Las tensiones transatlánticas surgen cada vez más de opiniones contradictorias sobre la democracia y la soberanía, afirma Peek.
Andrew Peek es el director de la Iniciativa de Resiliencia de Seguridad Nacional Adrienne Arsht en el Centro Scowcroft de Estrategia y Seguridad (Consejo Atlántico).
El periodista Javier Villamor le entrevista para The European Conservative. De la conversación surge una idea clara: la crisis occidental no es solo externa, sino interna. Más que una disputa entre bloques, lo que está en juego es la definición misma de democracia y el equilibrio entre la estabilidad institucional y la representación política genuina. Por su interés reproducimos dicha entrevista.
Se habla constantemente de una fractura en las relaciones transatlánticas. Desde su experiencia en el Consejo de Seguridad Nacional, ¿cómo evalúa la situación actual entre Estados Unidos y Europa?
Creo que el presidente ha hecho un buen trabajo en dos frentes europeos muy específicos. El primero es la guerra en Ucrania. Hemos pasado de un escenario de exigencias maximalistas —»nunca aceptaremos esto», «nunca concederemos aquello»— a un análisis más realista de cómo terminan realmente las guerras.
El resultado más probable es la desescalada, no una resolución definitiva del conflicto entre Rusia y Occidente. ¿Vamos a resolver de raíz la tensión estructural entre Rusia y Europa? Probablemente no. ¿Podemos lograr un alto el fuego que dure una década o más? Creo que sí.
El segundo frente es el debate interno sobre la democracia en el mundo occidental. En Europa, regulaciones como la Ley de Servicios Digitales y otros mecanismos afectan directamente el funcionamiento de los sistemas políticos nacionales. En particular, han impactado a los partidos de derecha y populistas que han surgido porque muchas de las respuestas ofrecidas por los partidos tradicionales no resuelven los problemas reales, especialmente los relacionados con la inmigración y la creciente incertidumbre económica.
En Europa, muchas propuestas políticas que apelan a demandas sociales concretas son rápidamente tildadas de «extrema derecha». ¿Cuál es su análisis de este fenómeno?
Parte del problema de Europa reside en que las soluciones que muchos consideran sensatas han sido expulsadas del sistema político. Han sido condenadas, marginadas o incluso legalizadas porque se las identifica automáticamente con la «extrema derecha», sin abordar las causas subyacentes que generan esas demandas.
En una democracia liberal clásica, cuando la demanda social alcanza la intensidad suficiente, surgen nuevos partidos para canalizarla. Ofrecen programas concretos en materia social, económica o de seguridad y, si convencen a los votantes, alcanzan el poder. En Europa, existen mecanismos formales e informales que obstaculizan este proceso: cordones sanitarios , exclusiones parlamentarias y restricciones regulatorias. Esto genera tensión estructural.
También estamos entrando en un período de mayor incertidumbre económica: disrupción tecnológica, automatización, inteligencia artificial y creciente desigualdad. En ese contexto, es natural que aumente la demanda de participación política activa y de soluciones que, hasta hace poco, se consideraban inaceptables en ciertos círculos europeos.
También existe desconfianza en Europa hacia Estados Unidos, especialmente tras años de decisiones controvertidas en política exterior. ¿Cómo se puede reconstruir la credibilidad mutua?
No hay una solución sencilla. Es probablemente el problema político más complejo al que se enfrenta Occidente en este momento. Es más fácil negociar el 30% final de un acuerdo en Ucrania que resolver esta fractura conceptual entre sistemas políticos.
A menudo hablamos sin escuchar. Cuando Estados Unidos argumenta que ciertas políticas europeas restringen la libertad de expresión, la respuesta de Europa es que simplemente está combatiendo el discurso de odio para proteger la democracia. Se trata de marcos conceptuales superpuestos, pero distintos, que no se complementan. La misma dinámica se aplica a las acusaciones de interferencia electoral, financiación de ONG o la aplicación desigual de los estándares democráticos.
El caso de Rumanía fue ilustrativo: se anularon las elecciones por acusaciones de injerencia rusa sin fundamento. Decisiones como esa alimentan la percepción de que se están utilizando herramientas extraordinarias en nombre de la democracia, con consecuencias problemáticas para su legitimidad.
Respecto a la guerra en Ucrania, históricamente ha habido dos enfoques estratégicos principales en Estados Unidos: uno más cercano a la lógica de Kissinger —involucrar a Rusia para contrarrestar a China— y otro más confrontativo hacia Moscú, más cercano al pensamiento de Brzezinski. ¿Cuál es la estrategia actual?
El objetivo estratégico de intentar poner fin a la guerra en Ucrania es, en última instancia, separar a Rusia de China. No se trata solo de detener la violencia inmediata, sino de evitar que la guerra consolide una integración estructural entre Moscú y Pekín.
Si se reducen las preocupaciones rusas en su frontera occidental, Rusia podría reorientar su atención estratégica hacia otras áreas, incluida su región oriental, donde existen importantes desafíos demográficos y geopolíticos. Sin embargo, no creo que la actual generación de líderes rusos esté preparada para un cambio radical a corto plazo. Han crecido en un entorno de confrontación con la OTAN.
Además, la guerra ha creado profundas interdependencias: cadenas de suministro militar con China, redes energéticas con India y Asia. Revertirlas llevará tiempo. Pero, estratégicamente, intentar evitar un bloque euroasiático cohesionado sigue siendo una apuesta razonable.
¿Qué tipo de aliados busca Washington en Europa hoy? ¿Existe una clara preferencia ideológica?
No estoy seguro de que el presidente se rija por una ideología rígida en ese sentido. Lo que valora especialmente es la coherencia entre palabras y acciones. Responde positivamente a los líderes que cumplen sus promesas.
No se trata tanto de si son de centroderecha, laboristas o conservadores reformistas. Lo que importa es la coherencia. Hay países que, por un lado, expresan su apoyo a Estados Unidos, pero, en materia comercial o regulatoria, actúan de maneras que socavan ese apoyo. Esa disparidad crea fricción.
Se suele decir que el presidente prefiere líderes fuertes. No es exactamente así. Lo que aprecia es la ausencia de doble discurso. Cuando alguien dice X y hace X, la relación es más directa y predecible. Cuando alguien dice X y hace Y, la confianza se erosiona.
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