Cuando una sociedad renuncia a su conciencia y sus instituciones abdican de su deber, sólo queda la lucha entre la bestialidad que avanza y la dignidad que resiste.
Una orquesta de millones de moscas atraídas por la pudrición lleva años haciendo sonar en España su sinfonía tediosa. Nadie sensato, con ojos útiles en la cara, puede dudar ya de tal evidencia. Mas esta asfixiante putrefacción que usted, amable y perplejo lector, contempla con espanto cada mañana al levantarse, podría purificarse.
Y ello tan sólo con que una Corona amante de su reino lo quisiera; o que unas Fuerzas Armadas y de Seguridad cumplieran con su obligación y lo desearan; o que la Justicia aspirara sencillamente a justiciar y no a venalizarse; o que una intelectualidad y un poder mediático con vergüenza torera pusieran su capacidad creadora al servicio de la dignidad; o si el pueblo, acertadamente representado y liderado, anhelara una convivencia verdaderamente solidaria y cívica. Y no digamos si todos ellos lo ambicionaran al unísono. Pero no quieren.
Unos, porque son la putrefacción misma y su naturaleza les hace, por definición, irredentos para la gracia. Otros, porque los cantos de sirena del oprobio y de sus agentes les han hecho sentir la inadecuación de su existencia personal: el límite de su yo ante la inmensidad cósmica. Un descontento de sí mismos, un anhelo de trascendencia irrealizado e irrealizable.
Hecho significativo éste que se ha demostrado en ciertas épocas y sociedades a lo largo de la historia. Cuando la autotrascendencia se realiza hacia arriba, se llega al misticismo extremo; pero cuando se efectúa hacia abajo —cuando se trasciende destruyendo, como ocurre en nuestros tiempos— el ser humano se enjarcia con lo bestial y cae en el inframundo. Y quienes se dejan atrapar en su tolvanera sufren un extravío moral que los acaba sumiendo en la más completa alienación.
Lo cierto es que ninguna sociedad que se asiente en la práctica generalizada de esta inclinación llega a sobrevivir. El hombre actual pertenece a una masa humana que le roba la conciencia de ser él su propio yo y lo arrastra a las tinieblas de un reino donde lo individual no cuenta, donde no existen responsabilidades, sino un enajenamiento gregario.
No obstante, a los amos no les interesa una sociedad descontrolada, porque la defensa de los dirigentes contra el delirio de las masas y sus consecuencias es de eficacia incierta. De modo que, agrupados como una chusma, pero controlados, esos hombres y mujeres son conducidos como si no poseyesen facultad racional ni gozasen de libre albedrío, aunque dejándoles, de momento, la espita del hedonismo sexual y consumista.
El caso es que la enajenación masiva reduce a las multitudes a una condición por debajo del nivel de la persona, hundiéndolas en la irresponsabilidad antisocial. En tal estado, no sólo darán crédito a cualquier disparate: también estarán dispuestas a actuar a partir de una exhortación o una orden, por aberrantes, perversas o criminales que éstas sean.
La esperanza consiste en que, por fortuna, ninguna sociedad ha llegado a abandonarse absolutamente a la práctica de teorías semejantes. Contra los abusos extremos de la bestialidad, toda sociedad se halla en condiciones de protegerse con éxito.
Si hubiera hoy en España —y en sus instituciones— un mínimo residuo de dignidad y de anhelo por la libertad, por la verdad y por la belleza, los liberticidas corruptos que manejan el timón, junto con sus cuates, serían sólo unos fantasmas irresolutos, unos espantajos disfrazados de faraones, en vez de los césares impunes que son en esta amarga realidad.
La solución pasa por que España —los españoles de bien— abandone esa fatiga natural de todas las naciones vencidas cuando sueñan con el caudillo que podría salvarlas de la vergüenza y de la ruina, y sus mejores hombres decidan ser sus propios caudillos, sus invencibles regeneradores.
Jesús Aguilar Marina | Poeta, crítico, articulista y narrador
Tags: España, crisis institucional, regeneración moral, valores cívicos, sociedad española, dignidad, política nacional




