¿Y ahora qué?|Eusebio Alonso

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Nadie es ajeno a la excepcionalidad de la situación que vivimos como consecuencia de esta horrible pandemia que nos asola. La cifra de infectados y de victimas crece cada día a un ritmo inaudito en la mayoría de los países del mundo. En España, pese a tener uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo, tanto por sus extraordinarios profesionales como por sus medios, tenemos el triste récord mundial de número de fallecidos por millón de habitantes y de profesionales de la sanidad contagiados ¿Cómo se explica esto? ¿Algún responsable político ha tenido la honradez y valentía de hacerlo? La respuesta es NO.

Los responsables de gestionar la crisis se limitan, en sus apariciones en los medios, a presentar las cifras oficiales y a hacer autobombo de su buena gestión, diciendo que vamos por buen camino, cosa que las cifras se encargan tercamente en desmentir. Amenazan a la población indicando que se va a perseguir/limitar la propagación de bulos, así como el envío de mensajes que puedan producir la desafección con el ejecutivo. Para limitar la libertad han situado como “árbitros” de que es bulo y que no lo es a organizaciones afines al más puro estilo autoritario. Los bulos se acabarían si la información oficial fuese puntual, veraz, útil, clara y completa. Pretender que la gente no intercambie información cuando la información que se suministra oficialmente no es suficiente, es un ataque no solo a la libertad de expresión sino también a la esperanza del individuo.

Resulta curioso el comportamiento del partido que nos gobierna. Bien diferente del que adopta cuando le toca el papel de oposición incitando a la protesta feroz a sus afines por cualquier causa adecuadamente deformada. Entonces, decían que era democrático respetar la libertad de manifestación y protesta. Parece que ahora ya no lo es.

Ellos, ni siquiera fueron capaces de respetar la jornada de reflexión del 13 de marzo de 2004. Claro, su decencia no les impidió renunciar a la oportunidad de dar un vuelco a la intención de voto un día antes de unas elecciones marcadas por un brutal atentado. Exigiendo, al gobierno de turno, conclusiones a solo dos días de producirse el atentado.

También salieron a la calle para protestar ferozmente por la gestión del PP en la crisis Ébola, en la que solo hubo un contagio entre el personal sanitario. Sanitario que pudo, gracias a Dios, ser recuperado. Hoy exigen lealtad, cuando ellos nunca la brindaron, y tampoco nos permiten manifestarnos ahora para protestar.

En una crisis de esta envergadura, el apoyo sólo se conseguirá buscando fórmulas de consenso entre todos los partidos constitucionalistas.  Fórmulas para adoptar medidas que permitan minimizar el impacto sanitario, económico y social de esta crisis. La lealtad que el gobierno pide es la de la adhesión incondicional a sus medidas, sin que se permita discusión o debate sobre la idoneidad de éstas. Así, el mérito o el demérito de los resultados obtenidos solo será suyo ¿Cómo se puede uno adherir a un trágala? Pidiendo lealtad, tan solo buscan repartir la responsabilidad de lo que salga mal.

Los errores de gestión de esta crisis han sido numerosos. Tal vez el más importante ha sido la toma tardía de medidas, a pesar de tener información de la OMS en enero de 2020 y el ejemplo catastrófico de lo que estaba ocurriendo en China y en Italia. Si al menos se hubieran controlado las entradas de viajeros procedentes de estos países y se hubiera hecho acopio de material sanitario, como mínimo nos habríamos ahorrado la saturación del sistema sanitario y unos cuantos muertos.

Otro error clamoroso fue la propagación de auténticos bulos por los responsables de la gestión sanitaria de la crisis.  Uno de ellos fue el asegurar que iba a haber pocos casos en España y que la gente sana no tenía necesidad de usar mascarilla. En cualquier otro país estos responsables habrían sido cesados de forma fulminante y se les habría exigido responsabilidades. Aquí se les aplaude ¿Dónde está nuestro pensamiento crítico?

Otro error grave ha sido la gestión de la compra de tests a un determinado suministrador. Elegido, sabe Dios, con qué criterios, o con qué intereses. Esto ha supuesto sucesivas devoluciones y el consiguiente retraso a la hora de identificar al colectivo afectado por el virus. En este momento no sabemos ni cuantos test fiables tenemos. Las universidades españolas, que pusieron a disposición del gobierno sus medios humanos y materiales para la realización de tests, han tenido que esperar un mes para recibir respuesta del ejecutivo.

La centralización del material sanitario por parte del gobierno central ha provocado la incautación de suministros habituales de funerarias y hospitales. Funerarias y hospitales que han tenido que desempeñar servicios esenciales con el consiguiente riesgo a la exposición. Algunas funerarias han tenido que cerrar por no recibir los EPIs a tiempo.

En definitiva, se ha actuado de manera imprudente, negligente e improvisada. Eso sí, siempre avalados por un comité de supuestos expertos cuyos nombres nadie conoce.

Llevamos confinados en nuestras casas cerca de mes y medio. Sin embargo, las cifras oficiales que vemos en los telediarios no parecen demasiado tranquilizadoras. Las reales serán posiblemente mucho peores. En las noticias no se nos ofrece el testimonio de familiares de víctimas de la pandemia, ni de autónomos que corren grave riesgo de ir a la ruina, ni de trabajadores inscritos en un ERTE que tienen que salir adelante con menos ingresos y la incertidumbre de poder perder su puesto de trabajo y, tal vez por su edad, no recuperarlo nunca más. En las noticias solo vemos ataúdes de las víctimas de EEUU, donde parece que las cosas deben hacerlas fatal. Nadie se cuestiona las cifras oficiales en España ni las compara con las de otros países. Para colmo, se crea una serie televisiva de mal gusto que solo pretende blanquear la realidad insensibilizando a la gente que se presta a verla.

Sonroja recordar como algunos medios entrevistaban al veterinario de Excalibur en la crisis del Ébola y ahora se empeñan en ocultar la realidad a cambio de ayudas para comprar afecciones.

Se nos habla de que la curva de la enfermedad se aplana, pero nadie explica en que consiste ese aplanamiento y por qué llegan a esa conclusión tan categórica. No se presenta ningún modelo matemático validado que nos permita albergar esperanzas fundadas en que todo esto vaya a tener un final feliz cercano en el tiempo y el coste que esto va a tener.

No sabemos qué criterios llevarán al ejecutivo a retomar gradualmente la actividad laboral y la libre circulación de personas, pero intuimos que es absolutamente urgente actuar para evitar la destrucción completa de la economía.

Ahora viene la tarea difícil. La de salvar los muebles y reconstruir todo lo dañado. Para ello hay que generar CONFIANZA de que los que nos gobiernan saben lo que hacen y no se mueven sólo por intereses ideológicos, sino por amor a España. Esa confianza se conseguirá reconociendo los errores en lugar de culpabilizar de esta crisis a los que hace más de dos años que no gobiernan. Asumiendo responsabilidades. Formando un gabinete de salvación nacional que incluya a las fuerzas constitucionales. Y, por último, ofreciendo información puntual, veraz, útil, clara y completa. Es decir, actuando con verdad, eficacia y respeto por la ciudadanía.

A nadie se le oculta que es necesaria la aplicación de tests masivos que permitan distinguir entre sanos, enfermos e inmunizados. No solo a los llamados trabajadores “esenciales”, sino a todos los que retomen una actividad laboral con cualquier grado de exposición. Con ello se permitirá proteger también a los que les rodean. Será necesario establecer protocolos para el cuidado de los más vulnerables. En especial los ancianos.

Todo eso cuesta dinero, pero no nos queda más remedio que asumirlo. Nuestro actual gobierno tendrá que decidir si prefiere mantener la senda del déficit galopante o adelgazar la Administración de aquellas cosas innecesarias, duplicadas o ineficientes.

Ojalá que Dios nos ayude a superar esta difícil situación. No sé si nosotros por sí solos podremos hacerlo.

Eusebio Alonso