Crimen mental | Javier Toledano

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Cuando no es delito violar las fronteras de una nación soberana e invadir una de sus ciudades con el concurso de docenas de miles de personas, y tampoco lo es que una banda numerosa acampe indefinidamente, por su gusto, en el centro de Madrid, o de Sevilla y Valencia, impidiendo el libre tránsito de personas y dañando gravemente la actividad comercial que a muchos procura el sustento… cuando no es delito que hordas de vándalos, jaleados por la izquierda, incendien el ayuntamiento de Limoges y asalten y saqueen comercios en París o Milán… pero SÍ LO ES que una señora rece en silencio, sin despegar los labios, en la denominada “zona de exclusión” de un abortorio, y por ello es detenida por agentes del orden, quiere decir que el mundo ha perdido el norte. Incluso podría significar que el mundo ya no es el mundo que conocimos y bien podría tratarse de un mundo nuevo, que no mejor, aunque no nos hayamos dado cuenta.

Y así descubrimos que en las inmediaciones de las clínicas abortistas hay “zonas de exclusión”, como las hay “aéreas” donde se ha desatado un conflicto bélico, no sea que derriben un avión comercial de un misilazo. Sólo que la exclusión, en este caso, incumbe únicamente a las oraciones piadosas, incluso murmuradas, como las rezaría un fraile trapense sometido al voto de silencio. Por la zona de exclusión puedes bailar la conga, ir a toda mecha en patinete o tocar los bongos, pero no puedes rezar ni tan sólo mentalmente.

Los defensores del aborto acuñaron una terminología sui generis para acomodar el fenómeno de la eliminación multitudinaria de no nacidos en sus esquemas morales y al aborto llaman, eufemísticamente, “interrupción voluntaria del embarazo”. Y uno piensa que le dan a un interruptor y santas pascuas. Un trabajo fácil y limpio. Asimismo, abominan de la descriptiva expresión “abortorio”, pues “estigmatiza” y “criminaliza”. No hace al caso. Haciendo ferviente apostolado del aborto, incluso en fases muy avanzadas de la gestación (ya sobrepasaron de largo aquella, otrora, infranqueable barrera de las catorce semanas), les habría de chiflar esa palabra que se limita a añadir un simple sufijo, sin modificar una sola letra de la raíz nominal, respetándola íntegramente. El abortorio sería el templo donde se practica esa “intervención quirúrgica” que tanto les place y que, en su opinión, constituye una de las más cimeras conquistas del progreso espiritual de la especie.

Lo suyo sería que los glorificasen y que a ellos peregrinaran devotamente, como a santuarios, atraídos por el impagable servicio que prestan a la sociedad, en la misma medida que los cargos socialistas, tal que polillas a la luz, acuden a los rótulos de neón de algunos bares de carretera. ¿Y quién dice que entre esas paredes no hay lugar para la expansión de los más nobles sentimientos y la degustación estética de estampas de una plasticidad irrepetible?… personal médico afectuoso, hilo musical chill out, material cisorio reluciente, bien bruñido, como la vajilla de plata de la abuela, bacinillas repletas de restos sanguinolentos de fetitos desmenuzados, destinados a la picadora de carne industrial o a pequeños hornillos crematorios. Echo mi cuarto a espadas que unos artistas sensibles, de la talla de Los Javis, inmortalizarían el proceso bajo una óptica lírica, poética… a cámara lenta.

La Policía ha detenido en Reino Unido a Isabel Vaughan-Spruce, una activista pro-vida, bajo la sospecha de estar “rezando mentalmente” dentro del perímetro prohibido de la famosa “zona de exclusión”. Uno se pregunta cómo diantre los agentes de Scotland Yard supieron que lo que hacía Isabel mentalmente era rezar, pues acaso tarareaba su canción favorita o repasaba, para ejercitar la memoria, el listado de reyes de la dinastía Plantagenet (por nuestros reyes godos). Todo el mundo sabe que ese cuerpo policial es uno de los más prestigiosos del mundo y bien pudiera contar en plantilla con una división de agentes mentalistas y telépatas, que conocen sus pensamientos al dedillo, mejor que usted mismo y se anticipan a los horrendos crímenes que podría cometer. Unos agentes que ya habría querido para sí el omnipresente “Gran Hermano” orwelliano. La Policía del Pensamiento.

A veces, por causa de la simplificación de los vectores históricos, para su más sencilla comprensión, en un discurso lineal y factual, tendemos a pensar que las civilizaciones se derrumban o colapsan en un momento concreto, perfectamente reconocible. Que hasta ayer éramos Roma y hoy somos un reino visigodo. Borrón y cuenta nueva. Las cosas no funcionan así, como elementos disjuntos que se repelen absolutamente. Hay períodos de mutua impregnación, vestigios, secuelas, préstamos, un legado que pervive incluso durante siglos. Pero cuando rezar es un crimen, un delito, lo mismo ante la sede de Ferraz (algo que yo no haría jamás, siquiera por el riesgo de infección por proximidad, pero allá cada cual), que hacerlo en silencio ante un abortorio, quiere decir que ya nos han segado la hierba bajo los pies y… las señales que anticipan un nuevo mundo dan paso a síntomas perceptibles, y estallan como un divieso purulento, de un cambio de paradigma.     

Javier Toledano | escritor


tags: Aborto, Religión, Persecución, Izquierda, Totalitarismo, Libertad, Justicia

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