Decía el eximio D. Ramiro de Maeztu, el creador del mejor prontuario de Hispanidad, que ser es defenderse. Convencer a un pueblo de que no está en guerra (aunque esté ya inmerso de lleno en ella), y que los malos inmovilistas pretenden desatarla y romper su deleitosa y próspera paz, es la peor de las argucias para el sometimiento, la manipulación y la destrucción.
Llaman muerte silenciosa a esa acumulación imperceptible de colesterol malo en las venas, que va obstruyendo el flujo de sangre que oxigena y limpia el organismo, hasta que el cuerpo colapsa y muere.
Así ocurre con el espíritu del pueblo español, las venas por las que corría libremente, purificando y oxigenando el alma, la verdad, el bien, la belleza y, en fin, nuestra impar tradición, se han ido obstruyendo (imperceptiblemente) con todo tipo de patrañas envenenadas, libérrimas y progresistas ellas.
Como todo en la historia, ese proceso de esclerosamiento fue progresivo, con momentos críticos, que, en nuestro más cercano pasado se consolida en la Constitución de 1978, al parecer, firmada por tirios y troyanos, ansiosos de un cambio radical. Tal parece, que quisieran reinventar España.
Continuos son los signos de degradación en el presente español, y mundial. El sexo (masculino y femenino, se sobreentiende) es un invento social; la familia que llaman tradicional, es una superchería opresiva y heteropatriarcal, por ello, ahora la puede conformar cualquier cosa (menos la natural, claro, no entremos en detalles escabrosos); cualquier desviación sexual es una opción personal respetable (incluso la pederastia); la buena educación es una manifestación de sometimiento; la patria es una patraña fascista (pronúnciese con mucho asco, que sino no es lo mismo). Obstruidas las venas de la razón y la moral, todo es posible.
Esta opilación del alma permite mantener a la persona, al pueblo, en un útil cretinismo infantil manipulable, depósito de todas las majaderías e instintos exacerbados, y quitan la fortaleza de nuestro arraigo histórico, pues la canalla intuye (no me atrevo a decir que leyó) lo que ya dijo, entre otros, Cicerón, que ignorar el pasado nos condena a una infancia eterna. Sí, mejor inventar la verdad oficial a conveniencia del tirano, que después creará leyes represivas para someter el entendimiento.
Percibo la España de hoy, bueno, el territorio donde debería estar España, como una ergástula de mediocridad, inmersa en una aporía falaz y traicionera, madre de todas nuestras desgracias, donde se ahoga el juicio, las virtudes y la tradición toda.
Nos regalan, generosos estos demócratas progresistas, libertad, a los que, por definición, nacimos libres, pues, como señaló Cervantes, el gran D. Miguel, la libertad es uno de los dones más preciados que a los hombres dieron los cielos, por la que podemos y debemos perder la vida; por tanto, defenderla con bravura de toda esta calaña de embaucadores. Pero, la verdadera libertad es hija de la responsabilidad, del señorío del alma, no hay otra; no la poseen las bestias (aunque hoy parece que tienen más derechos que nosotros), y a los hombres no nos la concede nadie.
España se muere ante la indiferencia general, sin advertir que los diversos síntomas son manifestaciones de la enfermedad que debemos atacar. Incapacitados para la defensa, la invasión se apodera sin resistencia de la patria, pues ésta, es entendida y defendida por amor, única vía de sacrificio honesto y fecundo; pero solamente podemos amar aquello que conocemos, y como ya señalaría (actualizadas sus palabras) aquel prócer del socialismo hace algún tiempo, a España ya no la conoce ni la madre que la parió, expresado con ese bello y elegante lenguaje progresista y actual.
¡No a la guerra!, proclaman los más conspicuos pacifistas, demócratas y progresistas de toda la vida. Pero, esa proclama es veneno para el alma, es negar la gallardía, la posibilidad de defensa, la anulación del espíritu, es la aniquilación de nuestro ser, es renunciar a nuestro futuro, es claudicar de nuestro deber.
Todos esos que vocean el no a la guerra, con ese pacifismo enfermizo e invalidante, son los cínicos que mantienen la guerra oculta de su destrucción, la guerra infame e hipócrita contra las esencias nacionales, contra todos los valores de España, una losa que aplasta nuestra dignidad y nuestro entendimiento, adornada de fraternidad universal, que no parece incluir a España.
¿No a la guerra contra el terrorismo? ¿No a la guerra contra la invasión? ¿No a la guerra contra la mentira? ¿No a la guerra contra nuestra pereza y todas nuestras debilidades personales, contra nuestra cobardía?
La vida (la verdadera), de las sociedades y del alma personal, es lucha permanente, es guerra (no lo dude el paciente lector, siempre hay una guerra, siempre un enemigo, incluyéndonos a nosotros mismos); el secreto es saber, entender, donde está el enemigo, y en la defensa gallarda del bien y la verdad contra él, estará nuestro triunfo sobre la tiranía, estará la salvación. Es, según nuestros clásicos, la obligada guerra justa, obsesión de España, muchas veces ventaja del enemigo.
Pero, como no pertenecemos a la enredosa y sombría Escuela de Frankfurt ni somos herederos del desquiciado de Gramsci, que solamente proponían destrucción (revolución), daremos la fórmula de la salvación, que libera las arterias que llevan la sangre limpia desde el corazón de España, tan sencilla como la religación con lo nuestro, tan sencilla como que es lo de toda la vida: familia (la de verdad, claro), Iglesia (que es comunidad y comunión), estudio (¡uf!), trabajo (más uf)… tradición.
Esa fórmula magnífica y liberadora, clásica, a la vista de cualquier observador no perturbado, lleva al ejercicio de unas virtudes que son hidalguía: rectitud, valor heroico, benevolencia, cortesía, lealtad, honor, prudencia.
La elaboración y seguimiento de la fórmula, tiene una condición, su integralidad. La utilización hipertrófica o exclusiva de uno de sus componentes, la hace inhábil, nos hacen perder el sentido de la realidad, y su aplicación (obligada) en el mundo concreto. Al cielo se debe mirar con los pies bien afianzados en la tierra, donde ganamos la salvación.
A veces, miramos las distintas manifestaciones de la enfermedad, quizá por evidentes, y pretendemos curar cada síntoma por separado. Podemos, sin duda, combatir también los síntomas, no será inútil, pero no debemos perder de vista la enfermedad que los ocasiona.
Podemos pertenecer con sano orgullo a un grupo provida, a uno religioso, a otro de estudios históricos, a un círculo de cortesía y buenas maneras (¿nos acordaremos de qué es esto?), sería estupendo, pero no debemos olvidar que son parte integral de un todo armónico. Ojalá recobremos con el sano sentido de la prudencia debida aquella armonía imprescindible.
Hoy, el mal ha llegado tan lejos, está tan avanzado, que se puede pitar el himno nacional y quemar la bandera, y no faltará algún perturbado de los medios oficiales que lo señale como libertad de expresión, lastre para someter la dignidad nacional, del valor para defender a España. Es lógico que el irenismo, además de un torpe absurdo peligroso, sea catalogado como herético. Claro que aquel pacifismo es interesadamente selectivo. Quizá debamos volver a explicar con qué se castiga la traición a la patria.
Debemos volver los ojos hacia nuestros sabios, santos y héroes, y aprender de nuestros antepasados lo que quieren que olvidemos; si lo hacemos, entenderemos bien las palabras que San Isidoro de Sevilla escribió hace ya tantos siglos: «La victoria se llama así porque se obtiene por la fuerza, esto es, por el valor… Una auténtica victoria es la que se consigue con el aniquilamiento del enemigo, o con su despojo, o con ambas cosas a la vez».
Sí, definitivamente es peligroso volver a nuestra historia y valores, a la gran verdad de nuestra sabiduría, y resulta beneficiosa la castración del alma nacional con la aplicación de leyes espurias y represivas que sometan la razón y el criterio, como ocurre hoy, que pretenden que hasta los hijos y lo privado pertenezcan al Estado. De todas formas, nada nuevo.
¡¡SUUUS!!
Amadeo A. Valladares Álvarez | escritor
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