Primero en San Francisco, y ahora también en Palma de Mallorca, tumbaron sendas estatuas del Santo Fray Junípero Serra, entre otras. Todo empezó con un renacer de las iniciativas para tumbar los monumentos confederados en EEUU por ser racistas. Particularmente en los estados del sur, hay monumentos a estos hombres que buscaron la secesión por preservar la esclavitud; monumentos levantados además en momentos de la historia estadounidense en los que se intentaba volver a reprimir legalmente a la población negra, sea con leyes segregacionistas o que limitasen el acceso al derecho al sufragio u otros derechos civiles, muchas incluso con dinero de personas ligadas al KKK. Hasta ahí uno podría hasta aplaudirlo, como aplaudiría el retirar calles en España dedicadas a asesinos como Largo Caballero o La Pasionaria; pero los radicales, motivados por el acicate de la victoria en los medios y en la calle, ven la oportunidad para ir más allá. Los que siguen serán los fundadores de su propio país (hasta ahora figuras intocables en el imaginario americano) por haber tenido esclavos y haber mantenido por la ley este pecado original de la República americana. Luego, pasaron a Colón, y de ahí a San Junípero e incluso a Cervantes (paradójicamente víctima él mismo de la esclavitud). Y es que no podemos pedir que una masa sublevada sea quisquillosa en discernir la diferencia entre figuras, por dispares que sean.

Nosotros, sin embargo, sí que podemos hacerlo. Y nos es fácil decir que los secesionistas del sur esclavista defendieron una postura mala, por mucho que hubiera hombres admirados por sus enemigos y hasta con rásgos heróicos entre ellos, y no deben ser conmemorados públicamente en la tierra que sufrió, y aún hoy sufre, las laceraciones de esa guerra. Los «Padres Fundadores» fueron una panda de masones que avanzaban ideas francamente peregrinas, y no es descabellado tildarlos de traidores; pero la piedad política hacia quienes iniciaron su país hace comprensible que sus hijos les quieran honrar. Ahí les dejamos a ellos ser quienes discutan su legado y la forma más apropiada de recordarlos, a nosotros ni nos va ni nos viene.

Ahora bien, llegados a la figura de Colón en adelante no podemos consentir que se aplique la misma lectura. Y es que Colón no es Colón, al menos no en estos monumentos. El Almirante es un personaje real con claroscuros, juzgado y apartado de las labores de gobierno en su época por múltiples abusos y con una ambición y soberbia bárbaras. Pero las estatuas a su figura son símbolos de la llegada de la España Católica al nuevo continente, y de todo lo que se siguió de este hecho. Quienes quieren limitar el legado hispano al genocidio y a los lemas y novedades de la Crítica Postcolonial en alguna universidad anglosajona, o que no sepan más que repetir las sandeces de la leyenda negra, lo condenan con fervor. Pero quienes quieran hacer un balance real, sin caer tampoco en la leyenda rosa, vemos que hay mucho digno de conmemorar en él. En palabras del Papa León XIII, cuando mandó celebrar la figura de Colón cada 12 de octubre en todas las catedrales de España, Italia y de las dos Américas: «Colón es nuestro (…) [R]esolvió ir delante y preparar el camino al Evangelio, y absorbido profundamente en esta idea, le dedicó todas sus energías… [L]legado a España, maduró su gran designio de exploración en una casa religiosa, teniendo de confidente un Religioso, discípulo de Francisco de Asís». No olvidamos los errores, ni incluso la maldad y mezquindad del Colón histórico, pero tampoco olvidamos los grandes ideales que lo movieron a él y a quienes siguieron sus pasos de camino a América. Y son precisamente estos ideales, y no sus crímenes, lo que molesta a sus detractores.

Y así se ve en la inquina contra San Junípero, hijo, como el confidente de Colón, de san Francisco de Asís. Ahora sí, un hombre de virtudes heróicas, de caridad insondable hacia los indios, tanto sus hijos conversos como aquellos a los que él llamaba cariñosamente «gentiles»; éste hombre también es para ellos culpable de racismo genocida. Un hombre que, enfermo y con la pierna tocada caminó desde sus misiones en la Alta California hasta la ciudad de México para conseguir la autoridad de perseguir a los soldados que abusaban de los indios. Un hombre que, siendo un teólogo respetado en la Universidad Liliana en su Mallorca natal, podría haber vivido tranquilo y próspero, y que sin embargo decidió embarcarse por llevar lo mejor que tenía, la fe en Jesucristo y los sacramentos, a los confines de la tierra. Si un hombre sacrificado, de viva caridad, celo por la justicia y sobre todo queridísimo por los Indios de sus misiones y respetado por los que no entraron en ella puede ser objeto de tanto odio, algo va mal. Si un Santo Católico es vilipendiado de tal manera, uno tiende a pensar que el error está en el que odia y no el odiado.

Y es que la lucha contra el padre Serra, como lo conocemos cariñosamente quienes nos criamos en la tierra de sus misiones y oímos Misa al pie de sus reliquias, no tiene su origen real en el movimiento antirracista, ni siquiera propiamente en las corrientes anti-coloniales. La larga tradición de ataque a los vestigios de la Hispanidad en California viene de los advenedizos anglosajones, que buscan así absolverse de sus crímenes tras la anexión a EEUU. Estos bárbaros que habitan en las ruinas de una civilización superior a la suya estaban indignados con los Españoles por haber dejado a tanto indio suelto. Figuras como David Jacks o Leeland Stanford se ocuparon de expulsar a tantos mexicanos como pudieron y de exterminar a tantos indios como alcanzaran. El nuevo estado de California llegaría a pagar por cada indio muerto, ofreciendo precios distintos por hombres, mujeres o niños. Pero nadie protesta el nombre de la ciudad de Jacksonville o el monte Jack’s Peak, ni hay campañas para encontrar otra denominación de la prestigiosa universidad de Stanford. Porque en el fondo los ataques a las misiones de California son un intento de lavarse la cara con la ayuda de la leyenda negra, y de invisibilizar la California Hispana a favor de la anglosajona de nuevo cuño. Y lo peor es que siempre habrá quien esté dispuesto a ayudar a los bárbaros en el empeño. Desde los barbarizantes de Podemos que vandalizaron la estatua del Santo en Mallorca hasta los mexicano-americanos impulsados al autoodio; enfadados por que se les margine en una tierra a la que siempre han estado ligados a la vez que se afanan en borrar todo rastro de esa presencia. La única respuesta hasta la fecha es un tímido hilo de tweets de la embajada española, una carta de los obispos californianos, y la tímida retirada «temporal» de sus imágenes incluso de tierra sagrada para evitar el vandalismo sacrílego.

San Junípero Serra, ¡ruega por nosotros!

Álvaro Gutiérrez Valladares | Escritor

Por Redaccion

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