El Plan Sánchez contra España progresa mientras el debate público se distrae con cortinas de humo que ocultan una ofensiva institucional directa contra la unidad nacional y la libertad política.
Cortinas de humo para anestesiar a la sociedad
No se trata del cupo catalán, aunque ese asunto monopolice tertulias y titulares en la actualidad. Ese debate funciona como una distracción calculada.
El Plan Sánchez contra España avanza lejos del foco mediático, protegido por una estrategia que desvía la atención hacia conflictos secundarios mientras se consolida un proceso de degradación institucional.
Muchos ciudadanos no perciben la gravedad de lo que sucede porque nadie lo explica con claridad. Otros prefieren no verlo para no asumir las consecuencias. Ese silencio colectivo no resulta inocente. Favorece al poder.
Si no se habla del problema, creemos que el problema no existe, pero la realidad demuestra justo lo contrario, ya que el proyecto avanza sin resistencia social organizada. Y digámoslo claramente: España sufre una agresión política directa que busca transformar su estructura constitucional en una dictadura.
Un golpe institucional en cámara lenta
El Plan Sánchez contra España no surge de errores aislados ni de decisiones improvisadas, sino de una hoja de ruta definida cuyo objetivo consiste en permanecer en el poder a cualquier precio, en dar un golpe de estado institucional.
Pedro Sánchez utiliza el Gobierno como herramienta personal, debilitando la separación de poderes y presionando a la Justicia cuando esta incomoda al Ejecutivo.
La oposición soporta una asfixia política creciente, mientras el poder ejecutivo intenta neutralizar cualquier contrapeso institucional que limite su capacidad de maniobra.
Los medios de comunicación críticos enfrentan presiones constantes, directas o indirectas, con el objetivo de domesticar el discurso público y reducir el espacio de disidencia.
Este proceso recuerda a modelos de regímenes comunistas dictatoriales autoritarios ya conocidos en Iberoamérica, donde líderes afines al socialismo del siglo XXI destruyeron lentamente los equilibrios democráticos. Y el paralelismo con el régimen de Maduro no resulta exagerado. Resulta preocupante.
La estrategia de la división como método de control
El Plan Sánchez contra España necesita una sociedad fracturada para sostenerse, porque la división impide una respuesta cívica unitaria frente al abuso de poder. El Gobierno fomenta el enfrentamiento ideológico permanente, alimentando resentimientos y polarización para ocultar su fracaso en la gestión y su deriva autoritaria.
La unidad nacional se resiente cada vez que el Ejecutivo pacta con separatistas a cambio de mantenerse en La Moncloa. La soberanía nacional pierde valor cuando Sánchez convierte a España en rehén de minorías radicales separatistas y comunistas que desprecian el proyecto común.
La libertad de expresión sufre un deterioro progresivo, disfrazado de regulación, mientras se castiga y se censura al discrepante y se protege al afín.
La educación se convierte en terreno de adoctrinamiento, y la familia queda relegada en favor de una ingeniería social impuesta desde el poder.
España ante una encrucijada histórica
El Plan Sánchez contra España no pertenece a un escenario futuro. Opera ahora. Cada semana consolida un paso más hacia un modelo dictatorial y tiránico difícil de revertir, especialmente si la sociedad permanece anestesiada.
Si no se habla del problema, creemos que el problema no existe, pero el problema avanza y afecta a todos, incluso a quienes hoy guardan silencio.
En estos meses se decide el futuro político de España, su unidad territorial y la vigencia real de las libertades. No se trata de ideología. Se trata de supervivencia como españoles y como nación.
La historia no absolverá a quienes miraron hacia otro lado mientras se desmantelaba la nación desde dentro.




