Hechiceros y hechizados | Jesús Aguilar Marina

Elocuencia de los gobernantes

El azar, que a veces se disfraza de genio benévolo cuando visita la cuna de los afortunados, suele transformarse en un elfo maligno en cuanto las cámaras le toman un primer plano. Llega cargado de dádivas, pero su generosidad, repetida en exceso, termina siendo fatal. A no pocos gobernantes ese buen genio les ha otorgado, además de cierta habilidad para la trampa, el don deslumbrante —y peligroso— de una elocuencia cantinflesca y falaz.

Las palabras que brotan de los labios de un figurante inspirado —y todo gran predicador, todo abogado célebre, todo político genuino es, entre otras cosas, un actor consumado— ejercen sobre el ánimo del auditorio una influencia casi mágica. Pero el fanatismo que siembra en la multitud ese poder formidable del comunicador público, demagogo en su inmensa mayoría, produce efectos profundamente perniciosos.

Tanto la condición de demagogo como la de secuaz son socialmente desastrosas, pero para ciertos individuos suelen ser bien aprovechables. Ambas llevan dentro de sí pasiones intrincadas que permiten a quienes las practican desenvolverse con éxito en diversos ambientes. Cuando un relatador o un informante tocado por el veneno de la maldad persuade a sus oyentes de la justicia de una causa injusta, la comunidad entera queda dañada.

Quienes apelan a los recursos de la oratoria y a las triquiñuelas del lenguaje para inculcar ideas incorrectas o inmorales incurren en los procedimientos más viles de que es capaz el ser humano. Por su parte, la lealtad sectaria, ejercida en nombre de un grupo, que es, por autodefinición, solidario y bienhechor, puede admirarse a sí misma y dotarse de superioridad moral frente a sus adversarios u oponentes.

De modo que demagogos y correligionarios pueden ambicionar el poder, codiciar la riqueza ajena, gozar de los placeres de la violencia y de la sevicia, no sólo sin sentimiento de culpa, sino con ínfulas de virtud consciente. La lealtad al grupo y los halagos de la propaganda convierte a los vicios deplorables en actos de solidaridad y de progreso. Y los dogmáticos se consideran idealistas y generosos, nunca incívicos o retrógrados.

Y cuanto más mitificados están los demagogos y más adulados sus seguidores, menos inclinados se hallan aquellos a expresar alguna verdad y éstos a plantearse alguna autocrítica. El problema radica en que tanto el discurso como la actitud de unos y otros no es más que vanidad y baja ambición, y su ideal y su filantropía por los cuales están dispuestos a impedir el normal desarrollo de la vida ajena, no son sino la materialización de los intereses particulares y las pasiones de secta.

Lo cierto es que, en la estructura cultural que nos sustenta, la demagogia, tan vieja como la civilización, goza hoy de una salud envidiable. Nunca fue tan fácil convertir la palabra en consigna ni tan sencillo disfrazar la mentira de verdad incuestionable. El político que promete soluciones mágicas, el líder que agita resentimientos latentes o el comunicador que reduce la complejidad del mundo a un eslogan tendencioso encuentran, en esta época de hedonismos y de ignaros voluntarios, un terreno fértil para su arte maléfico.

De modo que, cuando la mentira y el abuso se hacen omnipresentes, cuando los crímenes se convierten en virtud y cuando se institucionalizan las aberraciones —y todo ello es aceptado por la comunidad—, la vida pública se degrada hasta volverse insoportable, por infrahumana. La convivencia, que debiera sostenerse en la razón, en un código moral y en un debate transparente y libre se ha deteriorado hasta la asfixia. La oratoria manipuladora se ha convertido en un hábito cotidiano. Y la multitud, envuelta en indiferencia y confusión, acaba aplaudiendo a sus tiranos y dándole la espalda a la realidad.

Lo cierto es que esta degradación no es inocua y que la actualidad nos muestra a unos políticos sin escrúpulos cuyas facultades oratorias se prestan al ejercicio de la apariencia permanente. Y a unas masas hipnotizadas y lactantes consentidoras del engaño. Y lo cierto es que esta realidad enferma, enquistada en el Sistema democrático impuesto, nunca podrá sanar mediante la monótona reiteración de unos comicios que, además, están bajo sospecha.

Frente a ese panorama, no basta con lamentarse. La demagogia prospera allí donde la ciudadanía abdica de su capacidad crítica, de su responsabilidad intelectual y moral. Por eso, la tarea de recuperar la palabra honesta, la verdad, no puede abandonarse al criterio de unos gobernantes que viven de la mentira, sino entregarse a cada individuo que se niegue a ser tratado como un súbdito emocional.

Ir contra ese estado de abducción es, precisamente, el fin permanente de la filosofía y de la religión verdaderas, empeñadas en liberar a la humanidad del engaño. Ambas tradiciones, tan distintas en sus métodos, coinciden en una misma exigencia: la de despertar. Despertar del embrujo de la palabra mendaz, de la confusión que desorienta, de la comodidad que adormece. Despertar para mirar el mundo con ojos propios y no con los que nos prestan los victimarios.

Asunto éste del que huyen por unas u otras causas, los hechiceros y los hechizados, protagonistas todos ellos de la farsa. Quizá no podamos desterrar a los demagogos —siempre encuentran un escenario predispuesto a su hipocresía—, pero sí podemos negarnos a ser su público cautivo. Y ese acto, modesto pero decisivo, es el primer paso de los espíritus libres para reconstruir una vida pública más veraz, más cultivada y, sobre todo, más digna.

Jesús Aguilar Marina  | Poeta, crítico, articulista y narrador


Tags: Azar, Gobernantes, Elocuencia, Política, Trampa, Poder, Retórica

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