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Cómo la portada más leída esconde los escándalos de Sánchez
Si entras estos días en la portada digital de El País buscando los casos que tienen al Gobierno de Sánchez contra las cuerdas, prepárate para un maratón de scroll. Es una auténtica búsqueda del tesoro. La imputación de la directora de la Guardia Civil en el ‘caso Díez’, los flecos de Ábalos, el rastro de Koldo García, la sombra sobre Santos Cerdán… Todo eso existe, pero está enterrado. Bajas, y bajas, y bajas. En el camino, te cruzas con docenas de artículos sobre el Mundial 2026, lo nuevo de Rosalía, la discografía de Madonna o el debate, *crucial* y eterno, entre gazpacho y salmorejo.
Noticias que, en cualquier democracia con una prensa mínimamente exigente con el poder, ocuparían el primer módulo de forma permanente mientras dure la instrucción judicial, aquí se diluyen en un mar de trivialidades. No es un despiste. Es un patrón ejecutado a la perfección. Cuando el escándalo roza Moncloa, el ritmo es otro.
El uso de eufemismos y la ocultación de los escritos de la Fiscalía Anticorrupción
El País administra el «tempo«, diluye los titulares y prefiere eufemismos como «declarar como investigada» antes que la contundencia que sí emplea en otros frentes. Incluso cuando la propia Fiscalía Anticorrupción, en su escrito sobre el caso de la Guardia Civil, detalla «contradicciones sucesivas», «borrado de mensajes» y expedientes internos usados como «mecanismo de presión» contra la UCO (palabras del Ministerio Público, no de la oposición), el lector medio tiene que armarse de paciencia para encontrarlas en la portada.
La jerarquía informativa como herramienta para anestesiar a la opinión pública
Seamos francos con el lector: no es que El País no publique estas noticias. Claro que lo hace. El verdadero problema es la jerarquía. El orden, la insistencia y el espacio con que un medio coloca sus informaciones es, en sí mismo, el mensaje principal. Y ese mensaje, repetido durante los sucesivos episodios de la trama Koldo, las cloacas y ahora el caso Leire Díez, ha tenido éxito en una parte de su audiencia.
El lector medio de El País lleva tanto tiempo protegido de la crudeza de estos casos que muchos, sencillamente, han dejado de querer saber. No es solo que el periódico no informe con la intensidad debida: es que ha entrenado a su público para no reclamarlo. Esa comodidad mutua —el medio que administra la indignación, el lector que ya no la exige— es la verdadera anomalía democrática de esta legislatura.
El doble rasero mediático frente a los casos Kitchen y Leire Díez
Y aquí llega la comparación que El País sí sabe hacer con método y velocidad de vértigo cuando el escándalo apunta al otro lado: la Operación Kitchen. La operación policial montada, según la instrucción judicial, desde el Ministerio del Interior durante el Gobierno de Mariano Rajoy para espiar a Luis Bárcenas, mereció portadas constantes, editoriales, series especiales y meses de seguimiento exhaustivo. Con razón, porque el caso era gravísimo y ya hay condenas firmes a varios mandos policiales. Pero el contraste con el tratamiento que recibe hoy la trama que involucra presuntamente a la cúpula de la Guardia Civil y al entorno de Moncloa resulta imposible de ignorar. Dos varas de medir perfectas según de qué siglas se trate.
La ruptura del pacto ético entre los medios de comunicación y sus lectores
Otros diarios nacionales, en cambio, sí sitúan estos casos donde corresponde, con seguimiento diario de las contradicciones oficiales y de las peticiones de las acusaciones populares. La diferencia no es de acceso a la información —todos manejan los mismos autos judiciales—, sino de voluntad editorial.
La pluralidad informativa exige que el ciudadano pueda comparar. Pero exige también que cada medio, sea cual sea su línea, no convierta la jerarquía de sus portadas en un instrumento de protección política. El pacto básico entre la prensa y sus lectores está roto mientras la corrupción compita en espacio con el gazpacho.
Alfonso P. Sanz | Jurista y escritor




