Satanás en el siglo XXI | Jesús Aguilar Marina

Satanás en el siglo XXI

Tratándose de asuntos demoníacos, a los hombres y mujeres del siglo XXI les gusta sonreír. Pero antes de que las burlas y las carcajadas se transformen en rictus hemos de procurar hallar el sentido de dichas materias. No hay duda de que existe una tradición inmemorial de intervenciones diabólicas en las ocupaciones humanas e incluso unas verdades reveladas según las cuales el demonio es la antítesis de Dios, su enemigo jurado.

No pocos seres humanos han sufrido torturas y las penas de la hoguera culpados de brujería. A veces el diablo ha ofendido al género humano por sí mismo; a veces se ha vestido de hombre para ofender y dañar a las criaturas racionales. Y, a veces, cuando Dios es el más ofendido, como ocurre en nuestra época, Dios mismo le permite el mayor poder para injuriar a la humanidad.

Lo cierto es que, echando una mirada alrededor, es fácil comprobar que estamos rodeados de demonios. Y que, para nosotros, ciudadanos del siglo XXI, el demonio ha dejado de ser algo metafísico y se ha transformado en un ente político e incluso económico. Y lo cierto es que, a pesar de su hipócrita envoltorio de filántropos, a todos estos belcebúes con figura humana podemos considerarlos agentes de un poder inhumano y tanático.

Individuos fervorosos en su codicia y en su maldad que parecen disfrutar siendo desleales a su patria y a las leyes. Y que no tienen empacho en pasar a la historia como herejes, traidores y enemigos de la verdad, de la belleza y de su prójimo. Pero mientras en la Edad Media y en la Moderna la pena reservada a tales engendros —metafísicos o tangibles— era la muerte, ahora les espera la gloria y la riqueza, porque rojos, liberales y demás fauna al uso se han apropiado de las instituciones y rigen el mundo.

La pena, pues, que espera a los políticos y demás seculares adoradores de Satanás no es la horca, sino los espacios Epstein, donde disfrutan de sus contubernios y de sus morbosas perversiones sustentados en el dinero y la ignorancia de la plebe y en la impunidad de la justicia. Pues masas variopintas y togados venales encuentran fácil perdonar y comprender el salvajismo de estos brujos que hubieran sido ahorcados en otros tiempos más purificadores.

De modo que la severidad social de antaño se ha transformado hogaño en optimismo, y la ciudad alegre y confiada marcha con pasos de gigante hacia los más tenebrosos ínferos; es decir, hacia la destrucción más absoluta. Pero esta fácil predicción, consecuencia de lo que creemos ignorancia plebeya, tal vez no sea ignorancia, sino deseo con capa de ignorancia. El deseo de unas multitudes valetudinarias y declinantes, fatigadas de vivir.

Y como no hay líderes lo suficientemente conspicuos, ni moralistas con poder, ni corrientes vigorosas que aúnen debidamente racionalismo y espiritualidad, ni religiones trascendentes o que no hayan caído en la decadencia, como le ocurre a la cristiana, las hogueras, guillotinas y horcas continuarán arrumbadas en el vagón de los sobejos y se seguirá sin poner fin a las diabluras y demás atrocidades de los modernos leviatanes y anticristos.

Hoy día, en fin, los nuevos demiurgos, esos omnipotentes materialistas que pretenden tener al planeta Tierra dentro de su puño, han decidido adorar sus propias convicciones —sus propios intereses— como si fueran lo absoluto. Trascendencia, para ellos, es poder. De modo que son capaces de perseguir a sus adversarios humanistas actuales con el mismo encono con que los inquisidores exterminaban en los siglos XVI y XVII a los devotos de un personal y oscuro Lucifer.

El caso es que, en nuestros días, a pesar de lo que tenemos ante los ojos, a pesar de que son innumerables los que gozan comportándose diabólicamente, son muy pocas las personas que creen en el diablo. De modo que moralistas, idealistas y veraces tienen escaso porvenir. Se les tacha de conspiranoicos y ahí acaba todo. Y, mientras tanto, aunque esclavistas y esclavos —cada cual con sus razones— lo nieguen, el espíritu del mal sigue siendo una escabrosa realidad, tan nociva como evidente.

Jesús Aguilar Marina  | Poeta, crítico, articulista y narrador

Tags: Demonología moderna, Crítica política, Decadencia social, Élite globalista, Crisis de valores, Materialismo, Antropología del mal, Poder y corrupción

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