El tablero desplazado: política española, Teoría de Juegos y el porvenir del voto | Albert Mesa Rey

Teoría de Juegos y el porvenir del voto

No es la primera vez que intento comprender la política española a través de la Teoría de Juegos. Vuelvo a ella porque, cada vez que el panorama se vuelve más confuso, este marco analítico me ofrece una forma de ordenar el caos, de iluminar los movimientos de los partidos y de tratar de entender por qué toman decisiones que, a simple vista, resultan contradictorias. En un país donde las posiciones se desplazan sin que nadie lo admita abiertamente, esta mirada puede permitir observar lo que se mueve bajo la superficie y, quizá, anticipar hacia dónde podría dirigirse el sistema.

Para ello recurro sobre todo al modelo espacial de Hotelling–Downs —que concibe a los partidos eligiendo su posición en una línea ideológica para maximizar votos— y a algunas extensiones de la Teoría de Juegos. Pero no temas, amable lector: este artículo no va de fórmulas ni de abstracciones matemáticas, sino de cómo estas herramientas pueden ayudarnos a interpretar, con un poco más de claridad, el extraño tablero político en el que nos movemos.

Índice de contenido

Un país que se mueve sin moverse

La política española vive desde hace años instalada en una paradoja inquietante. A primera vista, el escenario parece estático, casi petrificado, como si partidos y votantes hubieran quedado fijados en posiciones inamovibles. Sin embargo, bajo esa apariencia de quietud discurre un desplazamiento profundo, un corrimiento lento del eje ideológico que altera la relación entre partidos, electores y bloques. No se trata de un viraje brusco, sino de un movimiento tectónico que reconfigura el paisaje político sin que apenas reparemos en ello.

La Teoría de Juegos ofrece una lente especialmente útil para descifrar este fenómeno y entender el sistema político como “un juego estratégico en un eje izquierda–derecha”, donde cada partido elige su posición sabiendo que cualquier movimiento implica un coste. En ese tablero, los actores no se desplazan con libertad plena: están condicionados por la distribución real de los votantes, por las reglas del sistema electoral y, sobre todo, por la lógica de bloques que se ha consolidado en la última década y que actúa como una fuerza de gravedad que limita sus opciones.

El PSOE y la lógica del bloque «progresista«

Uno de los movimientos más visibles es el desplazamiento del PSOE hacia posiciones más claramente situadas en la izquierda. Este fenómeno se podría explicar como una “estrategia de diferenciación” destinada a evitar que surjan competidores fuertes a su izquierda y a asegurar su liderazgo dentro del bloque progresista. En un sistema donde gobernar exige pactar, la coherencia interna del bloque se convierte en un recurso más valioso que la conquista del centro.

 La política española, en este sentido, deja de girar en torno al votante medio y pasa a girar en torno a la aritmética parlamentaria. El centro sigue existiendo sociológicamente, pero pierde relevancia estratégica.

El PP y el dilema del centro

Frente a este desplazamiento del tablero, el Partido Popular queda atrapado en un dilema que condiciona cada uno de sus movimientos. Si se acerca demasiado al centro, corre el riesgo de que una parte de su base se desplace hacia VOX; si opta por endurecer su posición, renuncia al espacio moderado y facilita que el PSOE recupere votantes desencantados. Es una trampa estratégica difícil de desactivar, porque cualquier gesto implica un coste inmediato y visible.

El PP aspira a ocupar un territorio que, sobre el papel, debería ser el más rentable: un centro‑derecha amplio, capaz de atraer a quienes no se identifican con la izquierda, pero tampoco se sienten cómodos con discursos más duros. Sin embargo, cada intento de ensanchar ese espacio abre un flanco por la derecha que VOX aprovecha con rapidez. El resultado es un equilibrio frágil, casi pendular, en el que el PP no puede moverse sin desencadenar una reacción en cadena.

En esa tensión permanente, el PP avanza con cautela, consciente de que cualquier desplazamiento altera no solo su posición, sino la del conjunto del bloque conservador.

VOX y la lógica del nicho

VOX, por su parte, desempeña un papel de naturaleza distinta dentro del tablero político. Puede describirse como un partido que renuncia deliberadamente al centro para ocupar un nicho ideológico nítido, lo que le permite atraer a votantes con preferencias intensas y situarse como un socio imprescindible para cualquier mayoría de derechas. Su estrategia no busca tanto ampliar su base como maximizar su capacidad de influencia.

Desde la perspectiva de la Teoría de Juegos, VOX no compite por el mismo objetivo que el PP o el PSOE. Su fortaleza no reside en el volumen de votos, sino en la posición que ocupa dentro del bloque conservador.

Su utilidad no es aspirar a ser mayoritario, sino asegurarse de ser necesario.

Un equilibrio que nadie elige, pero del que nadie sale

El sistema político español parece haber entrado en un equilibrio extraño, casi paradójico: ninguno de los actores lo ha elegido conscientemente, pero todos están atrapados en él. Es un equilibrio que no entusiasma a nadie, que no satisface plenamente a ningún partido ni refleja con precisión la distribución real de preferencias en la sociedad, y sin embargo se mantiene con una tenacidad sorprendente. No es fruto de una estrategia maestra, sino de la suma de miedos, cautelas y cálculos defensivos que empujan a cada partido a permanecer donde está.

La Teoría de Juegos describe bien este tipo de situaciones. Se trata de equilibrios que no son óptimos para nadie, pero que resultan imposibles de abandonar porque cualquier movimiento unilateral empeoraría la posición del actor que lo intenta. En la Teoría de Juegos se llamaba un “equilibrio de Nash restringido”, y la expresión es precisa: cada partido sabe que, si se desplaza, pierde más de lo que puede ganar. El PSOE teme abrir un espacio a su izquierda que otros ocuparían de inmediato; el PP teme que cualquier gesto hacia el centro fortalezca a VOX; y VOX teme que cualquier moderación diluya su identidad y reduzca su capacidad de presión. Todos preferirían un tablero distinto, pero ninguno puede permitirse ser el primero en mover ficha.

Este bloqueo genera una sensación de inmovilidad que no es real. El tablero se desplaza, pero los partidos se quedan quietos. La sociedad cambia, pero la oferta política permanece anclada en posiciones que responden más a la lógica interna de los bloques que a la evolución de los votantes. El resultado es un sistema que parece estable, pero cuya estabilidad es engañosa: se sostiene no por la fortaleza de sus equilibrios, sino por el miedo compartido a romperlos.

Lo más llamativo es que este equilibrio no surge de una polarización social extrema, sino de la estructura misma del sistema político. Los votantes moderados existen, pero su capacidad de influir se ha reducido. Los partidos conocen sus preferencias, pero no pueden dirigirse a ellos sin poner en riesgo la cohesión de sus bloques. Así, el centro político se convierte en un territorio fantasma: todos saben que está ahí, pero nadie se atreve a ocuparlo.

Es una política defensiva, cautelosa, que avanza a base de pequeños ajustes y retrocesos, sin que nadie se atreva a plantear un movimiento audaz. Y, sin embargo, esa misma cautela alimenta la sensación de que el sistema está agotado, de que la oferta política no responde a la demanda social y de que el país avanza por inercia más que por convicción.

Este equilibrio, precisamente porque nadie lo ha elegido, podría romperse en cualquier momento. Pero mientras los incentivos sigan siendo los mismos, mientras los partidos sigan temiendo más el coste del movimiento que el coste de la inmovilidad, seguiremos atrapados en esta especie de quietud tensa, en este punto muerto que no es estable pero tampoco se deshace. Un equilibrio que nadie quiere, pero del que nadie sabe —o puede— salir.

La abstención como síntoma y advertencia

En un equilibrio como el actual, la abstención puede convertirse en un actor político de primer orden. Cuando los votantes perciben que los partidos no compiten por ellos, sino por mantener sus bloques cohesionados, aumenta la sensación de irrelevancia individual. La política se percibe como un juego cerrado, donde las decisiones ya están tomadas antes de que se abran las urnas.

Este fenómeno no se reparte de manera uniforme. Tiende a concentrarse en los sectores más moderados y menos ideologizados, precisamente aquellos que podrían recentrar el sistema si se sintieran representados. Paradójicamente, cuanto más se polariza el sistema, más se vacía el centro, no porque los votantes se radicalicen, sino porque se retiran.

El futuro electoral bajo un tablero desplazado

Si este equilibrio se mantiene, el comportamiento electoral futuro podría caracterizarse por una creciente estabilidad superficial y una creciente fragilidad subterránea. Estabilidad, porque los bloques se consolidan y los movimientos bruscos se vuelven improbables. Fragilidad, porque esa estabilidad depende de un equilibrio que no satisface a una parte significativa del electorado.

La pregunta sigue abierta: ¿tiene alguno de los partidos incentivos reales para romper este equilibrio? Por ahora, la respuesta parece negativa. El sistema se ha configurado de tal manera que los costes de recentrar el tablero son mayores que los beneficios inmediatos. Y, sin embargo, la demanda social de moderación sigue ahí, silenciosa pero persistente.

¿Puede surgir un nuevo actor que recupere el centro?

La pregunta sobre si puede aparecer un nuevo actor capaz de recuperar el centro político español es, en realidad, una forma de interrogarse por la salud del propio sistema. Cuando un espacio tan amplio y sociológicamente poblado queda desatendido durante demasiado tiempo, la tentación es pensar que tarde o temprano surgirá una fuerza que lo ocupe. Pero la política no funciona como un mercado perfecto: no basta con que exista una demanda para que aparezca una oferta viable.

El centro español no está vacío por falta de votantes, sino por falta de incentivos. Los partidos que podrían ocuparlo temen perder sus posiciones dentro de los bloques, y los que quisieran nacer en él se enfrentan a un sistema electoral que penaliza la dispersión y premia la concentración territorial. La lógica de bloques actúa como una barrera invisible que dificulta la aparición de alternativas transversales. En mi opinión no es imposible, pero sí improbable en ausencia de una crisis política o institucional que altere las reglas del juego.

Aun así, la trayectoria política española muestra que los vacíos de representación prolongados tienden a generar dinámicas de reacomodo y, en ocasiones, la aparición de nuevos actores. La emergencia de fuerzas políticas alternativas suele producirse cuando un segmento relevante del electorado percibe que sus preferencias no encuentran un cauce adecuado en la oferta existente. Si el espacio de centro continúa sin una articulación efectiva, resulta plausible que, en algún momento, surja una iniciativa capaz de estructurar un discurso moderado, pragmático y transversal que conecte con quienes hoy se sienten políticamente desatendidos. La experiencia de Ciudadanos (C’s) ilustra cómo, debido a una combinación de decisiones estratégicas y errores de gestión interna, una oportunidad que en su momento parecía consolidarse terminó diluyéndose.

Pero para que eso ocurra no basta con una buena idea o un liderazgo carismático. Haría falta una coyuntura que debilitara la lógica de bloques, una crisis de confianza en los partidos tradicionales o un cambio en la percepción social que hiciera evidente la necesidad de una alternativa. Haría falta, en definitiva, que el sistema dejara de penalizar la moderación y empezara a premiar la capacidad de tender puentes.

Creo que, por ahora, ese escenario no parece inminente. El equilibrio actual, aunque insatisfactorio, sigue siendo funcional para los partidos que lo sostienen. Pero los equilibrios políticos no son eternos. Cuando la distancia entre la oferta y la demanda se vuelve demasiado grande, cuando el centro social se siente sistemáticamente ignorado, la política encuentra maneras de reajustarse. La pregunta no es tanto si surgirá un nuevo actor, sino qué condiciones deberán darse para que ese actor pueda prosperar.

En ese sentido, el centro no está muerto: está latente.

Conclusión: un tablero en tensión

La política española avanza hoy sobre un tablero sometido a tensiones que no siempre se perciben a simple vista. Nada está quieto, pero nada termina de moverse del todo. Los partidos se observan entre sí con cautela, atrapados en un equilibrio que ninguno ha elegido, pero del que ninguno sabe cómo salir. Los votantes, por su parte, se desplazan, dudan, se retraen o se resignan, mientras el sistema intenta mantener una estabilidad que cada vez depende más del miedo a romperla que de la convicción de sostenerla.

Este equilibrio no es definitivo. Ningún sistema político lo es. Pero su persistencia nos obliga a preguntarnos qué fuerzas lo mantienen y qué fuerzas podrían, en algún momento, deshacerlo. ¿Cuánto tiempo puede sostenerse un país donde el centro social no encuentra un cauce político claro? ¿Qué ocurre cuando los partidos se blindan en sus bloques mientras la sociedad se mueve en direcciones más matizadas? ¿Hasta qué punto puede resistir un sistema que parece más preocupado por no perder que por ganar algo nuevo?

Quizá la clave no esté en anticipar el próximo movimiento de los partidos, sino en observar con atención los movimientos más sutiles de la ciudadanía: sus silencios, sus abstenciones, sus dudas, sus desplazamientos lentos. La política, al fin y al cabo, no es solo lo que los partidos hacen, sino también lo que los votantes dejan de hacer.

El tablero está en tensión, sí, pero la tensión no es necesariamente un síntoma de decadencia. A veces es el preludio de una transformación. Y tal vez la pregunta que deberíamos hacernos no sea qué harán los partidos, sino qué estamos dispuestos a hacer nosotros como sociedad. Porque, en última instancia, ningún equilibrio es eterno, y todo sistema acaba ajustándose —antes o después— a las preguntas que sus ciudadanos se atreven a formular.

Albert Mesa Rey es de formación Diplomado en Enfermería y Diplomado Executive por C1b3rwall Academy en 2022 y en 2023. Soldado Enfermero de 1ª (rvh) del Grupo de Regulares de Ceuta Nº 54, Colaborador de la Red Nacional de Radio de Emergencia (REMER) de Protección Civil y Clinical Research Associate (jubilado). Escritor y divulgador. 

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