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España tiene este honor: le toca siempre soportar los más duros embates del odio, un odio que viene de los abismos del tiempo y de lo más profundo del mal y de la historia.
Iba yo a comprar el pan cuando se me acercó un vecino del barrio, viejo conocido, y sin apenas saludarme me inquirió: «¿Entiendes tú que un militar español —y aquí subrayó enfáticamente lo de militar español— esté a las órdenes de un reconocido traidor, y las acepte?». Y, de inmediato, sin esperar respuesta, prosiguió con unas dudas que más parecían preguntas retóricas que indagaciones:
«¿Cómo es posible que, al afeitarse, cuando se mire al espejo, pueda no sentir que ha perdido su honor y de paso meditar en lo que habrán de pensar sus hijos, sus nietos, sus antecesores y todos los españoles de bien que le han otorgado su confianza para que les defienda de los enemigos? ¿No percibirá a su vez que es tan traidor o más que el felón que le manda poner de rodillas a la patria, mientras se enriquece a su costa?».
Quedé momentáneamente conmovido. Quise responderle que, por desgracia, no sólo hay un traidor en España, que la deslealtad es casi tan abundante como la estupidez o la flaqueza, mas se largó sin esperar mi replicato. Pero, sí, en las palabras de mi vecino latía la incuestionable realidad: los militares españoles están ofreciendo al mundo mundial un penoso papel, sumisos bajo las botas de psicópatas y de forajidos y abandonando también ellos al pueblo que juraron proteger.
Lo cierto —y me dirijo a los españoles de bien—, es que esto va en serio, y como va en serio, así hay que tomárselo. Mantener en el poder a un Gobierno manifiestamente traidor, en connivencia con unos enemigos de la patria activos y provocadores es un suicidio. O, si se quiere, un error incomprensible por lo que tiene de abulia injustificada y de monstruosa indignidad.
Las acciones e inacciones políticas y diplomáticas ejercidas por los confabulados para destruirnos, las actuaciones y las noticias que nos llegan continuamente, las pruebas, los indicios y las insinuaciones más o menos veladas que se conocen alrededor del abrumador conchabe antiespañol, revelan de forma manifiesta que contra nuestro país se ha tejido una trama urdida por intereses nacionales e internacionales.
En estas condiciones España no llega viva al 29 de noviembre. Y si llega, morirá al día siguiente. La experiencia nos advierte de dos probabilidades: la primera es que, si llegamos a esa fecha sin que acaezca una gran catástrofe, se deberá a que el frentepopulismo, de la mano de sus amigos, se ha asegurado la reelección, y podrá así triunfar definitivamente en su objetivo de acabar con España.
La segunda consiste en que, si las maquinaciones secretas y los datos manejados por los que han decidido dar la definitiva cuchillada a la patria, consideran imposible tal reelección, se produzca un nuevo atentado terrorista de impredecibles consecuencias. Es decir, un nuevo 11M o similares, con cualquier disfraz, para evitar un cambio de tendencia perjudicial para el Sistema. El terror de Estado como garantía de continuidad.
Porque, debido a las circunstancias que rodean a los conjurados, la intriga ha llegado a tal punto que éstos no pueden volverse atrás por decisión propia. Comprenden que lo tienen todo a su favor, que su oportunidad está aquí. Y que deben aprovechar el momento. Por unas u otras causas, de sobra conocidas, han llevado hasta tal extremo el enredo que es para ellos el «ahora o nunca».
Por otra parte, la caída de España hasta el actual límite de debilidad y de corrupción no es algo espontáneo ni imprevisto. Todo empezó cuando, a la muerte de Franco, las obtusas y desleales élites políticas y mediáticas se entregaron con insólito fervor a los dogmas del nacionalismo separatista, del terrorismo y de la antiespaña en general, ya fuera esta autóctona o foránea.
La historia de España ha sido desde entonces un lugar común de atropellos y latrocinios, un receptáculo de asesinatos de inocentes, de feroces embestidas contra todos los símbolos, tradiciones, creencias e ideales patrios. Se han ido imponiendo los comportamientos delictivos y desleales de la antiespaña a la par que se borraban las legitimidades y las esencias históricas que singularizaban la pureza patriótica. La finalidad era acabar con la autenticidad, la fortaleza y el orgullo españoles; esto es, con nuestras raíces.
Y ante tales desafueros e iniquidades, ¿cómo se respondió? Con el más vergonzante silencio, con la más indecente complicidad de las oligarquías democráticas y de sus sicarios. Lo cual ha dejado bien claro que España no existe para los socialcomunistas, para los separatistas ni para tantos mercaderes emboscados en el tejido social español o en sus aledaños. España es un cadáver del que se alimentan las ratas y los buitres carroñeros que merodean a su alrededor y en sus entresijos. Gangrenando de paso la economía, la cultura, la estructura institucional y los medios de comunicación venales.
Y de la Corona, por ejemplo, se puede esperar poco. Durante estas últimas cinco décadas ha sido, por activa o pasiva, colaboradora del desaguisado. Puede cambiar de actitud, y ello sería fundamental, pero si su disposición futura se limita a la flébil presencia de estos días pasados en Ceuta y en Melilla, cualquier expectativa a su favor se diluye. No son tiempos éstos de contemporizaciones ni prudencias, sino de firmezas y ejecuciones. De ahí que lejos de admirar a la realeza y de mostrarle confianza, echemos de menos la energía, el entusiasmo y el ardor español que se le supone.
Menos aún puede esperarse de los políticos profesionales y de las hordas socialcomunistas que nos han traído hasta aquí. Predominan entre ellos los engañabobos partidocráticos de retórica falaz y hueca, sin otra inquietud intelectual y popular que la de delinquir y contar votos trampeados. Con los rojos reafirmando en la comedia su protagonismo mafioso, de judas nauseabundos y taimados, el resto del elenco ha aceptado impúdicamente la consecuente putrefacción.
¿Qué nos queda, pues, frente a esta farándula partidocrática? Si los socialcomunistas y sus cómplices se han empeñado en arruinar las energías de los buenos españoles, hasta ahora con éxito, ¿qué esperanza cabe a la España Libre ante la Gran Patraña? Sólo una: la inminente irrupción de un grupo de líderes adornados de conocimientos judiciales, culturales, psicológicos y sociopolíticos en consonancia con un Ejército honorable.
Porque, en definitiva, si en una hora crucial como ésta, en la que nos jugamos la supervivencia de la patria, no se llevan a cabo medidas drásticas y perentorias, tendremos muy pronto que arrepentirnos no tanto por la perversidad de los malvados como por la pasividad y el silencio asombroso de los buenos.
Resulta alucinante y sobre todo sospechoso que al zorro marroquí —y a los restantes enemigos— le regalemos víctimas propiciatorias o le opongamos solamente un valladar de florecillas, en vez de enfrentarnos duramente a sus arbitrariedades expansionistas y a sus pasmosas e insufribles arrogancias. Si algún político o mercachifle español le debe algo, que se lo pague con su bolsillo o con su sangre, no con las riquezas ni con la dignidad españolas.
La historia de España, duradera y avezada, influyente y honrosa, ha tenido como enemigos naturales a incursores, piratas y puritanos (o calvinistas). No son tan distintos: saqueadores todos ellos. Tienen una fuerte aversión por todo lo que se les oponga, más aún si es virtuoso, y a los tres se les van los ojos por la propiedad ajena. Por la inefable idoneidad de nuestra patria.
Esta conspiración actual, por lo tanto, impulsada una vez más por nuestros enemigos históricos, debe ser abortada por la España amenazada. Y a una conjura de estas dimensiones sólo la pueden echar por tierra las Fuerzas Armadas y las de Seguridad, de la mano de la justicia y de la intelligentsia, esto es, de la sabiduría. Son españoles dignos de admiración los que levantan su voz —y su puño— frente a las alimañas, y gritan honor y libertad. ¡En marcha, españoles de bien, la patria está en peligro! ¡Salvémosla!
Jesús Aguilar Marina | Poeta, crítico, articulista y narrador
Tags: España, Política, Crisis, Ejército, Corona, Oposición, Historia




