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Elena Ramallo es una jurista, doctora en Derecho e investigadora española conocida por su defensa de los derechos fundamentales de los ciudadanos, y especialmente de mujeres y menores. Su última obra, El grito de los libres, nos pone frente al espejo de la realidad actual de Europa donde se imponen ideologías totalitarias que acaban con derechos y libertades básicas, como por ejemplo el islamismo. Un libro tan rotundo en la exposición de la verdad que ha recibido el boicot en algunas librerías de los enemigos tradicionales de la libertad.
El periodista Rafael Nieto le entrevista para la Gaceta. Por su interés reproducimos dicha entrevista
¿Cuál es el tema principal de «El grito de los libres» y qué aporta frente a otras obras sobre el avance del islam en Europa?
El centro de mi libro es la libertad y nuestra responsabilidad de defenderla: para pensar, hablar de cualquier asunto, educar a nuestros hijos y vivir sin someternos a imposiciones políticas, ideológicas o religiosas.
Abordo el islamismo, pero también la soberanía, la justicia, la corrupción, la educación, los derechos de las mujeres, la inteligencia artificial y el control del poder. Mi aportación es conectar esas cuestiones desde una mirada jurídica y desde la voz del ciudadano que se niega a vivir sometido.
Me gusta la claridad y llamar a las cosas por su nombre para que nos entendamos: toda doctrina que subordine a las mujeres, persiga la discrepancia o pretenda colocar su religión por encima de la ley es incompatible con nuestras libertades democráticas. Y esto ocurre con el islam.
Tampoco admito que se invoque una tradición para justificar matrimonios infantiles, mutilaciones genitales o imposiciones culturales. Que una práctica tenga raíces religiosas no la hace intocable, ni legal. Por encima están la libertad y la igualdad, principios de nuestra civilización. Quien no esté dispuesto a respetarlos, que vuelva a su país.
España y Europa deben tener el valor de frenar cualquier imposición. Me niego a que, por miedo al señalamiento de la izquierda y de los islamistas, terminemos entregando libertades que costó generaciones conquistar. No quiero que nuestras hijas pierdan lo que hemos lucharon y conseguido.
Quiero una España libre y una Europa capaz de defender su civilización. Tengo derecho a señalar lo que considero incompatible con ella. Soy una ciudadana europea libre y no pienso pedir permiso para decirlo.
¿Qué ha pasado para que la izquierda parezca atacar las libertades que antes defendía?
La izquierda ha vendido sus principios por votos. Le reprocho haber relegado al trabajador y al ciudadano de a pie para dar prioridad a culturas extranjeras incompatibles con nuestras democracias y libertades.
Rechazo que ser blanco te convierta en sospechoso de racismo; ser hombre, en sospechoso de machismo; oponerte a la sharía y al islamismo, en islamófobo; o defender la relevancia del sexo biológico, en tránsfobo. Ya está bien de sustituir los argumentos por etiquetas y de exigir obediencia en nombre de una falsal tolerancia.
Quiero poder criticar las acciones de cualquier persona aplicando el mismo criterio. El racismo contra los blancos merece el mismo rechazo que el racismo contra los negros. El color de piel no concede impunidad ni superioridad moral. Y esto hay que tener el valor de decirlo.
No acepto culpabilidades colectivas ni víctimas de primera y de segunda. La igualdad pierde su sentido cuando el juicio depende de quién agrede y de quién recibe la agresión.
A esa izquierda le digo: no podéis proclamar la igualdad y después cambiar de criterio cuando la víctima os incomoda. No podéis decir que defendéis a las mujeres si vuestra defensa depende de quién las someta, ni buscar excusas cuando ese sometimiento lleva un sello islamista.
Las agresiones sexuales cometidas por personas de otras culturas que no respetan a las mujeres se ocultan porque sus autores son extranjeros. Eso es una hipocresía. No voy a callarme, ni como ciudadana ni como investigadora que incorpora estos datos a sus investigaciones y dictámenes. Los derechos no son una herramienta electoral.
La derecha tiene que construir un discurso claro y contundente y defenderlo sin ceder ni permitir que la hagan sentirse culpable por ello. Eso es lo que pretende la izquierda: personas silenciadas y etiquetadas. Seamos libres y plantemos cara.
¿A qué conclusiones ha llegado sobre el control estatal mediante la tecnología?
A que no estoy dispuesta a entregar mi libertad a un gobierno ni a los burócratas de Bruselas con la excusa de protegerme. Quiero tecnología al servicio del ciudadano.
Exijo límites, transparencia y responsables que respondan por las decisiones que afectan a nuestros derechos. Me opongo a que el poder utilice la inteligencia artificial para vigilarnos, clasificarnos o condicionar nuestra vida sin controles efectivos.
No quiero que decidan por mí. Ya decidiré yo hasta dónde quiero ser protegida y hasta dónde no. Nuestra intimidad no pertenece a la Administración. Nuestra libertad tampoco.
Restringir el pensamiento crítico y castigar la discrepancia suena a dictadura, ¿no?
Es una pretensión autoritaria muy propia de la izquierda. Quiero decir con orgullo que soy española, de derechas, blanca y cristiana, sin tener que justificar mi existencia ni aceptar que esas palabras se utilicen para señalarme.
A la derecha acomplejada le reprocho su cobardía: ceder el debate, renunciar a sus principios y retroceder cada vez que alguien levanta la voz. Quien pide votos para defender unas convicciones debe tener el valor de sostenerlas cuando llega la presión.
La corrección política que impone la izquierda es una dictadura. No acepto que una persona tenga que elegir entre decir lo que piensa y conservar su trabajo o proteger a su familia. Una sociedad que obliga a vivir con ese miedo debe preguntarse qué está haciendo con su libertad.
También reivindico el derecho de los españoles a decidir democráticamente sobre nuestras fronteras, nuestra política migratoria y nuestro futuro. Quiero fronteras controladas, rechazo de las entradas ilegales y respeto a nuestras leyes y libertades. Quiero ejercer el derecho a decir: Este es mi país. Si vienes, adáptate.
Defiendo la expulsión de los extranjeros que cometan delitos graves y la prohibición de su regreso. Defiendo que quienes permanezcan irregularmente deban salir del país. Y propongo reformas contundentes en materia de inmigración, asilo y nacionalidad, con procedimientos y garantías que permitan aplicarlas de forma efectiva.
El Estado debe responder ante los ciudadanos que lo sostienen. La solidaridad necesita recursos, reglas y responsabilidad. No puede convertirse en una exigencia ilimitada para quien lleva toda su vida trabajando y pagando impuestos.
Quiero debatir también períodos de carencia para determinadas prestaciones no contributivas y criterios de prioridad nacional compatibles con las garantías jurídicas. No considero justo desligar el acceso a determinadas ayudas de la contribución, el arraigo y las obligaciones asumidas. Esa es la lógica de la prioridad nacional.
Quiero conservar nuestro país, nuestra cultura y nuestra civilización. No voy a pedir perdón por defenderlo. Ni aceptaré que se invoque el odio para impedir una discusión legítima sobre nuestro futuro.
¿El intento de boicot a su libro confirma lo que denuncia?
Cuando se intenta impedir que un libro llegue a los lectores están en juego la libertad del autor para expresarse y la del ciudadano para decidir qué lee. Me indigna que alguien pretenda tutelar a personas adultas como si fueran incapaces de pensar por sí mismas.
Una librería decide su catálogo. Pero presionar para excluir una obra porque incomoda merece una denuncia firme. El lector tiene criterio. No necesita guardianes ideológicos. La izquierda y el wokismo imponen una dictadura en todo lo que tocan.
Si la portada les molesta, más me molesta a mí el sometimiento de las mujeres a vivir en cárceles de tela, el racismo contra los blancos o no poder decir, en mi propio país, que quiero preservar mi civilización y mi seguridad frente a quienes me agreden o vulneran mi libertad. Precisamente quiero abrir esos debates. No acepto preguntas prohibidas ni silencios impuestos para proteger la comodidad de nadie.
En mi trayectoria he vivido múltiples situaciones de censura y exclusión, también en mi tierra, Galicia, donde se intenta invisibilizarme porque soy una voz incómoda y crítica. Pero no voy a cambiar: soy libre, actúo con el rigor de mi trabajo y conforme a mis principios como persona y como ciudadana que vive en una democracia. No voy a adaptar mis convicciones para resultar cómoda al Gobierno, al PP o a quien sea.
Todo esto explica el sentido de mi libro, El grito de los libres. No voy a pedir permiso para escribir lo que considere. Y ningún lector debería necesitarlo para leer.
¿Hay sitio para la esperanza?
Sí, pero la esperanza exige valentía y compromiso por parte de los ciudadanos y de los políticos. No basta con indignarse en privado y callarse en público. Hay que hablar, organizarse, votar, exigir responsabilidades y respaldar a quienes dan la cara y defienden nuestro país.
Quiero que España siga siendo España y que Europa conserve su herencia de derechos y libertades. Me opongo a que el islamismo condicione nuestras leyes, nuestra educación o la vida de las mujeres. Ninguna exigencia religiosa debe imponerse sobre la libertad de una persona.
Y esto, para mí, tiene un rostro: mi hija. No quiero dejarle una sociedad en la que tenga que pedir permiso para vestirse, caminar, expresarse o decidir sobre su vida. Tampoco lo quiero para las hijas de nadie. No aceptaré que ninguna niña tenga menos libertad por ser mujer.
Exijo a los políticos que defiendan nuestra patria, nuestra cultura, nuestra democracia y nuestras libertades. Que tengan firmeza para cumplir lo que prometen y valor para sostenerlo cuando lleguen las amenazas y la presión. Gobernar exige asumir esa responsabilidad.
Necesitamos recuperar el orgullo de ser españoles y la valentía de ser libres. Ese es el sentido de El grito de los libres. Nuestra libertad no se negocia. Y defenderla exige dar la cara.
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