Fábricas de analfabetos | José María Nieto Vigil

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En España se está perpetrando un golpe de estado encubierto con la aprobación de las llamadas leyes ideológicas, instrumentos revestidos de la legalidad otorgada por la mayoría de los escaños de la anti España que, de manera descarada y burlona, aposenta su reales posaderas en la Carrera de  San Jerónimo y la Plaza de la Marina, a la sazón, Congreso de los Diputados y Senado. La relación de iniciativas gubernamentales aprobadas en sede parlamentaria es extensa y pinturera, cargadas de eufemismos grandilocuentes pero profundamente sectarias y frentistas. El inventario es amplio y el muestrario demasiado extenso como para permanecer calladitos, en decoroso silencio y sin la movilización social ciudadana para, de manera abierta y contundente, manifestar el rechazo abierto y explícito a las tropelías de los acólitos de un estado ateo, sectario y social-comunista. La ley de la eutanasia, la de seguridad ciudadana, la ley de amnistía, la de la Memoria Democrática o, la mal parida y esperpéntica LOMLOE (Ley Orgánica de Modificación de la LOE), son algunos ejemplos del asalto al modelo de estado del 78. Tampoco puedo olvidarme de los reiterados ataques a la institución de la  monarquía, del indulto y acercamiento de los criminales etarras a Vascongadas o, sin ir más lejos, las oscuras negociaciones con los secesionistas catalanes y los gobiernos genocidas de Venezuela o Cuba.

No cabe duda, en el calculado y taimado plan presidencial, apoyado por los comunistas reaccionarios podemitas, y sus mercenarios nazionalistas, independentistas y bilduetarras, amén de los guiños de canarios y los soplagaitas cántabros y turolense, están desfigurando el Estado Democrático, Social y de Derecho que veníamos padeciendo, con numerosos defectos y vicios, para travestirlo y convertirlo en un auténtico estado de desecho y deshecho, que parecen lo mismo pero que describen perfectamente el punto en el que nos encontramos en estos aciagos momentos.

La educación siempre ha sido un pilar fundamental en la construcción de un proyecto de futuro para cualquier nación que aspire al progreso, desarrollo y porvenir de una sociedad más justa, más libre, más competente y más solidaria. Pues bien, de manera sectaria y malintencionada, el sistema educativo español está hecho jirones, trapajos impresentables del peor paño posible. Bastante es que el fallido estado de las autonomías haya creado la desigualdad territorial, generando evidentes desequilibrios nacionales en todo tipo de asuntos, siendo el de la educación uno de ellos, especialmente grave y notorio a la luz de los diversos informes externos que nos presentan, de manera omnímoda e incontestable. Y es que, lamentablemente, existe una enorme diferencia entre Castilla y León y Andalucía,  entre la Comunidad Foral de Navarra y Canarias, o por citar algún ejemplo más, entre la Comunidad Autónoma de Madrid y Ceuta o Melilla. El cuadro dibujado con los contrastes generados es indiscutible.

Hemos conocido recientemente las nuevas directrices iluminadas en relación a los criterios académicos a aplicar en el presente curso escolar. Manda güevos, que dijera el ya olvidado presidente del Congreso, Federico Trillo, que en pleno curso, con las evaluaciones ya iniciadas, se planteen nuevas perogrulladas y exabruptos de proporciones apocalípticas. Solamente, interesa maquillar el fracaso escolar de una ley educativa infausta a golpe de aprobado general y promoción automática.

La comunidad escolar está perpleja y atónita con las nuevas medidas. Los claustros de profesores se ven desbordados y sometidos a criterios verdaderamente ridículos y deleznables. Las asociaciones de padres no saben qué hacer ante tanta tropelía y tanto latrocinio, pues ven usurpados sus derechos a exigir una calidad, tan imprescindible como necesaria, y a poder elegir el tipo de modelo educativo que quieren para sus hijos. Los sindicatos de enseñanza, que no han sido consultados previamente, se manifiestan profundamente contrariados y agraviados, por el más absoluto desprecio con el que actúa el Ministerio de Educación y Formación Profesional. Considera, ya que es así, que los profesores se han convertido en el chivo expiatorio para poner en marcha tan rocambolescas instrucciones. Es una pedrada más en esa permanente dilapidación del sistema educativo que, de manera inexorable, camina hacia su propia inmolación. El vendaval de la estupidez galopante se está llevando por delante lo poco que quedaba de la calidad de la educación.

Nuestros colegios, institutos y centros de formación de enseñanzas medias se han convertido en fábricas de analfabetos funcionales. Así de claro y así de concluyente es mi personal opinión que, desde el ejercicio docente, puedo manifestar  con una experiencia profesional ejercida desde hace más de treinta y dos años de trabajo en el aula. Hemos ido involucionado, o si prefieren, hemos ido decayendo en todos los aspectos que nos permiten ejercer nuestra noble e importantísima tarea. Triunfa la vulgaridad, la mediocridad es la nota dominante, la cultura del trabajo y del esfuerzo ha sido relegada al trastero, las supuestas competencias descritas en la ley se han tornado en incompetencias flagrantes y sangrantes, la atención a la diversidad es una pamema y una pantomima de belleza exclusivamente estética, el fracaso escolar se disfraza a fuerza de informes y estadísticas que no manifiestan la esencia real del problema, la autoridad del profesor es un sueño para muchos de los docentes implicados, el talento y la excelencia han sido proscritos en nombre del igualitarismo, la censura y la imposición ideológica de contenidos es una realidad palmaria y vergonzosa, en definitiva, un panorama ciertamente desalentador y terriblemente preocupante.

Hoy, lo digo con profundo conocimiento de causa, es muchísimo más difícil aprobar que suspender. La pedagogía de la zambomba, la pandereta, la plastilina y los dibujitos ha sustituido el afán por aprender de nuestros alumnos que, de forma incontestable, se han convertido en dueños y señores de su propio proceso de aprendizaje, olvidándose de quién es la verdadera autoridad educativa, el profesor. Les aseguro que las faltas de ortografía, consecuencia de la falta de afición a la lectura, siendo la llamada competencia lingüística todo un oprobio; la capacidad de reflexionar y expresar una idea es una tarea ardua y muchas veces imposible, es decir, se están instruyendo y formando a generaciones de jóvenes iletrados, analfabetos y personas desmotivadas por acceder al conocimiento. ¿De qué sirve estudiar si no estudiando se alcanzan las mismas metas que no estudiando? ¿Para qué sirve la Filosofía, la Música, la Lengua, la Historia o la Literatura? ¿Suspenso, qué es eso? Las recuperaciones de septiembre se han suprimido, sustituyéndolas por otros criterios de recorta y pega. Se puede acudir a las pruebas de la EvAU –pruebas de acceso a la universidad, por cierto cada vez menos exigentes- con un área suspensa. En la enseñanza obligatoria, da igual Juana que su hermana, no importa lo que no  aprenda si el curso que viene estaré en el siguiente nivel. Los alumnos, como es natural, han recibido con evidentes muestras de júbilo el nuevo escenario planteado, así me lo han manifestado, aunque en honor a la verdad señalaré  que algunos, curiosamente los que estudian, se muestren alucinados, sometidos a la ley del perverso igualitarismo. No son capaces de alcanzar a entender tal desaguisado.

Queridos lectores, siento ser tan pesimista y describir tan esperpéntico modelo educativo. Sin embargo, mi opinión es en absoluto gratuita. Está avalada por un profundo conocimiento de causa. Me considero una víctima de un horrible sistema que me convierte en cómplice de tal latrocinio, en comisario de una ley que dinamita toda expectativa de calidad y mejora, en definitiva, en un sujeto que, como una veleta, se encuentra a merced de los vientos. Les aseguro que, en el último tramo de mi carrera profesional, no cejaré –aunque ello me genere más de un conflicto- en mi empeño por ser un educador, un docente que le soy por vocación, no por profesión que es distinto; intentaré inculcar valores trascendentales a nuestros alumnos; buscaré con denuedo el amor a la lectura y la escritura; aspiraré a respetar la historia, ahora profanada y tergiversada; intentaré colaborar en su proceso de crecimiento y competencia social-afectiva,  ciertamente desdibujada a la luz de los comportamientos sociales que venimos sufriendo; no descuidaré la atención a una competencia olvidada intencionadamente, la espiritual y religiosa; provocaré la una estrecha y personal relación entre alumno y profesor desde el reconocimiento del principio de autoridad educativa; atenderé a la diversidad, pero la de todos, no excluyendo a los de siempre, es decir, a los que aspiran a la excelencia, aunque no lo sepan. Aquí reside mi pasión por la educación, no por la mera instrucción en saberes –cada vez menos- o por un magisterio sin alma ni conciencia.

La batalla se presenta difícil, pero no imposible, creo que existe un margen que aprovechar para evitar un desastre educativo cuyas consecuencias y efectos ya estamos sufriendo, pero que serán mucho mayores para nuestras generaciones venideras. Me niego a la claudicación, no acepto que nuestros centros de enseñanza se conviertan en fábricas de analfabetos o en campos de reeducación al servicio del sectarismo ideológico.

José María Nieto Vigil | Escritor