Socialcomunismo: corrupción y tragedia | Jesús Aguilar Marina

Socialcomunismo: corrupción y tragedia

La triste Libitina, esa diosa que preside los funerales, se está planteando trasladar sus altares y hornacinas a la sede de Ferraz. Son tantos los muertos habidos bajo los gobiernos rojos… El Tiempo con su garrota; la Muerte con su guadaña; el Olvido con su zapa… La garrota y la guadaña del socialcomunismo; el olvido de sus atrocidades, enterradas en los abismos de la impunidad. Y ya se sabe que no hay nada tan desmoralizador como la impunidad.

Gobierno socialcomunista es sinónimo de catástrofes, escándalos, ruinas, delitos y tragedias sin fin. Muertes sin fin. Genocidios. Hecatombes. Destrucción infinita. ¿Hasta cuándo seguirán provocando a la paciencia de los españoles los energúmenos socialcomunistas? «Energúmeno» es una palabra empleada por los exorcistas, que procede del griego y significa «persona poseída por el demonio»; y el demonio no duerme. El socialcomunismo no duerme. Para mal, claro. Un mal sin fondo, en toda su dañina esencia.

Adamuz, La Palma, la Dana, apagón eléctrico, incendios, Covid, 11-M, terrorismo… La Farsa del 78 ha estado y está teñida de muerte, de oscuridad y de sufrimiento. De tráfico y exhumación de cadáveres. Aunque los diablos traten de sepultar la realidad, han reinado en estas décadas la ignominiosa muerte, la deshonrosa oscuridad y el humillante sufrimiento que lleva siempre en sus alforjas el socialcomunismo para repartir entre su prójimo. Pero la fuerza de «los unos» no es sino una casualidad nacida de la debilidad de «los otros». Y cuando «los otros» son débiles, Lucifer se aprovecha y reina en las tinieblas. 

Yo diría a esos «otros», los buenos, que no vale sólo con rezar. Ni mucho menos. Dios no está obligado a intervenir directamente para castigar el perjurio, ni las atrocidades, y el Cielo puede permanecer mudo durante años y años. Entre otras cosas porque conoce que las almas malas ocultan en sí mismas la suficiente semilla de su propia desgracia, si bien esa desgracia puede tardar décadas en manifestarse contra sí mismas.

Y porque hay que luchar con fe y con firmeza contra el Mal, de ahí la pregunta: ¿hasta cuándo aguantará la paciencia de los españoles libres sin enfrentarse a las responsabilidades de sus genocidas? ¿En qué momento, al fin, les demandará sus culpas? Porque lo cierto es que quien no acaba de demandárselo, al contrario, los premia, es ese 80% de electores que, los sigue eligiendo con su voto.

Ocho de cada diez españoles son, pues, aunque lo ignoren o lo quieran ignorar, cómplices de la catástrofe, de la desolación. ¿Hasta dónde, pues, Catilina, llegarás sin agotar la paciencia de esta realidad tenebrosa—que diría Cicerón—? ¿Cuántos derrumbes y sangre vertida más soportará la diosa Libitina, presidiendo las correspondientes exequias? ¿Cuántas intemperies, casas sin techo, promesas rotas, latrocinios, perversiones y deslealtades tolerará aún la multitud, sin desperezarse siquiera?

Pero los españoles no se fatigan todavía de tanta muerte, de tanta injusticia, de tanta humillación, de tanta inhumanidad y disparate. Viven bien, por lo visto, entre psicópatas y malhechores, disfrutando con el actual orden político, ese que proporciona diariamente el espectáculo morboso de los velatorios y los miembros sangrientos y descuartizados.

Al parecer, no han sufrido —o han perdido toda sensibilidad para sufrir— la experiencia común de frustración. No han sentido decepción, pérdida, inseguridad, desgracia… No les han esquilmado, ni extorsionado, ni engañado lo suficiente todavía. No les han inundado los cementerios de sobradas víctimas inocentes y olvidadas, esas almas irredentas que desde sus fosales se eternizan exigiendo justicia, clamando conciencia, ley, razón y rectitud.

Los españoles, en su mayoría, tras cinco décadas de orfandad franquista, se han transformado en un pueblo pusilánime e indiferente, bastardo y plebeyo, y esa bastardía materialista, ese encogimiento y esa insensibilidad han convertido a la patria en una jungla, refugio de bandidos y de parásitos, albergue de intelectuales mediáticos apesebrados y nido de intrigantes, de comisionistas y de todo tipo de ventajeros. Todos ellos victimarios, todos ellos cómplices, unidos por la sed de sangre y de botín.

Por eso, hoy, ante la enésima y también sospechosa tragedia, inclinados bajo la pesadumbre del dolor anónimo, del sacrificio inútil, de la traición innoble y ultrajante, sólo nos queda volver a reclamar justicia para los culpables por acción u omisión, con la esperanza de que las víctimas inocentes obliguen a abrir los ojos a la muchedumbre; y se abran no para mirar, sino para ver. Y para juzgar y justiciar.

Jesús Aguilar Marina  | Poeta, crítico, articulista y narrador

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