El panorama mediático actual en España ha alcanzado un punto de degradación que no admite medias tintas. La controversia generada en torno a los reporteros que no se pliegan al rodillo del régimen sanchista no es más que el síntoma de una enfermedad mucho más profunda: el silencio cómplice y mercenario de gran parte de la prensa acreditada en el Congreso de los Diputados. Estamos ante una casta periodística que ha canjeado su función fiscalizadora por un plato de lentejas, dejando el honor de la profesión en manos de unos pocos valientes.
El vacío del periodismo cortesano
Como bien ha señalado el periodista Marcos Ondarra en The Objective, al señalar que ««Del mismo modo que Desokupa existe porque la ley protege al infractor, los ‘agitadores ultras’ están en el Congreso porque los periodistas parlamentarios hace tiempo que dejaron de fiscalizar al poder«, la existencia de figuras que el sistema etiqueta despectivamente como «agitadores» tiene una causa directa y proporcional a la negligencia de la prensa oficial
Al igual que Desokupa nace como respuesta a una ley que protege al infractor y desampara al propietario, los reporteros que hoy incomodan en los pasillos de las Cortes están allí porque los periodistas parlamentarios «de toda la vida» hace tiempo que abdicaron de su responsabilidad.
La pregunta que flota en el aire es: ¿por qué ha surgido este nuevo periodismo de choque? La respuesta es meridiana, incontrovertible y dolorosa para el establishment mediático: porque quienes deberían estar formulando las preguntas difíciles han preferido convertirse en taquígrafos del poder.
Periodistas mercenarios: El precio de una palmadita
Asistimos al ocaso de un periodismo cobarde, apoltronado y profundamente aburguesado. Una generación de redactores cuyo mayor logro profesional no es destapar un escándalo, sino conseguir que el político de turno les dé una palmadita en la espalda. Son los mercenarios de la pluma, individuos que han diseñado sus carreras no para informar al ciudadano, sino para que el Gobierno les enchufe en algún cargo público, una dirección de comunicación o una tertulia subvencionada.
Estos reporteros «de salón» jamás formularán una pregunta que el ministro no quiera responder. Han transformado la sala de prensa del Congreso en un balneario de cortesía donde se pactan los temas y se evitan las aristas. Ante esta deserción masiva del deber informativo, se ha generado un vacío de poder comunicativo que el sistema no puede controlar. Es ahí donde la figura del periodista libre cobra un valor heroico.
La suplencia del deber: Quiles y Ndongo
Ante la carencia de valor en la prensa tradicional, emergen figuras como Vito Quiles o Bertrand Ndongo. Son ellos quienes, con un micrófono y una cámara, asumen el trabajo que los «vendedores de exclusivas oficiales» se niegan a realizar por miedo a perder su acreditación o su estatus.
Mientras los cronistas adictos al régimen guardan un silencio sepulcral ante la corrupción que asedia al entorno de Pedro Sánchez o la degradación de nuestras instituciones, Quiles y Ndongo se sitúan en la primera línea de fuego. Su labor no es «agitar», es suplir la negligencia de una prensa que ha decidido ser el escudo del Gobierno en lugar de ser el contrapoder del ciudadano. Su pecado para el sistema es simple: preguntan lo que está prohibido preguntar y señalan lo que el régimen quiere ocultar.
El despertar de la prensa libre
El desprecio que la prensa oficialista vuelca sobre estos reporteros es, en realidad, un reflejo de su propia culpa. Saben que cada vez que un político huye de una pregunta de Vito Quiles, se está evidenciando la cobardía de todos los demás que estaban en la sala y callaron. Saben que cada intervención de Bertrand Ndongo desmontando el relato oficial es un recordatorio de que ellos se han vendido por las migajas de la publicidad institucional.
No es una cuestión de estilos, es una cuestión de verdad. El periodismo mercenario está herido de muerte porque ha perdido lo único que da valor a esta profesión: la credibilidad. El ciudadano ya no busca la crónica edulcorada del Congreso; busca a quien se atreva a mirar a los ojos al poder y decirle que no le cree.
Gracias a quienes no se rinden y a quienes no han puesto precio a su conciencia, la luz sigue entrando en las zonas oscuras de la Moncloa. Como homenaje a esta resistencia frente a los vendidos, nada mejor que cerrar con la música de Los Meconios, quienes han sabido poner ritmo y letra a esta lucha por la libertad de información que encabezan Quiles y Ndongo.
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