Autonomías y elecciones hacen de España una caricatura | Jesús Aguilar Marina

Farsa del 78

Se dice que Gengis Khan recriminó a sus descendientes la carencia de aptitudes para el difícil arte de mantener la unidad, y con ella la Pax Mongólica en su vasto imperio, relatándoles, en síntesis, el siguiente cuento:

«Había una vez una serpiente con una sola cola y varias cabezas y otra con una cabeza y muchas colas. Llegó un invierno muy duro y ambas hubieron de buscar su escondrijo. Para la serpiente de múltiples cabezas todos eran exiguos. Las cabezas tropezaban unas con otras, peleándose, hasta que, por fin, cada una encontró para sí un agujero especial. Pero el cuerpo hubo de permanecer a la intemperie y, con él, todas las cabezas perecieron. Por el contrario, la serpiente con una sola cabeza encontró su refugio, ocultó todas sus colas bajo su cuerpo, y así pudo esperar el deshielo».

Ya que el Rey es tan irresponsable como un florero, es decir, una figura que nada cuenta —salvo para cobrar la nómina—, según tratan de convencernos el propio interesado y los entendidos de la cosa, ¿qué líder o qué líderes, entre tantos millones de españoles, está hoy capacitado para entender este supuesto relato del gran jefe mongol? Y, más allá, dotado de indudable amor a la patria, ¿qué líder —o qué líderes—sería capaz de llevarlo a la práctica y convertirse en la cabeza del reino?

Lo cierto es que nadie razonable, es decir, objetivo, duda a estas alturas de que las autonomías eternizan el rito de los palacios y se basan en la basura narcisista regional, en la ambición de los políticos locales y en el ombliguismo cultural representado por la intelectualidad más venal y áulica. Hoy, una de las numerosas y variopintas hipocresías al uso es la falsa tolerancia ante el desbarajuste y despilfarro de los virreyes.

Los españoles de la Farsa del 78 enmudecen ante las excentricidades, el populismo, la demagogia de esos políticos de periferia, que, envueltos en banderitas exclusivistas, obnubilan a las multitudes con demagogias supremacistas y demás argucias emocionales dirigidas no a las cabezas ciudadanas, sino a sus hígados y estómagos, es decir, a sus instintos. Enmudecen ante su codicia, su inmoralidad, su engreimiento de advenedizos, la insolencia de su jactancioso exhibicionismo separatista, la deslealtad, el disimulo, la palabrería de los legal y legítimamente fracasados…

Y no sólo enmudecen, sino que los eligen y reeligen en las innumerables e inútiles elecciones. Sin embargo, a esos políticos elegidos y reelegidos que viven de nuestros impuestos y que no se libran de la tentación del popularismo mezquino, lejos de votarles, habría que exigirles, no ya honradez y cordura, que es imposible, sino cuentas por sus despilfarros y latrocinios. Y añadir grilletes a sus tobillos.

Con permanente oportunismo, aprovechándose siempre de la confusión y de la debilidad de sus chantajeados, estas gentes quieren volver a la horda y montar en cada campanario una taifa con mercenarios y ametralladoras a disposición, además de mantener bien alimentado el correspondiente terrorismo autonómico en la recámara.

Es obvio que la Farsa del 78 ha colaborado, entre otras perversiones, a la efervescencia de nacionalismos centrífugos que, buscando más lo que separa que lo que une y vendiéndose siempre al mejor postor, van camino de fragmentar la patria no ocultando su objetivo separatista último.

La España de las autonomías ha exacerbado el cisma y la insolidaridad. Y gracias al primero de estos efectos se ha generado una corriente de exiliados debido a la amenaza violenta contra el disidente o a la presión política-ideológica ambiental. A dichos confinados les será imposible regresar a su tierra en tanto no desaparezcan las condiciones sociopolíticas que han originado su exilio.

El separatismo, con sus legislaciones despóticas y sus excrecencias terroristas, ha destrozado la convivencia, y con tal destrucción todo sueño universalista y todo afán solidario. Es decir, todo progreso verdadero. Apoyado, como decimos, por un terrorismo —más o menos larvado— que convive sin obstáculos con un patriotismo de señoritos en el que no pocos intelectuales a la violeta, ideólogos de políticos de tercera, pueden servir de ejemplo.

De modo que estas lealtades políticas espurias son causa del avance sedicioso y del desdén al patriotismo español. El fanatismo, el odio y los oportunismos de todo tipo han alentado, en definitiva, la centrifugación de España. Porque no debemos olvidar que la identidad de una nación se basa en una suma de patrias y de lenguas, y no en la exclusión de unas por otras. Ni tampoco dejar de recordar que la propaganda separatista suele conseguir que sus conciudadanos en general duden de lo que son y de lo que quieren ser. Y que eso los lleva a la esquizofrenia.

Lo cierto es que —aparte de pitidos al himno nacional y quemas a su bandera—, desde el inicio de la Farsa del 78 se decidió utilizar una taimada, pero firme política separatista con la inestimable ayuda de los Gobiernos centrales que, para mantenerse en el poder con la ayuda de los votos periféricos, no dudaron en esconder la cabeza bajo el ala ante la presión social impuesta por los políticos autonómicos en asuntos esenciales como el idioma y la educación, entre otros muchos.

Pero lo que al principio fue bellaquería más o menos disimulada, poco a poco se resolvió en audacias de tiranos. Y entre unos y otros decidieron transformar el tinglado político en un todo equívoco e interpretable a conveniencia, cuando no en escisión pura y dura.

Como colofón a lo antedicho, traigo el alimento intelectual de Tomás de Aquino, filósofo y teólogo medieval a quien ni los más atrevidos osarán tildar de facha o de franquista: «El bien de una multitud que vive junta, es conservarse conforme y unida, que es lo que llamamos paz, y si ésta falta se pierde la utilidad de vivir en compañía; y antes los muchos, siendo disconformes, serían dañosos a sí mismos. Y esta ha de ser la principal intención del que gobierna: procurar la unidad que nace de la paz».

En fin, ahora, en Andalucía, llegan las enésimas elecciones. Despilfarradoras y estériles, como todas, pues sólo sirven para justificar las corruptelas y el ego de los políticos. Mientras los españoles sean incapaces de meter a estos diablos periféricos y centrales y a sus redes clientelares en el infierno, España no podrá ser España, sino su caricatura. O no ser.

Jesús Aguilar Marina  | Poeta, crítico, articulista y narrador


Tags: Farsa del 78, autonomías, separatismo, unidad nacional, corrupción política, nacionalismo, España.

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1 comentario en «Autonomías y elecciones hacen de España una caricatura | Jesús Aguilar Marina»

  1. Muchos personajes históricos del pasado ya avisaban de este hecho: «las Autonomías es el germen de destrucción de España», el que olvida los errores del pasado está condenado a repetirlos

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