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Mientras Maricarmen y su mediático desahucio ocupan las portadas de la prensa, llega a mis manos el ensayo que Frank Dikötter dedica a la fascinante, y espantosa, “Revolución Cultural” en la China de Mao. Justo después del colosal fracaso del pomposamente llamado “Salto Adelante” (1959/ 1962), industrialización forzosa del país y colectivización agraria, saldado con decenas de millones de muertos por una hambruna apocalíptica.
El desahucio de marras sobrepuja en los noticieros de la tele a las incontables tramas corruptas que salpican al PSOE y al embrollo de las joyas de Zapatero que, por lo llamativo del caso, disfruta de gran aceptación popular. Todo hay que decirlo, la de Maricarmen ha sido una campaña espectacular aventada desde el minuto uno por todos los medios. Una campaña mejor, si cabe, que aquella de “yo sí te creo, hermana Rocío”, que la del beso de Rubiales, y a la altura de la promoción sideral de la película de Los Javis sobre Lorca. En estas, irrumpe en escena Yolanda Díaz, Ministro de Trabajo, encubridora de pederastas durante su militancia en la izquierda gallega y candidata, arrea, a presidir la OIT. En unas declaraciones, junto a eminentes personalidades de la talla de JM Álvarez, UGT, y Javier Pacheco, CC.OO, ha manifestado que si por el espinoso asunto de la vivienda hay que movilizarse contra el gobierno, del que ella forma parte en la estimable condición de Vicepresidente segundo, no dudará en hacerlo.
Dicho a la pata la llana, ella nada tiene que ver en el agudo deterioro del sector tras dos legislaturas. El encarecimiento de los precios de compra y alquiler, esto último por la huida del mercado de los pequeños propietarios, más de un 80% del parque inmobiliario, atemorizados ante la inseguridad jurídica por la proliferación de inquiocupas. La parálisis de la construcción tras el petardazo de la anterior crisis. Don Ladrillo… ese machirulo de derechas. La oferta pública reducida a cero, a la espera de las tropecientas mil viviendas que prometió Pedro Sánchez. Faltan, dicen, casi un millón para ponernos al día. Y demás medidas desastrosas inspiradas en el “decrecimiento económico” impuesto en Barcelona por la alcaldesa Ada Colau, con gran éxito, por otra parte, dado que el decrecimiento fue muy significativo. Hete aquí que Colau asoma la patita tras su boat trip a Gaza aprovechando la música de fondo, pues, no en vano, echó los dientes en esta verbena disfrazada de “abeja Maya” de la mano de la Plataforma Anti-Hipotecas y es una de las inspiradoras del autodenominado Sindicato de Inquilinas, el que asesora a Maricarmen, aunque algún despistado la llame “Paquita”.
Preludio de la Revolución Cultural, Mao puso en marcha una purga en el Partido en dos campañas: “Las Cien Flores” y “Campaña de Educación Socialista”. Se trataba de alentar quejas sobre desajustes del régimen para, avispadamente, identificar a los descontentos y señalar otrosí a supuestos agentes “revisionistas” infiltrados en el PCCh a quienes culpar de sabotajes y de los sucesivos estropicios del régimen. Tomó las riendas disciplinarias Liu Shaoqi (“devorado” más tarde por la Revolución Cultural), pero anduvo éste comedido, pues de los 5 millones de miembros de la organización investigados, y castigados en diferente grado, apenas 77.000 fueron ejecutados, que, para lo que es el comunismo y lo que es China, es una cifra irrisoria.
Lo novedoso de la jugada consistía en contar con la gente del común, de abajo arriba, implicarla en una alianza vertical para “esponjar” el aparato y defenestrar a esos burócratas que se habían desviado de la ortodoxia socialista. Mao pensó que, haciendo a la población partícipe de las denuncias y de los crímenes, sellaría un pacto indestructible entre la cúspide, él (incluido su círculo de confianza, cambiante según las circunstancias, y menguante según las ejecuciones), y las masas. Siendo éstas coautoras de la violencia del régimen, jamás podrían reprochar a Mao abusos y tropelías. Así dio comienzo la Revolución Cultural. Lanzó a los estudiantes, blandiendo el Libro Rojo en desfiles callejeros “espontáneos”, contra el Partido “caduco” para salvar al Partido “sano”, cuando menos, a su líder. Movilizó a una parte de la sociedad para hacer tabla rasa de otra. Dirigentes, mandos intermedios, funcionarios, parte del profesorado e intelectuales de diversa laya fueron las víctimas propiciatorias de una convulsión social a escala elefantiásica, dando lugar a una matanza desconcertante que años más tarde, en Camboya, replicaron los jemeres rojos de Pol Pot.
Yolanda Díaz, no es que sea bipolar, no sabe uno si está diagnosticada, pero cree, para sí, en el fenómeno de la bilocación. Ella está en un gobierno que se ha desentendido de la vivienda, o, mejor, que ha aplicado fórmulas encaminadas a agravar el problema, más si cabe, impelido por una ideología maniquea, infantiloide, en comandita de sus socios extremistas: soflamas demagógicas repletas de “inversores sin escrúpulos”, “fondos buitre” y expropiaciones. Y, al tiempo, está en la primera línea de la protesta, megáfono en mano, contra ése, su gobierno, pero sin quemarse, dada su naturaleza angélica, ignífuga, y a nosotros enviada por la Providencia para redimirnos de pecados y yerros.
En la acampada de Puerta del Sol por la gratuidad de la vivienda y contra Ayuso (y, por ende, contra el gobierno entrante, si es que hay relevo en La Moncloa), que son los motivos que, en realidad, explican este episodio, vemos una proyección del futuro habitacional que aguarda a venideras generaciones si triunfa la protesta de Yolanda contra Díaz, o de Díaz contra Yolanda: la tienda de campaña básica modelo “Decathlon”. Las hay en catálogo de varios colores. Al tiempo que, miel sobre hojuelas, se aparta el foco del verdadero desahucio que afecta a España… el desahucio masivo de la ciudad de Ceuta urdido a pachas entre el gobierno marroquí y el nuestro (sic).
Javier Toledano | escritor
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