Bendala tiene razón, y la primera trinchera está en el pasillo de casa | Alfonso P. Sanz

una familia dentro de una burbuja de cristal ajena a lo que ocurre a su alrededor

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Las claves, para quien no haya leído la entrevista

El teniente coronel retirado Francisco Bendala le responde a Javier Navascués que España no aguantaría hoy una guerra. Su diagnóstico no es de tanques: es moral. Medio siglo de hedonismo, comodidad y buenismo ha desarmado a los españoles por dentro, y muy especialmente a los jóvenes. Acusa a los gobiernos de todo color de haber debilitado a las Fuerzas Armadas y de haberlas separado del pueblo, matando de paso el patriotismo. La raíz última, sostiene, es la pérdida del sentido sobrenatural. Su receta: volver a la fe, exigir a los dirigentes y luchar sin desmayo.

Se le puede discutir el tono. El diagnóstico, mucho menos. Basta mirar alrededor: un país que se ofende por todo y no se juega nada por nada. Bendala pone el dedo donde duele cuando recuerda que lo que se recibe sin esfuerzo no se valora, y que lo que no se valora tampoco se defiende. Esa es la frase que debería estar colgada en la cocina de todas las casas de España.

El problema llega al final de la entrevista. Fe, oración, exigencia a los dirigentes, lucha constante. Todo verdadero. Todo necesario. Y todo enorme. Un padre con varios hijos y una hipoteca asiente, cierra el artículo y no sabe qué hacer con eso un martes a las ocho de la tarde.

Pues bien: la reconstrucción de un pueblo se hace en unidades muy pequeñas. En la mesa, en el coche, en el portal. Van cinco medidas al alcance de cualquiera.

Devolver el esfuerzo a la vida diaria. Un deporte en el que se sude, se compita y se pierda. Tareas de casa asignadas y sin sueldo a cambio, porque en una familia no se cobra por ser familia. Que hagan la cama, que carguen la compra, que pasen frío en una excursión. La templanza no se explica: se entrena.

Recuperar el mando del móvil. Nada ablanda a un adolescente como cinco horas diarias de pantalla. Móvil lo más tarde posible, con normas escritas, nunca en el dormitorio de noche y nunca en la mesa. Y sin hipocresía: el primero que suelta el teléfono es el padre.

Rezar con ellos, no mandarles a rezar. Misa el domingo en familia, una oración corta antes de cenar, un rosario semanal aunque haya bostezos. Un hijo perdona que su padre sea imperfecto; no perdona que no se crea lo que predica.

Darles raíces con nombre y apellido. Que sepan quiénes fueron sus bisabuelos y qué pasaron. Llevarlos a Lepanto, a Covadonga o a Las Navas por el camino de un libro, de una película o de un viaje de fin de semana. Nadie defiende un país abstracto; se defiende lo que se quiere, y solo se quiere lo que se conoce.

Enseñarles a sostener una discusión. En clase les dirán lo contrario de lo que oyen en casa. Que aprendan a responder con argumentos y buenos modos, no con silencio ni con un portazo. Un chaval que sabe dar razones de lo que cree ya está medio blindado.

Y una sexta, la más difícil: acostumbrarlos a que la vida duele y no pasa nada. Que pierdan partidos, que se caigan, que aguanten un no. La generación de cristal no nació frágil; la fabricamos nosotros a base de quitarle de delante todas las piedras.

Bendala teme que no estemos preparados para una guerra. Puede que la nuestra aún no se libre con fusiles, pero existe en cada casa, cada tarde, contra la comodidad. Esa batalla, al menos, se debe empezar a librar hoy mismo.

Alfonso P. Sanz | Jurista y escritor


Tags: bendala, españa, valores, moral, familia, patriotismo, educacion

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