Muchas veces, especialmente en nuestros negligentes, indolentes y desventurados tiempos, es difícil entrar en la enorme profundidad y significado de nuestra gran literatura del Siglo Oro, y, entre tantas maravillosas obras, acceder a la entraña de aquella magnífica obra de Cervantes, El ingenioso hidalgo D. Quijote de la Mancha, texto usado en muchas escuelas, de antaño, claro, como libro de lectura para los niños. ¿Cuántos adultos hoy habrán leído la inmortal obra?
Desde luego, una de las lecciones más sencillas que de él podemos sacar, es la idea de que cuando se distorsiona la realidad, la iniciativa más noble, se puede convertir en un desatino de injusticia, y es que, el único camino de justicia es la verdad, ese absoluto que queda hoy diluido en el derecho a cada sandez individual. Uno más uno dejó de ser dos, como por ensalmo de un nuevo Sabio Frestón.
En fin, reconozcamos esta realidad, y, arrepentidos de nuestros errores, hagamos santa penitencia (uf, qué antiguo) y recuperemos con sinceridad la antigua senda de la virtud y el bien, de la tradición heredada de nuestros mayores, que, retroceder en el camino, es hoy garantía de sano progreso y recuperación del espíritu; de salud del alma. Religarnos con nuestra historia y tradición será el cauterio a tanto mal.
La ignorancia, por eso buscada con tanto afán por los tiranos y degenerados, es condición para la desviación de la justa acción, distorsiona el criterio personal, y, así, se puede reorientan a la masa embrutecida hacia intereses espurios y destructivos.
El conocimiento y la razón, dirigidos por la virtuosa voluntad, doblega la inclinación a la acción injusta y, muchas veces tan difícil, a nuestra propia soberbia. Hay un bien trascendente que debemos conocer y al que debemos servir.
Uno de los conceptos más pervertidos hoy es el sentido de autoridad, eje del orden, el hedonismo y el egoísmo inoculados en la sociedad, han turbado la razón, han exacerbado la confusión y han corrompido el sentido de la dignidad personal. Pero ya lo señalaron con toda lucidez nuestros sabios y teólogos, la autoridad debe cumplir el orden divino, las leyes divinas y naturales; según lo cual, tal parece, ya no existe hoy autoridad legítima.
Esta misma tradición nuestra señala, podemos decir que como virtud, al tiranicidio, a la eliminación del déspota que no cumple el primero las leyes morales, causa honda injusticia social y destruye la herencia de nuestros mayores. El tiranicidio es justicia debida, es decir, antes una obligación que un derecho.
La democracia liberal de partidos, manipuladora de todas las debilidades humanas, tan abierta que se le perdió el cerebro y la moral, no es en absoluto garantía para mantener aquel orden divino y natural (acaso lo mismo) señalado; es, en realidad, el caldo de cultivo para todo tipo de microorganismos destructores de la civilización, la moral y la razón.
El modelo que debemos seguir es el nuestro, la hidalguía, entendiendo que la virtud es la verdadera hidalguía, no la vana presunción, camino de picardía, no de nobleza. La fama, virtud hidalga, se gana, no es una impostura, no se simula; el impostor es merecedor del más severo rechazo, pues transmuta la verdadera hidalguía en fanfarronería, como aquel famoso de «espátula y gregüesco», del conocido soneto satírico.
En el «Retablo de las maravillas», famoso y sarcástico entremés del mismo autor que el Quijote, se burla Cervantes de la obsesiva y superficial manifestación por la limpieza de sangre (noble afán cuando es prudente y sincero), que se convierte en algo grotesco, en pedantería hipertrófica, en impostura.
Pues esa obsesión de antaño, se transforma hoy en prurito democrático; el que no se manifiesta, ante todo, de progresista demócrata, cae inmediatamente en descrédito, y cualquier argumentación que siga sin este antecedente, es automáticamente tildado, como poco, de fascista, y, con esa catalogación, es absolutamente desacreditado, y concede al demócrata pluralista y libérrimo toda autoridad moral para el desprecio más soez, aunque no aporte ninguna razonable argumentación, al fin, la razón (como la moral) ya no está de moda.
Hoy vivimos sometidos a una nueva farsa (no tan nueva) de una nueva Condesa Trifaldi, que nos enajena con una visión sesgada de la verdad y la cultura, y que podemos identificar con la Escuela de Frankfurt, que consiguieron el triunfo de la deseada revolución (destrucción) a través de la guerra cultural, parasitando todo tipo de instituciones (la universidad, la escuela, la política, las ONG, y hasta la mismísima Iglesia), teniendo como su despreciable gigante Malambruno a toda la tradición occidental, y como absurdo amparo a todas las democracias liberales del planeta, incluida la de EE.UU.
El honor de Don Quijote es puro, auténtico, pero está distorsionado porque se le secó el entendimiento de tanto leer libros de caballerías. Así le fueron secando el entendimiento y el alma a nuestros jóvenes con tantas bachillerías modernistas y libertarias, anulando su capacidad de criterio y su sano afán de lucha, ingenuo, primario, pero auténtico y necesario, les aislaron de la vinculación con su propia identidad.
A todas estas generaciones de condescendientes hijos de la sociedad homogénea, les pasa lo que a D. Quijote y al pobre de Sancho, que tras la descabellada aventura de dar la libertad a los delincuentes, estos les apedrean y desnudan, robándoles todo lo que tenían. Sin referencias morales e intelectuales, permiten los jóvenes a sus liberados verdugos (que liberaron generaciones anteriores), que les apaleen y les roben, y en pelota como nuestros protagonistas de la insigne novela, vagan por el mundo. Al menos, nuestro Don Quijote se sintió mohinísimo tras la infeliz e ingenua aventura. Ahora, el delirio llegó a tal extremo, que tenemos a los delincuentes en el propio poder, en la mismísima administración de la nación.
Hagamos votos para que nuestros jóvenes (hay viejos que parece que ya están completamente perdidos, habiendo claudicando hace tiempo de la lucha por la verdad y el bien, de la lucha por España) reaccionen y bajen del moderno caballo Clavijero (progresismo, libertinaje, hedonismo, vida muelle, irenismo selectivo…), y se suban a la grupa de la noble verdad, y cabalguen con brío juvenil hacia la nueva reconquista de nuestra maltrecha España.
No podemos esperar de los pocos españoles que nos van quedando, la defensa de una patria que ya no conocen, que ya no sienten, que ya no ven, opilada la razón y el alma por el colesterol (malo, del peor) de toda la inmundicia derramada por los medios y la política, sometidos de la manera más infame al progresismo modernista, con su aberrante prontuario (hasta ahora intocable) la Agenda 2030.
Don Alonso Quijano, el Bueno, no pierde el sentido del honor al recobrar la cordura, que, al fin, el honor de Don Quijote fue tan auténtico como el de Don Alonso (y tan limpiamente español), pero se hizo enemigo, abominó, de las patrañas de los libros de caballerías, de todo lo que le absorbió el seso, de toda la infinita caterva de su linaje, el de los Amadís. Cuerdo o loco, siempre hidalgo. Toda una lección.
Y, con esta lección, volvamos a entender la importancia de saber qué es lo nuestro, quienes son los verdaderamente nuestros, sacudiéndonos todos los encantamientos modernos que distorsionan la magnífica verdad; y, ante la duda, con ellos, con los nuestros, siempre con los nuestros.
¡¡SUUUS!!
Amadeo A. Valladares Álvarez | escritor
(NT)
Tags: Don Quijote, Tradición, Siglo de Oro, Valores, España, Crítica social





3 comentarios en «El honor de Don Quijote | Amadeo A. Valladares Álvarez»
Espantoso e increíble lo que estamos viviendo. No puedo entender cómo han podido ir metiendo todas estas ideas sin que nadie las rebatiera con firmeza. Ahí lo tenemos, haciendo de las suyas ese ser que muchos dicen que no existe; el Mal que sabe muy bien cómo disfrazarse.
Sí, disfrazado, oculto a los ojos encantados de tanto enajenado, que permite la manipulación de la canalla. Gracias por el comentario.
comentario encantador por sensata y clara exposición de la cruda realidad, tan contundente disertacion de la escondida realidad que desgraciadamente se oculta a los ojos, labios y cerebelo de una inmensa masa social, que ignorante cree avanzar en esa absurda creencia.
absolutamente genial mi querido camarada un fuerte abrazo.