamismo, el judaísmo, el hinduismo y todo tipo de sectas y derivaciones más o menos sórdidas y estrambóticas, incluidas las masónicas, caribeñas o negroafricanas. Con sus respectivos integrismos, además.
Un mundo en el que la manipulación política de lo religioso se impone a despecho de toda objetividad y honestidad. Que marcha al revés si nos atenemos a los códigos de valores morales y civilizatorios y al derecho clásico. Y que, a pesar de saber que los vicios de los eclesiásticos —sobre todo los de alto rango— han sido siempre la primera causa de las herejías, observa con asombro cómo el Vaticano concede el visto bueno para que los tales eclesiásticos herejes se permitan anatematizar a los más santos.
Ese mundo llega al extremo de que unos pervertidos como nuestros pastores, políticos y dirigentes en general se permitan la audacia de predicar moral a las familias honestas. Lo cual resulta difícil de sufrir para todo espíritu sano. De modo que, como nos enseñó la gran imagen barroca de tan profundas resonancias, la vida —el gran teatro del mundo—, se reduce a mera peregrinación, a farsa y a mercado en donde todo se compravende. Y vanidades, belleza, poder y riqueza no son sino renovados retratos de Dorian Gray, sueños y ficciones sin auténtico valor positivo.
La vida es, así, «muerte que mira la muerte», y el desengaño y el pesimismo radical producen una angustia que sólo puede disolverse en una profunda religiosidad. O, siendo creyente, en Dios y por Dios, sentido último del hombre. Sólo desde esta óptica podrá salvarse la humanidad de las tinieblas y del nihilismo del Nuevo Orden. Dando a la vida la trascendencia de que hoy carece, con una concepción teocéntrica que finalmente ha de quedar visible y resultar reveladora.
Jesús Aguilar Marina | Poeta, crítico, articulista y narrador
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