«Nos vamos a 2027″“. Sánchez no gobierna para España, gobierna para mantenerse en el poder aunque el país se hunda.
Pedro Sánchez sigue firme en su decisión: no adelantará elecciones y mantendrá la legislatura hasta 2027, pese al hundimiento electoral del socialismo en varias comunidades autónomas. Desde Moncloa transmiten un mensaje claro: resistir, aguantar y fiarlo todo a una movilización final del electorado en las generales, cuando vaya de cabeza de lista. El presidente prioriza su permanencia en el poder frente al desgaste institucional, territorial y social que vive España.
“Nos vamos a 2027”. Esa es la consigna que circula en el entorno de Pedro Sánchez tras los últimos reveses autonómicos. Las críticas internas no modifican su hoja de ruta. Tampoco las advertencias de dirigentes territoriales del PSOE, que reclaman autocrítica tras perder apoyo real en las urnas.
Moncloa asume el desgaste pero no rectifica
Sánchez ignora el mensaje que han enviado las urnas autonómicas. No corrige el rumbo. No asume errores. Mantiene su hoja de ruta mientras España sufre un deterioro evidente en servicios públicos, infraestructuras y cohesión social.
En Moncloa sostienen que el bloque de derechas no ha crecido, en referencia al PP y a Vox, y que el problema real reside en la desmovilización del votante socialista. Según su análisis, no existe una fuga masiva de apoyos, sino apatía socialistay desinterés en las elecciones autonómicas. De hecho, su suelo electoral, con millones de votos socialistas fieles se mantiene.
Sánchez reduce la política autonómica a un simple trámite. Convierte cada cita territorial en una precampaña nacional, en un plebiscito nacional, con el miedo a Vox como argumento central. La estrategia funcionó en 2023. Ahora genera fatiga. “La gente no identifica lo de las autonómicas, no les parecen importantes”, resumen desde su equipo. Pero esa visión choca con la realidad: comunidades como Aragón, Extremadura o Andalucía muestran un desgaste profundo del socialismo.
El PSOE se rebela… pero obedece
Dirigentes autonómicos del PSOE alertan de una realidad incómoda: el desgaste nacional se traslada directamente a los candidatos regionales. Compiten con una doble mochila: la suya y la de Pedro Sánchez. Sin embargo, nadie se atreve a desafiar abiertamente al líder.
El partido mantiene su estructura, pero pierde credibilidad en la calle. El socialismo ya no se percibe como gestor eficaz, sino como una maquinaria de poder desconectada del ciudadano medio.
“No le va a regalar el Gobierno a nadie”, repiten en el entorno presidencial. La frase resume toda la filosofía política de Sánchez: no gobierna para España, gobierna para mantenerse en el poder aunque el país se hunda.
La democracia como instrumento, no como fin
El cierre que se impone en Moncloa resulta previsible: sin sacrificios, sin autocrítica y sin cambios de rumbo. La apuesta consiste en resistir hasta 2027 y activar al electorado solo cuando toque elegir presidente del Gobierno. Este planteamiento refleja una visión peligrosa de la democracia: las instituciones dejan de servir al ciudadano y pasan a servir al dirigente. Las elecciones ya no corrigen errores, solo legitiman estrategias personales.
Mientras tanto, los problemas reales continúan: inflación, deuda, inseguridad jurídica, crisis educativa, ataques a la libertad religiosa y erosión de la unidad nacional.
El proyecto de Pedro Sánchez no busca fortalecer España, sino administrar el tiempo hasta su próxima reelección. La política se ha convertido en un ejercicio de resistencia personal. El Estado, en una herramienta de supervivencia ideológica.
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