La cinta muestra la verdad del ‘procés’ en las protestas de 2019 lo que le ha valido a la plataforma Filmin el asedio del secesionismo.
Ataque a Filmin por mostrar la verdad del ‘procés’
El independentismo catalán ha vuelto a mostrar su verdadero rostro en Cataluña. Esta vez la víctima ha sido Filmin, una plataforma cultural que ha osado romper el relato único del separatismo.
Su sede en Barcelona amaneció vandalizada con pintadas que la acusaban de ser “colaboracionista con la represión española”. No se trató de una protesta simbólica. Fue un acto de intimidación política.
El origen de este ataque se encuentra en la emisión del documental Ícaro: la semana en llamas, una producción que relata los disturbios de octubre de 2019 desde el punto de vista de los agentes policiales desplegados en Cataluña tras la sentencia del Tribunal Supremo contra los líderes del procés.
La reacción fue inmediata. Una avalancha de usuarios independentistas lanzó una campaña de boicot contra Filmin en la red social X. Entre los promotores se encontraban Josep Lluis Alay, jefe de la oficina de Carles Puigdemont, y el exdiputado de la CUP Antonio Baños, que instaron a cancelar sus suscripciones.
El independentismo contra la libertad de expresión no tolera que una obra audiovisual muestre una versión distinta de los hechos.
De la censura digital al vandalismo físico
La estrategia del separatismo resulta ya conocida. Primero lanza el señalamiento digital. Luego pasa al castigo económico. Finalmente, recurre a la intimidación física.
Tras el estreno del documental, sectores radicales acusaron a Filmin de legitimar la actuación policial. El exjefe de comunicación de Junts, Joan María Piqué, llegó a hablar de “propaganda de los piolines”.
Nada de eso disuadió a Filmin. Jaume Ripoll recordó en un comunicado que programar una película no implica “suscribir su enfoque” y que la plataforma “no censura películas por su orientación ideológica”. Ese ejercicio de libertad bastó para convertirla en objetivo. El salto del boicot a las pintadas demuestra que el independentismo contra la libertad de expresión no discute. Castiga.
Desde el ámbito policial, el subinspector Alfredo Perdiguero, portavoz nacional de JUNTOSPOLGC, confirmó que este patrón se repite de forma constante: “No deja de haber actos vandálicos de este tipo, además de grafitis o pintadas al uso que siguen dañando la propiedad privada, algunas veces con motivos ideológicos. Lo que pasa es que muchas empresas lo que hacen es borrarla o pintarla y ya está, no toma relevancia mediática”.
La violencia ideológica busca imponer silencio.
El documental que el separatismo no quiere que veas
Ícaro: la semana en llamas no oculta su enfoque. El propio Ripoll reconoce que se trata de una “mirada de parte” que recoge solo los testimonios de los policías que participaron en la Operación Ícaro. No pretende “abarcar toda la complejidad de lo que ocurrió”. Su valor reside en ofrecer una versión que el separatismo lleva años intentando borrar.
El documental arranca con el asalto al Aeropuerto de El Prat, que los manifestantes intentaron paralizar. Los agentes narran una violencia organizada y extrema: “Sabíamos desde el principio que la situación era complicada. Y sí, sabíamos que nos iban a presionar hasta el límite. Lo que no sabíamos era hasta dónde estaban dispuestos a llegar”.
Los terroristas independentistas lanzaron extintores y carros metálicos desde el tercer piso del aparcamiento.
“Venían a por nosotros, les daba igual todo”. También describen el pánico de pasajeros atrapados en medio del caos: “Había gente muy perdida y venían hacia nosotros como buscando refugio”.
Durante seis horas, los agentes soportaron ataques constantes. “Nos querían matar”.
Barcelona como campo de batalla
El segundo bloque del documental se centra en el asedio a la Jefatura de Policía en Vía Laietana. Los radicales rompieron el vallado y atacaron la línea policial. “La Jefatura era un símbolo del Estado a batir”.
Los manifestantes se subieron a las furgonetas y lanzaron piedras y objetos. “No era el clásico enfrentamiento en que inicias una carrera y se marchan. No, esta gente no se iba”.
El tercer episodio aborda la llamada batalla de Urquinaona. Los agentes describen “barricadas gigantes de fuego” y un nivel de violencia desconocido hasta entonces. “Lo que había allí no era ‘gente de paz’, sino gente muy agresiva, muy violenta y altamente organizada”. “Ya no era protesta, era odio”.
“Teníamos la sensación de que aquello era una guerra. Y cuando hay una guerra, el enemigo busca bajas”.
El independentismo contra la libertad de expresión intenta ocultar esta realidad porque desmonta su relato victimista.
Intimidación ideológica y castigo económico
Según Perdiguero, cuando un relato no conviene al separatismo, la respuesta siempre llega: “Evidentemente, cuando se cuenta algo que no les viene bien a determinados grupos, vandalizan aquello que va en contra de sus ideas políticas”.
El objetivo no se limita al mensaje. También apunta al bolsillo. “Van a por él para perjudicarle primeramente económicamente y luego personalmente”.
El documental también muestra el compañerismo dentro del cuerpo policial, la agresión que dejó a un agente cinco días en coma y el respaldo que recibieron de muchos ciudadanos: “el 50% nos escupía, pero el otro 50% nos abrazaba”.
Esa España real no encaja en el dogma separatista.
Impunidad y redes sociales como armas
La respuesta legal frente a estos ataques resulta mínima. “Cuando alguien denuncia en comisaría y luego se traslada lo ocurrido, normalmente se les condena a labores sociales, a limpiar o a recoger. Es una castaña”.
“No se conceptúa como daño patrimonial grave”. “El delito de odio se aplica solo para determinados colectivos y situaciones muy concretas”.
A esa debilidad se suma el acoso digital: “Luego ya verás cómo en redes sociales se señala a quien lo ha hecho, a quien lo publica, a quien levanta la voz. No se cortan a la hora de hacerlo”.
El independentismo contra la libertad de expresión se apoya en esa impunidad.




