España es hoy un Estado fallido define la realidad de un país donde el poder político rompe la igualdad ante la ley.
Un país que ha perdido el rumbo institucional
La expresión España es hoy un Estado fallido ya no pertenece al debate académico. Describe una realidad que millones de ciudadanos sufren cada día. El deterioro de los servicios públicos, la corrupción como norma, la inseguridad jurídica y la quiebra de la igualdad muestran un sistema que no funciona.
En la España de Pedro Sánchez, viajar en tren se ha vuelto una ruleta rusa. La cadena de incidentes ferroviarios con decenas de víctimas demuestra la degradación de un servicio básico. El ciudadano ya no confía en el transporte público. Prefiere su coche antes que una infraestructura que falla constantemente controlada por un Estado ineficaz.
España es hoy un Estado fallido también se refleja en la injusticia fiscal. Los impuestos dependen del código postal. Un español paga más o menos según la comunidad donde viva. Eso rompe el principio de igualdad que debe regir en una nación unida.
El español – el idioma común- sufre persecución en varias regiones. En parte de España, hablar español en la escuela o en la administración genera conflictos. Un Estado que no protege su lengua oficial deja de cumplir su función básica.
Esa política genera ciudadanos de primera y de segunda. Un español no recibe los mismos servicios según la comunidad. El Estado ya no garantiza igualdad.
Corrupción, censura y sumisión mediática
España como un Estado fallido se consolida cuando la corrupción deja de ser una excepción. Hoy forma parte de la estructura del poder. Es la norma. Desde ministros a políticos pasando por cargos públicos, los escándalos se encadenan sin consecuencias políticas reales.
El Gobierno no rinde cuentas. Los grandes medios viven subordinados al poder. Las subvenciones públicas compran silencios y titulares dóciles. La prensa deja de informar y pasa a proteger al Ejecutivo. Ese control mediático sirve para ocultar el desastre. También sirve para atacar a quien denuncia. La sociedad civil sufre cancelaciones, vetos y campañas de desprestigio. El Estado actúa contra sus propios ciudadanos críticos.
Los jueces cumplen con su deber, no obstante, el Gobierno los señala cuando investigan al poder. En este Estado fallido, el Ejecutivo no respeta la separación de poderes. Sánchez desacredita a los magistrados que no obedecen su relato.
Ese clima erosiona la sociedad. Un país donde se ataca a la Justicia desde el mismo gobierno deja de ser un Estado de derecho. La inseguridad jurídica ahuyenta inversión, empleo y confianza.
Desigualdad territorial y fractura nacional
España es hoy un Estado fallido también se expresa en la fragmentación territorial. El Gobierno pacta con fuerzas que buscan romper la nación. Cede competencias, dinero y privilegios a cambio de mantenerse en el poder. Y mientras esto ocurre, España se fragmenta, se rompe.
La unidad de España sufre un ataque constante. El Ejecutivo premia a quienes desafían la unidad de España y castiga a quienes la defienden. Esa lógica debilita la cohesión social.
Las regiones donde se persigue el español viven una situación inaceptable. Un Estado serio protege a sus ciudadanos. En un Estado fallido como España los abandona.
Un sistema que castiga al que cumple
El ciudadano honrado sufre el peso del sistema. Paga impuestos altos y recibe servicios pobres. El esfuerzo no encuentra recompensa. La administración se vuelve lenta e ineficaz. Los trámites bloquean la actividad económica. Este Estado fallido dificulta emprender, trabajar y prosperar.
Mientras tanto, el poder político crece. Multiplica cargos, asesores y estructuras. Es la casta política. Además, el Estado engorda el sistema autonómico. Un modelo que lejos ha acelerado la fragmentación de España, ha debilitado la soberanía nacional.
Sí, España es hoy un Estado fallido y es el resultado de años de sistema partitocrático corrupto, corrupción y control político.




