El silencio cómplice de médicos y del gobierno ante el síndrome postaborto

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La negación ideológica de una secuela psicológica evidente

La soberbia del gobierno y de ciertos sectores de la comunidad médica y científica ha alcanzado cotas alarmantes en la defensa de los dogmas proabortos. Aunque muchos médicos lo nieguen porque según ellos «no existe como diagnóstico clínico», el síndrome posaborto es una realidad innegable que golpea a diario a miles de familias. Resulta intolerable que profesionales que juraron proteger la salud humana miren hacia otro lado por mera sumisión ideológica. En la actualidad, más de 14 millones de mujeres sufren «una grave» angustia emocional tras acabar con la vida de su hijo, un trauma profundo que la ciencia oficialista intenta maquillar bajo eufemismos burocráticos.

Este negacionismo clínico vulnera la ética médica más elemental. Quienes restan importancia al sufrimiento mental de estas madres se convierten en cómplices de un discurso institucional que prioriza la propaganda sobre el bienestar del paciente. Más allá de este debate, donde los expertos argumentaron que no se protege la vida de la madre ni del feto, hay otra realidad médica incuestionable: las graves complicaciones derivadas de estos controvertidos procedimientos quirúrgicos y farmacológicos. El silencio de las batas blancas ante estas secuelas físicas constituye una negligencia histórica que desprotege activamente a las mujeres.

El mito de la intervención rápida y los peligros del aborto quirúrgico

Los proabortistas presenta habitualmente estas intervenciones como procesos quirúrgicos sencillos de apenas unos minutos, donde la paciente entra con un hijo y sale sin él. Sin embargo, la realidad clínica desmiente de forma tajante este relato simplista. Ninguna operación sobre el cuerpo humano carece de riesgos severos. A pesar de que la opinión pública no escucha estas verdades con normalidad, dependiendo del método utilizado y de la edad gestacional, pueden producirse complicaciones que van desde hemorragias hasta perforaciones de útero, según advierten los registros de la Fundación Redmadre en su web, y recoge El Debate

En los abortos quirúrgicos realizados mediante técnicas de aspiración, legrado o dilatación y evacuación, las complicaciones médicas resultan numerosas y alarmantes. Los ginecólogos se enfrentan habitualmente a casos graves de infecciones uterinas o hemorragias masivas que comprometen la vida de la paciente. En escenarios menos frecuentes pero igualmente constatados, la intervención provoca trauma del cérvix, peritonitis, endometritis, laceración o perforación del útero, trauma renal, inflamación pélvica, embolismo, trombosis y esterilidad definitiva. Ocultar este catálogo de daños potenciales bajo la alfombra de la corrección política representa un fraude científico imperdonable.

Los riesgos ocultos de los fármacos y la destrucción de la fertilidad futura

Los abortos químicos o farmacológicos tampoco están completamente libres de complicaciones graves, pese a que la propaganda los venda como métodos cómodos para el entorno doméstico. El tratamiento basado en la inyección salina puede provocar «embolismo pulmonar y formación de coágulos intravasculares que pueden afectar a distintos órganos», un colapso circulatorio que pone en jaque la supervivencia de la mujer. Asimismo, la ingesta combinada de píldoras de mifepristona y misoprostol esconde amenazas críticas para la salud femenina, informa Redmadre.

La RU-486, nombre químico de este compuesto, provoca a menudo una grave infección bacteriológica, sepsis severa y un sangrado prolongado y abundante que podría requerir una cirugía de urgencia e incluso la muerte de la madre. Con este método, además, algunos embriones o fetos han sobrevivido al proceso químico, pero han presentado discapacidades físicas y psíquicas severas debido a la toxicidad del fármaco.

Aunque para muchos sectores el aborto constituye un proceso sin importancia, lo cierto es que, además de quitar la vida a un ser humano, perjudica de forma drástica la viabilidad de futuros embarazos. Se trata, generalmente, de «una cirugía sobre el útero» y, por tanto, «no está exenta de consecuencias físicas potencialmente severas». Con bastante frecuencia, los ginecólogos se encuentran a menudo con mujeres que después de un aborto «no pueden quedarse embarazadas o bien tienen abortos espontáneos». La situación alcanza su gravedad máxima si la paciente sufre hemorragias o infecciones graves que obliguen a la extirpación del útero, anulando cualquier posibilidad de maternidad. Otras veces, el daño infligido al cérvix provoca un riesgo directo de perder al bebé por partos muy prematuros en los años siguientes.


Tags: Aborto, Síndrome, Secuelas, Medicina, Fertilidad, Trauma, Salud

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