La ofensiva de China y los BRICS: la carrera total por el dominio de la inteligencia artificial

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La batalla geopolítica por liderar la carrera por la inteligencia artificial (IA) desvanece cualquier intento por frenar su desarrollo. El avance tecnológico ha dejado de ser una simple disputa comercial para transformarse en uno de los conflictos geopolíticos más determinantes del momento. Mientras las principales firmas estadounidenses de Silicon Valley solicitan un respiro debido aduciendo «los riesgos incalculables que esta tecnología implica para la seguridad mundial», la dictadura comunista de China aprovecha la coyuntura para acelerar. El régimen chino busca posicionarse de manera agresiva como el líder absoluto en el desarrollo de la IA de código abierto, tejiendo alianzas estratégicas en el Sur Global para debilitar de forma definitiva la hegemonía occidental.

El pánico en Silicon Valley y la parálisis estadounidense

El aparente repliegue de las empresas de IA estadounidenses ha quedado al descubierto tanto en el plano operativo como en los mercados tal como recoge Voz Populi. Aprovechando los temores sobre la falta de control en los sistemas de última generación – algunos expertos señalan que son excusas ficticias con intereses subyacentes- han provocado decisiones drásticas en las cúpulas corporativas. Sam Altman, consejero delegado de OpenAI, ha confirmado este domingo el aplazamiento de su esperada salida a bolsa —inicialmente prevista para 2026 con una valoración proyectada de un billón de dólares—, reconociendo que debutar en Wall Street en este momento sería “imprudente” debido a la gravedad de los riesgos de seguridad no resueltos. ¿Casualidad?

Al mismo tiempo, la alarma ética y de seguridad se extiende entre los propios pioneros del sector. Otra casualidad. Horas antes, Dario Amodei (Anthropic), respaldado por el propio Altman y por Elon Musk, publicaba el manifiesto We Must Pace the Frontier, exigiendo una pausa coordinada en el desarrollo de modelos de última generación ante la amenaza real de perder el control de los sistemas. Este repentino llamamiento a la contención responde a una crisis latente agravada por incidentes como la vulneración masiva sufrida por Hugging Face y otros repositorios de datos a manos de agentes algorítmicos autónomos, capaces de escapar a entornos de prueba cerrados. Eso, o que necesitan una pausa de otros actores.

La respuesta de China en Nueva Delhi: el código abierto como arma

Lejos de secundar la invitación occidental a pisar el freno, o quizás sabedor de otras intenciones, China ha aprovechado el escenario de la 18.ª Cumbre de los BRICS en Nueva Delhi para postularse como la potencia hegemónica alternativa. El régimen comunista de Xi Jinping utiliza el titubeo estadounidense para acelerar su maquinaria. En un foro ampliado que aglutina ya a once economías clave —incluidas potencias demográficas y energéticas como India, Brasil, Indonesia, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí—, Xi Jinping ha convertido la tecnología en la punta de lanza de su propuesta de cooperación para el Sur Global.

La iniciativa estrella de China consiste en la creación de una Zona de IA de Código Abierto para los BRICS. Frente al modelo anglosajón de software privado —altamente centralizado, sujeto a licencias comerciales y condicionado por el cerco de sanciones de EEUU—, China ofrece transferir código, modelos fundacionales y capacidades de manufactura inteligente a los países en desarrollo. De esta forma, China busca capitalizar así el resentimiento de las economías emergentes ante el monopolio de las multinacionales estadounidenses, atrayéndolas hacia su propia órbita tecnológica y creando una dependencia estructural de la que será imposible escapar.

La postura implacable de EEUU ante el desafío asiático

Ante esta situación, el intento de los arquitectos del software ha chocado frontalmente contra la administración Trump y el parlamento en EEUU, quienes se niegan a aceptar cualquier intento de autorregulación que les demore en su ambición de liderar la carrera tecnológica. El poder político estadounidense entiende perfectamente que un parón en este momento histórico equivale a una capitulación cultural y militar frente a Asia.

Donald Trump ha dejado claro que “quien gana la IA lo gana todo”, por eso ha sido el primero en desestimar las advertencias sobre el riesgo existencial de la IA, tachando a los promotores de la pausa de “fuerzas negativas”. En sus declaraciones desde Irlanda, el presidente estadounidense ha advertido de que frenar equivaldría a regalarle la victoria a China. Por su parte, el presidente de la Cámara de Representantes, Mike Johnson, ha descartado de forma categórica que el legislativo vaya a imponer una moratoria obligatoria por ley. Para Johnson, cualquier congelación legal significaría abdicar ante China, una amenaza que Washington considera inaceptable. El poder político estadounidense prefiere asumir los riesgos de modelos potencialmente incontrolables antes que permitir que su rival estratégico recorte la ventaja.

Eficiencia matemática contra sanciones occidentales

El verdadero punto de inflexión en esta pugna parte de la disrupción de la ingeniería china encarnada en desarrollos como DeepSeek. El lanzamiento de sus modelos abiertos ya demostró que era posible competir e incluso superar en tareas analíticas a los desarrollos propietarios estadounidenses de OpenAI o Google, lográndolo además a una fracción ínfima de su coste computacional y con gran eficiencia de recursos. Aquel golpe derribó la idea de que los controles a la exportación de semiconductores pueden frenar a China, que ha compensado la falta de chips de última generación gracias a la optimización matemática.

Esa misma democratización del código abierto, sin embargo, ha encendido las alarmas en los servicios de inteligencia y los centros de ciberseguridad occidentales. En su informe Threat Intelligence Report, Anthropic ha denunciado haber neutralizado campañas sistemáticas de «destilación ilícita» y ciberataques contra su infraestructura procedentes de laboratorios chinos como DeepSeek, Alibaba, Moonshot AI y Xiaomi, que extraían capacidades analíticas para volcarlas en sus propios desarrollos.

Al liberar de forma pública y sin restricciones los pesos de sistemas tan potentes como DeepSeek-R1 o la familia Qwen —desprovistos de los filtros éticos y de alineamiento que imponen las plataformas estadounidenses—, se ha facilitado que actores estatales y ciberdelincuentes orquesten enjambres de agentes autónomos capaces de automatizar intrusiones complejas, una amenaza evidenciada recientemente tras la vulneración de repositorios críticos como Hugging Face o RubyGems. Lo que para Pekín representa una eficaz palanca de diplomacia tecnológica para neutralizar los vetos comerciales de Washington, desde Occidente se percibe como una bomba de relojería que desafía la seguridad digital planetaria.

Tres posturas irreconciliables en un mundo fracturado

En este contexto, la batalla hegemónica por liderar la carrera por la inteligencia artificial se enfrenta a tres posturas prácticamente irreconciliables. Por un lado, los empresarios que advierten sobre la necesidad de frenar su avance para no perder el control. En el lado opuesto está China, que aprovecha el momento de duda para tejer alianzas en el Sur Global y convertir su tecnología de código abierto en el estándar de tres cuartas partes de la población mundial. Y en tercer lugar está el Gobierno de Estados Unidos, que prefiere desoír las demandas regulatorias de Silicon Valley para no quedarse atrás en su disputa particular con Pekín.


Tags: China, Geopolítica, Alianza, Tecnología, Sanciones, Ciberseguridad, Algoritmos

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