He tenido un sueño | Jesús Aguilar Marina

Un hombre en la cima de una montaña durante el amanecer, simbolizando la reflexión sobre la regeneración de España.

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En la cola del pan me encontré a un viejo conocido. Le recordé que hacía semanas que no nos cruzábamos por la calle.

 —No te extrañe —me respondió—, ya casi no salgo de casa. Me aíslo a propósito. Ni veo la tele ni leo las noticias. Todo es un engaño. Estos canallas han infectado la convivencia de trampas, de minas sociales e ideológicas. Del rey abajo, todo es un engaño. Han abandonado al pueblo, pero lo han dejado con el chupete del hedonismo y de la frivolidad para que se distraiga. Y el pueblo, aceptando la falacia, se ha dejado atrapar en el cepo. Sin embargo, esta noche, mientras otros se entretenían con el eclipse y sus misterios, yo he tenido un sueño.

 —¿Un sueño, dices?

 —Sí, sí… un sueño. Y bien reconfortante.

 —¿…?

 —Me acosté pensando en lo de siempre, que España se encuentra en una de esas crisis temibles en las que el hombre olvida su decoro para no acordarse más que de su endeblez y de su bajeza. Y que sintiendo la perversa ambición de no obedecer más que a su estómago y a su insolidaridad, permite a los criminales atribuirse todos los derechos de la democracia y de la razón de Estado. Una España secuestrada por políticos y plutócratas corrompidos que no tienen empacho en demostrar diariamente su diabólica psicopatía.

» Y me decía a mí mismo que esta alianza de psicópatas con poder no debe provocar un repliegue de los espíritus libres y selectos. Al contrario, debe recordar que los ideales patrióticos y los afanes regenerativos han de ser manejados por una minoría avanzada. Por un grupo ilustre de líderes que se oponga al aire populista, descamisado y callejero socialcomunista, contaminado por la demagogia de los plutócratas y de sus esbirros.

» De modo que las normas inspiradoras de esa ilusionante intelectualidad avanzada, unidas al liderazgo de los conductores de hombres vigorosos y auténticos, podrían enfrentarse al populismo de los resentidos y al delirio de los nuevos demiurgos. Así, con unos preceptos íntegros difundidos universalmente, los actuales ordenancismos globalistas se cuestionarían y difuminarían.

» Y con su desvanecimiento se harían humo, así mismo, la vileza y la venganza, la arbitrariedad y la delincuencia que conllevan. Y de paso dejarían de provocar la ola de desnaturalización y de odio, de crímenes sobrecogedores, de exaltación destructora y de querencia tanática que está nublando a nuestra época».

 —Pero eso que me cuentas no es un sueño —me atreví a interrumpirle—, eso es una realidad, con su reflexión consecuente.

 —Ya, ya —balbució él—; deja, deja que te cuente…

Pero fui yo quien prosiguió:

 —Muchos son los que, tras estas décadas de horrores y miserias morales, consideran imperativo que regresen a los puestos de mando las altas nociones de jerarquía, civismo y sentido nacional; los conceptos de esfuerzo y disciplina, de unidad de mando y selección idónea de colaboraciones; de ideales transcendentes, técnica, orden y religiosidad. Es decir, de todo aquello que entraña el auténtico progreso. Pero, dicho lo cual, la pregunta del millón que se hace una y otra vez la minoría crítica, es: ¿cómo se accedería al poder y quiénes liderarían dicho acceso?

» Máxime —continué— teniendo en cuenta que los ingentes recursos financieros, mediáticos y políticos en manos del Gran Poder han asfixiado en parte la buena voluntad de dichas minorías juiciosas. Nadie duda de que existen cientos de asociaciones civiles y corporativas y miles de hombres sabios y honrados a los que les duele España, que sienten como una herida propia la postración de la patria, humillada por esta razzia de políticos traidores.

» Y nadie duda de que muchos de ellos, capacitados para llevar a feliz término la obra regeneradora, están luchando diariamente con sus escasas fuerzas contra Goliat. Pero el error de su desunión hace esa lucha ineficaz. Sin vínculo, sin recia soldadura, la regeneración es una utopía. Y lo peor: esa contumacia en perpetuar la división provoca la más amarga de las desesperanzas a la gente de bien».

—Ahí —dijo entonces mi interlocutor— es donde viene mi sueño. Porque lo que he soñado es que un extenso grupo de esas asociaciones a las que te refieres, con sus líderes resueltamente hermanados, resultaban decisivas. Habían logrado que una parte considerable de la sociedad hablara común y juiciosamente de los negocios públicos, de las ciencias morales, de los problemas religiosos. Habían sido el aliento de conversaciones brillantes, animadas y oídas con ardor por jóvenes y viejos, por todos los hombres reflexivos cuya inquietud cívica les impulsaba a expresar su espíritu crítico.

» Todo ello sin formar sectas ni similares, sólo movidos por la satisfacción de emitir opiniones libres, atraídos por el deseo de extender sus ideas y de elevarse a sentimientos generosos o a pensamientos ilustrados, como idólatras de la justicia y de la verdad. Buscando formas de gobiernos respetuosos con la dignidad del hombre, cuestionando o impidiendo los actos ilegales, analizando las doctrinas y creencias creadas por filósofos, intuidas por poetas o interpretadas por teólogos; alimentando las raíces religiosas de las que se sentían dueños.

» No los unían pasiones, principios y objetos determinados, pero estaban de acuerdo en salvar a la patria en peligro; en detestar la tiranía, despreciar los nepotismos, las frivolidades y arbitrariedades elitistas o cortesanas; en desear unos parlamentos patrióticos, en anhelar unas leyes justas y unos tribunales rectos.

» Estos líderes, firmemente cohesionados, como digo, habían hallado la proporción entre los medios y las aspiraciones; entre la necesidad y el esfuerzo; entre la obligación, el derecho y el deber. Por unas u otras causas, de la mano de este grupo de caudillos, la sociedad libre se había situado a la altura de las circunstancias. De manera que existía un pueblo convencido de que el envite regenerador trataba nada menos que de salvar a una nación ensangrentada y moribunda.

» Un pueblo consciente de que unos aventureros traidores, disfrazados de políticos, habían reducido a la patria a un estado deplorable. Con ellos al timón, la Farsa del 78 había supuesto una experiencia histórica trágica. Por tanto, había que dar otra dirección a la jefatura del Estado, a los ejércitos, a la justicia, a la educación y a la cultura. Aparte de fomentar la religiosidad y las cuestiones de conciencia, pues, de lo contrario, la sociedad no podría soportar la situación por más tiempo y se obligaría a aceptar una esclavitud deshonrosa».

Llegado aquí mi interlocutor se detuvo. Aproveché su silencio para, no sin amargura, decir:

 —¡Qué pena que ese grupo unido de líderes sólo aparezcan en sueños! ¿Cómo podríamos transformarlo en realidad?

 —Existen los jefes naturales —dijo él inmediatamente—; en el sueño se me han mostrado con claridad. Sólo se necesita una circunstancia, un acontecimiento, una casualidad o una rareza para que emerjan. Y tú que escribes —añadió de improviso— estás obligado a insistir en ello; en su unión. Conformarían un ariete civil, jurídico y cultural invencible contra el Sistema; el imprescindible renacer.

Con esas palabras se despidió. Y yo permanecí repensando en lo utópico de aquella charla, de aquel sueño, pero no obstante discurriendo que al poder espurio no le es dado contener a los que le adelantan en el movimiento regenerativo si éste es firme y está bien orientado. Y, sobre todo, meditaba en cómo se forja o cómo sale a la luz el conductor de hombres y de pueblos, en cómo es capaz de unificar lo disperso, de aunar las justicieras voluntades.

Un líder recto y enérgico, hábil a la vez para perseguir a un enemigo y para dirigir una discusión o una intriga; para fomentar el fervor popular patriótico y para empeñar en la defensa de las causas nobles a los oligarcas y a los intelectuales válidos pero vacilantes. Una persona infatigable para las comisiones, excelente para dar cuenta de medidas decisivas, siempre dispuesto a encargarse de las funciones más penosas y comprometidas, y nunca agitado por deseos de gloria o de fortuna. Un hombre que sólo cede a una ambición: que triunfe universalmente su patria de la mano de la educación y de la justicia.

España —el mundo occidental— necesita hoy un grupo de caudillos así, que sean conscientes de lo diabólico del Sistema, que estén dispuestos a enfrentarse al Mal, que tengan la destreza de hallar sus puntos débiles y el arte de la oportunidad y del acierto para hincar el diente donde más le duele al monstruo.

La historia del inmortal Aquiles —a quien Paris mató clavándole una flecha envenenada en su talón— nos enseña que toda entelequia, todo grupo o todo ser humano, por mítico y poderoso que sea, tiene un punto débil. Y que es ese eslabón vulnerable el que el líder o los líderes regeneradores han de descubrir y en el que deben descargar —como Alejandro Magno en Frigia— la espada.

Ciegos de codicia, soberbia y odio, los cacócratas han ensuciado todo lo noble y se han entregado en nombre de la democracia a la tiranía; en nombre del amor a la perversión sexual y al abuso contra la infancia; en nombre del derecho y de la felicidad al nascituricidio y al desenfreno hedonista, y en nombre de la fraternidad y de la libertad a la tragedia inacabable de las guerras más o menos encubiertas.

Pero la historia está llena de sorpresas y paradojas, y en numerosas ocasiones ha llenado de contrariedad y de estupefacción a los secuaces del despotismo cuando a punto de conseguir el fruto de sus abusos, todo su tinglado confabulatorio se ha desvanecido.

Tengamos, pues, esperanza. Y, sin abandonar nunca tal confianza en la Providencia, sigamos luchando sin desmayo —y sin torpes y estériles especulaciones—, unidos en el objetivo sustancial. En busca siempre de los mejores, de la excelencia; en busca de nosotros mismos como ciudadanos libres y soberanos, dueños de ese poder civil inalienable usurpado por políticos pervertidos y corruptos.

Jesús Aguilar Marina  | Poeta, crítico, articulista y narrador


Tags: España, Política, Regeneración, Crisis, Patriotismo, Liderazgo, Sociedad

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